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Autor/a Asunto: Historias de mis gatos.  (Leído 3063 veces)
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29-10-10, 20:27

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« en: 14-11-10, 17:12 »

El primer gato que yo tuve, era uno blanco y negro, parecido a este de la foto.
Yo tenia doce años, y en casa somos cinco hermanas, que nos disputabamos la propiedad de los gatos cuando nacian. Pues éste cuando nació me tocó a mi en suerte.
Tengo que decir que en casa los gatos estaban libres y absolutamente salvajes. Aunque algunos dejaban que los cogieramos y que jugaramos con ellos.
Le puse por nombre Sisón, era clavadito a su madre y creo que aun tengo por ahí alguna foto hecha con aquellas camaras antiguas en blanco y negro.
En casa los gatos no duraban mucho, sobre todo si eran machos. Casi todos se iban a buscar novia y ya no volvian mas. Pero éste duro mucho tiempo. Le hice toda clase de "perrerias" cosas como meterlo en una caja, ponerle una campanilla del cuello, vestirlo con ropitas de las muñecas... pero nunca le hice daño. Yo lo queria mucho y me arté de llorar cuando se murió. Vivió muchos años y tenía un hermano (o primo lejano vete tu a saber) un gato rallado y gris que se llamaba Crispin y que era de una de mis hermanas. Con el que al principio jugaba todo el rato y mas adelante se llevaban a matar.

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« Respuesta #1 en: 14-11-10, 18:35 »

En mi pueblo habia gatos a tutiplen, por todos lados y en todas las casas. Esto hacía que cuando una gata paría, la noticia no fuera precisamente buena. Su camada solía desaparecer entera menos uno, misteriosamente para desesperación de los niños de la casa, a los que no les importaba que hubiera entre cinco y siete gatitos mas. Dicha operación de desaparición era llevada a cabo con premeditación, alevosia y nocturnidad, generalmente por el ama de casa.
Cuando yo tenia unos dieciseis años. Mi abuela hizo desaparecer una de aquellas camadas de gatitos, y como estaba de luto, le pareció pertinente dejar el que había nacido negro. Y al dia siguiente me lo regaló.
Por aquel entonces estaban poniendo en la tele la serie de dibujos animados de Marco y su mono amedio, y yo le puse a mi gato por nombre Amedio, aunque el tal Amedio de la tele era mas blanco que la leche y mi gato negro como el hollin.
Al final resultó que no era un gato sino una gata, pero se quedó con el nombre de Amedio.
Aquella gata, juro por mi abuela que en paz descanse que no perdió ni una sola camada, porque no parió ninguna. No recuerdo como fué su muerte, pero vivió muchos años y como en la casa estabamos de luto, sus pelos negros no se veían demasiado.

Mañana intentaré tener otro rato para contaros lo que pasó con el siguiente gato que tuve, estando ya casada, un siames que hacía sus pipis dentro del wc. (no en el cuarto de baño sino dentro de la taza del water)
 
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« Respuesta #2 en: 22-11-10, 16:25 »

