ausente
Migateando desde 24-10-09, 02:35
Mensajes: 29
|
 |
« Respuesta #15 en: 8-02-10, 22:20 » |
|
¡Hola de nuevo, chicas/os!
Antes que nada, disculpen la laaaaarga ausencia de este y otros foros. Por cuestiones de salud, no puedo forear siempre tanto como quiero...
Bueno, pues Schrödinger estuvo unos días en su cajita, sin querer comer ni beber apenas y sin moverse. A la semana ya estaba perfectamente, maullando para que lo dejáramos hacer acrobacias y tratando de capturar a los pájaros. Fue por Schrödinger que decidí cerrar la terraza con cristales, para no tener más sustos. En la siguiente exploración, el enfisema había desaparecido...
Este gato estaba muy apegado a mí, y me seguía a todas partes. Por aquella época creo que fue cuando empezaron sus problemas alimenticios. Resulta que yo había tenido perros antes que gatos, y de mininos sabía muy poco. Reconozco que a mi primer gato lo traté un poco a ciegas. Para empezar no le puse ninguna vacuna, porque todo el mundo me dijo que un animal que no salía de casa no las necesitaba (y algún veterinario me lo dijo también). Además, por la época yo estaba en paro y no tenía mucho dinero para esos "lujos". Recuerdo que, cuando se me puso así de malito, cuando la caida, un vecino me dijo tan pancho que para qué iba a gastar dinero en tratar de recuperarlo, que lo soltara por ahí para que se muriera y que cogiera otro gatito de la calle...
En fin, que la primera alimentación de Schrödinger eran, básicamente, sobras caseras de pollo, pescado, etc., mezcladas con arroz, alguna latita de atún y cosas de esas. Cuando el gato se puso malo, el veterinario me dijo que dejara de darle ese tipo de comida y le comprara comida seca, lo que aquí llamamos "croquetas para gatos". En el supermercado, la marca más popular -y asequible- era Friskies, que traía las croquetas coloreadas de verde, naranja, rojo, etc. según los "sabores" que ofrecía (carne, verdura...)
Al poco tiempo, el gato empezó a tener accesos de vómitos muy fuertes, junto con subidas de temperatura, diarreas crónicas y otros síntomas. Después de mucha observación y muchas pruebas de ensayo-error, nos dimos cuenta de que lo que le sentaba mal era el colorante de las croquetas, y empezamos a comprarle croquetas a granel, sin colorantes, en una consulta veterinaria. Era un dineral, pero el pobre no podía comer otra cosa.
Por aquella época, el que entonces era mi novio se mudó a mi casa. Schrödinger le cogió unos celos tremendos, y de vez en cuando lo atacaba. Como siempre había sido tan cariñoso con todo el mundo, me costaba creerlo.... sobre todo porque el gato solía atacarlo cuando yo no estaba. En mi presencia era muy cariñoso con él, pero cuando yo estaba ausente, se le lanzaba de vez en cuando. Os juro que me costaba creerlo hasta que una vez el gato se confundió y lanzó un ataque cuando yo estaba en la casa, que me dio tiempo a ver. ¿Habeis visto alguna vez la cara que pone un gato avergonzado?
Bueno, al poco tiempo el gato pareció haberse conformado con la situación, y ya no hubo más ataques ni cosas raras. Seguía siendo el mismo payaso impenitente. De vez en cuando, aunque no le dejábamos salirse de su régimen estricto, pillaba alguna cosilla que no debía y se ponía malo. Se le había quedado el sistema digestivo muy sensible, y seguía reaccionando con diarreas, fiebres, vómitos y deshidratación al menor cambio.
Un día, después de una gripe muy fuerte, mi novio empezó a presentar los mismos síntomas: ataques fuertes de fiebre, diarrea y deshidratación, que lo llevaron al hospital. Estuvo muy grave, y nadie sabía lo que tenía. Cuando el médico que lo atendía supo que había un gato en casa con los mismos síntomas, dedujo que debía de tratarse de alguna enfermedad infecciosa que le había transmitido. Nos dijo que debíamos desembarazarnos del gato inmediatamente. Durante mucho tiempo después me arrepentí de lo que hice, pero lo cierto es que, con el susto del momento, no pude negarme. Llevé a Schrödinger a unos establos propiedad de unos amigos, con un cargamento de su comida especial, y les pedí que me lo cuidaran. Ellos me dijeron que lo tendrían encerrado en uno de los graneros unos días, hasta que se acostumbrara, y para que no se peleara con los otros gatos.
Fueron unos días muy difíciles, de pruebas y tratamientos y hospital, pero al final mi novio se recuperó y, aunque hasta años después no se le diagnosticó con exactitud lo que tenía (y no tenía nada que ver con el gato, aunque sus síntomas coincidieran), nos dijeron que no era nada de origen infeccioso y que podíamos recuperar al gato.
Pero cuando fuimos a buscarlo al picadero, el gato ya no estaba. Me dijeron que se había portado muy bien y había estado muy amigable (yo ya lo sabía, porque ése era su carácter), pero que hacía días que no lo veían. Estuvimos buscándolo por las cercanías con el coche, campo a través...
Durante mucho tiempo después tuve sueños en los que veía al pobre gato deambulando por la carretera. Quiero creer que se lo llevaría a casa alguno de los niños que iban a montar, porque era muy sociable y se dejaba acariciar por todo el mundo. Pero lo cierto es que es una de esas historias con triste final, y que, a pesar de que todos me dicen que es que en ese momento yo no podía hacer otra cosa, dadas las circunstancias, acabé haciendo lo que nunca creí que podría hacer: abandonar a mi propio gato.
Ojalá no lo hubiese hecho nunca. Es una de las cosas de las que estoy más arrepentida.
|