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La gatocracia de Mark Twain

El escritor estadounidense Mark Twain (1835-1910), famoso por su fino humor y su fiel retrato de la vida a orillas del Mississippi, fue también un reconocido amante de los gatos desde niño. En su casa de Missouri, Mark Twain (cuyo nombre real era Samuel Langhorne Clemens) compartió la niñez con una veintena de gatos sureños. Por su vida adulta pasaron asimismo numerosos felinos: Apollinaris, Bambino, Beelzebub, Buffalo Bill, Satan, Sin, Sour Mash, Zoroaster...

Los gatos aparecen también en muchos de sus libros. En Un yanqui en la corte del Rey Arturo, Twain cuenta la historia de un ingeniero de Connecticut que se ve repentinamente trasladado en el tiempo a la Inglaterra del siglo VI. Se trata de un relato humorístico y satírico sobre el mundo feudal de Camelot. En el fragmento que reproducimos, uno de los personajes propone una prometedora alternativa a la monarquía tradicional basada en el gobierno de los gatos, la 'gatocracia':

“Clarence estaba de acuerdo conmigo en lo de la revolución, pero con modificaciones. La idea que tenía era la de una república sin clases privilegiadas, pero a cuya cabeza estuviera una familia real hereditaria en lugar de un primer mandatario elegido. Creía que ninguna nación que haya conocido el alborozo de rendir culto y veneración a una dinastía real podía ser privada de ella sin que languideciese hasta morir de melancolía. Alegué que los reyes son peligrosos. Entonces los reemplazaremos por gatos, propuso. Estaba convencido de que una familia real gatuna podía cumplir las funciones pertinentes: serían tan útiles como cualquier otra familia real, no tendrían menos conocimientos, poseerían las mismas virtudes y serían capaces de las mismas traiciones, tendrían la misma propensión a armar embrollos y tremolinas con otros gatos reales, resultarían risiblemente vanidosos y absurdos sin jamás darse cuenta de ello, saldrían baratísimos y, por último, ostentarían un derecho divino tan solvente como cualquier otra casa real, de modo que «Micifuz VII, o Micifuz XI, o Micifuz XIV, soberano por la gracia de Dios», les quedaría igual de bien que a cualquiera de esos mininos de dos piernas que moraban en palacio.

-Y por regla general -explicó en su inglés moderno y esmerado-, el carácter de los gatos estaría muy por encima del carácter de un rey promedio, lo cual sería una enorme ventaja moral para la nación, dado que la nación siempre toma como modelo el comportamiento moral de sus monarcas. Como la veneración de la realeza está fundada en la irracionalidad, estos graciosos e inofensivos gatos podrían fácilmente llegar a ser tan sagrados como cualquier otra realeza, e incluso más, porque se empezaría a observar que no mandaban colgar a nadie, que no ordenaban decapitar a nadie, y que tampoco encarcelaban a sus súbditos ni les hacían sufrir crueldades o injusticias del tipo que fuere, de modo que debían ser merecedores de amor y reverencia más profundos que los reyes humanos habituales, y de hecho así ocurría. Los ojos de toda la doliente humanidad pronto se volcarían sobre un sistema tan humanitario y benigno, y pasado un tiempo comenzarían a desaparecer los carniceros que componen las familias reales, y los súbditos de dichos reinos llenarían los puestos vacantes con gatitos de nuestra propia casa real. Nos convertiríamos así en la fábrica que aprovisionaría los tronos del mundo. Antes de que pasaran cuarenta años, Europa entera estaría gobernada por gatos, gatos de nuestra producción. Se iniciaría entonces el reinado de la paz universal, que continuaría por toda la eternidad... ¡Miaaaaauuuuu!. Fffuuusss. Fizfizfiz.”

Mark Twain (1889), Un yanqui en la corte del Rey Arturo, capítulo XL.


Contribución de Marta González

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