Cuando llegó mi marido con él, el gato tendría como mucho unas dos semanas. Vivíamos en un pisito pequeño y céntrico de un pueblo. Yo tenía veintidos años, llevaba tres casada y lo que quería era un bebé de verdad, no un gato. Supongo que mi marido pensó que si me encariñaba con el gato se me pasaría un poco lo del bebé.
El gato era muy chico aun, no sabía ni comer, ni siquiera atinaba a beber leche del cacharrito que le puse. Le puse por nombre K.O. porque yo a aquel gato no le veía mucho futuro y fue un buen presagio el que tuve, porque después demostró que por poco nos deja K.O. a nosotros.
Tuve que alimentarlo a base de mojarle el dedo en la leche y metérselo en la boca. Trepaba a la cama hecha por debajo de las mantas y luego no sabía salir y maullaba lastimeramente medio asfixiado y entonces fue cuando le puse K.O.  (dejar K.O. a alguien es dejarle inconsciente)
Creo que de aquella falta de madre gata, le quedó el vicio de mamar todo lo que pillaba que tuviera pelos, lo mismo se ponía a chupar el esterillo del dormitorio que un jersey, que una toalla… al principio nos hacía gracia y todo,  pensamos que se le pasaría cuando se hiciera mayor, pero no se le pasó y cuando se hizo mayor, seguía mamando toda la ropa que encontraba y lo que es peor, como ya tenía unos buenos dientes, le hacía un agujero a todo aquello que chupeteaba, con lo que yo tenía que andar con sumo cuidado de lo que dejaba a su alcance, me agujereó dos jerseys preciosos, la ropa de la mesa camilla, las esquinas de los cojines del sofá y cuando ya no hallaba nada a su alcance, echaba al suelo de un tirón la toalla del baño… Hace veinticinco años, en las tiendas de mi pueblo no había biberones para gatos, ni leche para gatos, ni arena para gatos. Me traje de la casa de mi padre arena de construcción en una bolsa y le puse un poco en una caja de zapatos. Cuando fue creciendo el gato, sus necesidades de arena eran cada vez mayores y era un engorro y entonces pensé que a lo mejor podía enseñarle a que hiciera sus cosas en el wc. Para ello, primero puse su arenero sobre el wc y posteriormente lo metía dentro mismo del wc. Y allí se acostumbró él a ir a buscarlo, se ponía muy gracioso apoyado sobre el filo de la taza. Un buen día fue a buscarlo y ya no estaba, pero él se apoyó como acostumbraba en el filo y allí hizo sus cosas y siguió haciéndolas siempre, lo que no conseguí fue que tirara de la cadena. Pero la cara de las visitas cuando lo veían era de cuadro.

A ver si tengo otro rato para contaros que fué de él.


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« Respuesta #3 en: 22-11-10, 16:40 »

Luego entró en celo, se pasaba las noches maullando, y no nos dejaba dormir, y si lo sacaba al balcón, eran los vecinos los que no dormían, así que como el balcón de mi piso daba al tejado de una casa vieja que estaba deshabitada, le puse una pasarela de madera, para que pudiera salir y entrar a gusto y dejaba una ranura en el balcón para que pudiera entrar. Los días de viento, tenía que quitarla no fuera a caerle en la cabeza a alguien que pasara por debajo.
Entonces comenzó a traerme cosas, me traía guiñapos, calcetines viejos que seguramente encontraba en los tejados o en los patios de la casa abandonada, ratones muertos, cabezas enormes de pescado que sabe Dios donde encontraba y algunas otras cosas en descomposición… allí me las dejaba como si fueran un trofeo sobre el sofá. Un buen día apareció una vecina de un piso de más allá de la casa aquella. Decía que mi gato se había pasado del tejado a su balcón y le había agujereado la colada que tenía tendida en un tendedero plegable. Tuve que pagarle tres o cuatro cosas y quitar la pasarela. Como el gato estaba ya acostumbrado a pasearse por los tejados se pasaba todo el día lamentándose amargamente junto a la puerta del balcón. Si le abría el balcón, saltaba inmediatamente al tejado, ya no necesitaba ni pasarela. Pero luego no sabía volver sin pasarela, ya que el balcón tenía unos barrotes que al parecer lo desanimaban bastante… y menos mal que no lo intentaba porque yo no dejaba de imaginármelo despachurrado en la calle…. Vivíamos en un segundo piso.
Entonces me quedé en estado.
 
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« Respuesta #4 en: 22-11-10, 16:43 »

Yo estaba de gato hasta la coronilla, pero mi marido se había encariñado con él y con su vicio de mamar no había forma de que nadie lo quisiera. Un día al abrirle al panadero, se me escapó y bajó corriendo las escaleras y tuve que ir a cogerlo abajo. Eso me dio una idea. Así que comencé a abrirle la puerta del piso con la esperanza de que algún día encontrara abierta la puerta de abajo y se largara con viento fresco, pero parece ser que la que encontraba abierta era la de los vecinos y yo tenía que ir a recogerlo a los sofás ajenos porque mis cursis vecinos no querían tocar a un gato.
Un día si que encontró abierta la puerta de abajo. Y por la noche, lo encontró mi marido debajo de un coche de la misma calle en que vivíamos. Al parecer le había pegado un mordisco un perro (supusimos) y tenía una fea herida en la barriga. Entonces me sentí muy culpable. Me sentí mala. Me sentí como una piltrafa humana. Lo metimos en un cesto y lo llevamos al veterinario a la capital (diez kilómetros) allí lo curaron y ya que estaba dormido nos lo castraron por el mismo precio. Me costó cinco mil pesetas de hace veinticinco años, cuando yo no tenía ni para comprar yogures… Entonces lo cuidé bien y se curó. Se le quitaron las manías de salirse a la calle, pero no la manía de mamar y agujerearlo todo. Incluso las bolsas de plástico que encontraba en la cocina, y luego me las devolvía en el sofá, junto con su comida del día.
Cuando nació mi primer hijo, y mi marido vio al gato metido en la cuna sobre la cabecita del bebé, (  )  lo cogió y se lo llevó en el coche y ya no lo vi más. Pero nunca me ha querido decir que hizo con él o donde lo soltó.
Fue una historia desafortunada. Yo en el fondo lo quería también, pero mi hijo me importaba muchísimo más.
No es buena idea tener un animal en un piso. Por eso mis gatos están todos en el jardín, son libres y se marchan y vuelven cuando ellos quieren.

