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"Mitsou, historia de un gato", de Balthus y Rilke

Balthus (cuyo nombre auténtico era Balthasar Klossowski de Rola), fue uno de los grandes maestros de la pintura figurativa del siglo XX. Nació en 1908 en París, en una familia polaca con tendencias artísticas. Vivió en Berlín y, tras la separación de sus padres, se trasladó a Suiza, donde el poeta Rainer Maria Rilke, amante de su madre Baladine, se convertiría en su mentor hasta su muerte en 1926.



Rilke, Balthus y su madre Baladine

A los 10 años, Balthus realizó su primera obra de arte importante: 40 dibujos en los que narra la historia de un niño (su propia historia) que encuentra a un gato, lo adopta, pasea, juega y duerme con él, y finalmente… lo pierde y llora desconsoladamente. Rilke se emocionó tanto con los dibujos del jovencísimo Balthus que escribió un prefacio para ellos y los publicó con el título de Mitsou, Histoire d’un chat en 1921. En el prefacio de Mitsou, Rilke cuenta con palabras la historia que Balthus narra en sus dibujos, y reflexiona acerca de la pérdida y la frustración, y la dificultad para aprehender, dictar, controlar, poseer otras vidas… En definitiva, sólo se posee algo cuando se renuncia a ello. La naturaleza del gato, dice Rilke, como la de la posesión, es elusiva, ¿acaso alguien puede asegurar que existen los gatos? Pese a la duda de Rilke, Balthus se empeñó de adulto en demostrar su existencia con todos los gatos que pasaron por su vida y por sus cuadros. El rey de los gatos (1935) fue, de hecho, el título que dio a uno de sus autorretratos.

Prefacio de "Mitsou, historia de un gato", por Rilke


Portada de Mitsou

“¿Quién conoce a los gatos? ¿Es posible, por ejemplo, que ustedes pretendan conocerlos? Reconozco que, para mí, su existencia no fue nunca más que una hipótesis bastante arriesgada.

Los animales, ciertamente, para pertenecer a nuestro mundo, tienen que acomodarse un poco. Es preciso que consientan un tanto con nuestra manera de vivir, que la toleren; si no, medirán, bien hostiles, bien aprensivos, la distancia que los separa de nosotros y esa será entonces su manera de relacionarse.

Fíjense en los perros: su actitud confiada y admirativa es tal que algunos parecen haber renunciado a sus más antiguas tradiciones caninas para adorar nuestras prácticas y también nuestros errores. Es de hecho eso lo que los vuelve trágicos y sublimes. Su decisión de admitirnos les fuerza a vivir, por así decir, en los confines de su naturaleza, que traspasan constantemente con su mirada humanizada y su hocico nostálgico.

¿Pero cuál es la actitud de los gatos? Los gatos son gatos, simplemente, y su mundo es el mundo de los gatos de principio a fin. ¿Dirían que nos observan? Pero, ¿se ha sabido alguna vez con certeza si realmente se dignan a fijar por un instante nuestra vana imagen en el fondo de su retina? ¿Podría ser que nos devuelvan, al mirarnos, simplemente un mágico desaire de sus pupilas para siempre completas? Es cierto que algunos de nosotros nos dejamos influir por sus caricias zalameras y eléctricas. Pero recordemos la extraña y brusca distracción con la que nuestro animal favorito pone a menudo fin a las efusiones que hubiéramos creído recíprocas. Incluso aquellos privilegiados a quienes los gatos admiten a su lado son rechazados y negados muchas veces y, mientras continúan estrechando contra su pecho al animal misteriosamente apático, se sienten detenidos en la frontera de ese mundo que es el mundo de los gatos, un mundo en el que sólo ellos habitan, rodeados de circunstancias que ninguno de nosotros podría adivinar.

¿Fue el hombre alguna vez su contemporáneo? Lo dudo. Y les garantizo que, a veces, en el crepúsculo, el gato del vecino salta a través de mi cuerpo, ignorándome, o para demostrar a las cosas confundidas que no existo en absoluto.


Balthus

¿Hago mal, dirán, al mezclarles en estas reflexiones, queriendo al mismo tiempo guiarles hacia la historia que mi pequeño amigo Baltusz les va a contar? Él la dibuja sin palabras, es cierto, pero sus imágenes bastarán con creces para satisfacer su curiosidad. ¿Por qué iba yo a repetirlas bajo otra forma? Prefiero añadir aquello que él no dice. Resumamos no obstante la historia:

Baltusz (creo que tenía diez años en aquella época) encuentra a un gato. Eso ocurre en el castillo de Nyon que, seguramente, ustedes conocen. Se le permite llevarse su pequeño hallazgo tembloroso, y ahí le tenemos viajando con él. En el barco, en la llegada a Ginebra, en Molard, en el tranvía. Introduce a su nuevo camarada en la vida hogareña, lo domestica, lo mima, lo ama. Mitsou se presta, alegremente, a las condiciones que se le proponen, rompiendo de vez en cuando la monotonía de la casa con alguna improvisación traviesa e ingenua. ¿Encuentran exagerado que su amo, al pasearlo, le lleve atado con una burda cuerda? Es que desconfía de todas las fantasías que cruzan por ese corazón de gato, imán, pero desconocido y aventurero. Sin embargo, se equivoca. Incluso el peligroso traslado se lleva a cabo sin ningún accidente, y el pequeño animal caprichoso se adapta al nuevo medio con una docilidad divertida. Luego, de repente, desaparece. La casa se alarma; pero, alabado sea Dios, no es grave esta vez: encuentran a Mitsou en medio del césped, y Baltusz, lejos de reprender a su desertor, lo instala sobre los tubos de la benéfica estufa. Experimentarán lo mismo que yo, supongo, la calma, la plenitud que sigue a esta angustia. Desgraciadamente, no es más que una tregua. La navidad se presenta a veces demasiado seductora. Se comen tartas, un poco sin medida; se cae enfermo. Y para sanar, se duerme. Mitsou, aburrido con tu sueño demasiado largo, en vez de despertarte, se escapa. ¡Qué susto! Afortunadamente, Baltusz se encuentra lo suficientemente reestablecido como para lanzarse a la búsqueda del fugitivo. Comienza arrastrándose bajo su cama: nada. ¿No les parece que muestra mucho valor? Completamente solo, baja al sótano, con una vela que, en señal de investigación, se lleva a continuación por todas partes, al jardín, a la calle: ¡nada! Observen su pequeña figura solitaria: ¿Quién lo abandonó? ¿Es un gato? ¿Se consolará con el retrato de Mitsou que su padre estaba comenzando a bosquejar? No; el presentimiento estaba ahí dentro, ¡y la pérdida había comenzado Dios sabe cuándo! Es definitivo, es inevitable. Vuelve a entrar. Llora. Les muestra las lágrimas en sus dos manos:

Obsérvenlas bien.

He aquí la historia. El artista la ha contado mejor que yo. ¿Qué me queda aún por decir? Poco.

Encontrar una cosa es siempre divertido; un momento antes no está. Pero encontrar a un gato: ¡es inaudito! Porque ese gato, han de reconocer, no entra nunca totalmente en su vida, como haría, por ejemplo, un juguete cualquiera; mientras les pertenece, se queda un poco fuera, y eso es lo que hace siempre: la vida + un gato, lo que resulta, les aseguro, en una suma enorme.


El rey de los gatos, 1935

Perder una cosa es muy triste. Podemos suponer que será difícil recuperarla, que se ha roto en alguna parte, que termina en la basura. Pero perder a un gato: ¡No! no está permitido. Nunca nadie ha perdido a un gato. ¿Es posible perder a un gato, una cosa viva, un ser vivo, una vida? Si perder una vida: ¡es la muerte!

Sí, es la muerte.

Encontrar. Perder. ¿Acaso han reflexionado detenidamente acerca de qué es la pérdida? No es la simple negación de ese instante generoso que vino a colmar una espera que ni siquiera ustedes mismos sospechaban. Porque entre ese instante y la pérdida hay siempre lo que se llama –reconozco que con bastante torpeza- la posesión.

Ahora bien, la pérdida, por muy cruel que sea, no puede nada contra la posesión, termina con ella, si quieren; la afirma; en el fondo, no es sino una segunda adquisición, ahora interior y de una intensidad distinta.

Tú lo has sentido, Baltusz; al no ver más a Mitsou, has llegado a verlo aún más.

¿Vive aún? Sobrevive en ti, y su alegría de pequeño gato despreocupado, después de haberte entretenido, te compromete: tuviste que expresarlo con los medios de tu laboriosa tristeza.

Por ello, un año después, te he encontrado crecido y consolado.

He compuesto la primera parte –un poco caprichosa- de este prólogo para todos los que, sin embargo, te verán para siempre desconsolado al final de esta obra. Para poder decirles: "Estén tranquilos: yo soy. Baltusz existe. Nuestro mundo es sólido.

No hay gatos."

En el castillo de Berg-am-Irchel, noviembre de 1920

Rainer Maria Rilke, Balthus (1921), Mitsou, Histoire d’un chat. Seuil/Archimbaud, 2004, pp. 17-22.


Contribución y versión castellana de Marta González

Mauricio ha hecho este comentario en fecha 27/03/2011 13:53

la posesion: mundo intermedio entre la espera y la perdida.

minina ha hecho este comentario en fecha 07/06/2013 22:17

Divina historia ,demasiado buena me encanto u..u igual amo a umay(mi gato) yo no lo deje el dia que lo encontre solo erido y abandonado ,aun sabiendo que el si me dejaria, yo no lo are.

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