¿Y si envio esta historia como un relato? a ver si atino a pegarla en un correo.
 
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« Respuesta #5 en: 22-11-10, 18:07 »

se  llevó al gato porque estaba en la cunita de tu hijo?? ay, me ha dado una pena terrible esta historia....
 
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« Respuesta #6 en: 25-11-10, 17:49 »

Esta es la tuerta.
Nuestra amiga Iratxe dice que su perro y sus gatos son amigos y nos muestra una foto de todos comiendo en el mismo cacharro, pues bien. Yo tambien tenía un pastor alemán. Era muy dócil y jamás atacaba a nadie. Yo tenía que tener mucho cuidado porque mis hijos eran pequeños y a veces se propasaban con él porque era tan bueno que nunca les hacía nada.
Pero un buen dia, cuando mi gatita era pequeña, se acercó al comedero del perro a quitarle la comida... él defendió lo suyo y le dio un revolcón, mi gatita formó una buena zapatiesta y yo salí corriendo al patio a ver que pasaba. Mi gatita vino hacia mi corriendo con un ojo colgando... era una cosa horrible de contemplar. Yo no sabía que hacer, intenté meterle el ojo a su sitio con una gasa, pero no pude. El gatito no podía cerrar el ojo y daba una impresión terrible verlo así. Era domingo, busqué en la guia de telefonos la dirección de algun veterinario que atendiera urgencias en dias festivos y le llevamos a la clinica. Para cuando llegamos ya habían pasado cuatro horas desde el accidente.
La operó y le puso el ojo en su órbita, tuvo que hacerle una incisión para poderlo volver a meter y luego mi gatita tuvo que llevar un collar elizabetano muchos dias para que no se rascara la herida.
Al final se curó, pero perdió la visión de ese ojo.
No obstante fue madre muchas veces y es una excelente cazadora de ratoncillos, topillos y saltamontes.
Ahora tiene ocho años y ya es bisabuela.

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« Respuesta #7 en: 26-11-10, 10:55 »

Cuando nació mi primer hijo, y mi marido vio al gato metido en la cuna sobre la cabecita del bebé, (  )  lo cogió y se lo llevó en el coche y ya no lo vi más. Pero nunca me ha querido decir que hizo con él o donde lo soltó.
Fue una historia desafortunada. Yo en el fondo lo quería también, pero mi hijo me importaba muchísimo más.
No es buena idea tener un animal en un piso. Por eso mis gatos están todos en el jardín, son libres y se marchan y vuelven cuando ellos quieren.



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La Lluna la pruna


« Respuesta #8 en: 26-11-10, 15:12 »

No es buena idea tener un animal en un piso.

Pues depende, ¿no te parece? Huh Un león seguro que no es buena idea, un perro dogo posiblemente tampoco, ¿pero qué problema hay con un gato, más si está esterilizado; o con un periquito, o con un loro, por ejemplo? Millones de personas viven y han vivido con gatos absolutamente felices que no salen nunca de sus pisos, más que para ir al veterinario. En un ambiente urbano el problema es justo el contrario, que si le das libertad le condenas a una muerte segura a muy corto plazo.

Repito,  Huh
 

Más remoto que el Ganges y el poniente  / tuya es la soledad, tuyo el secreto. Borges, "A un gato"

Las fotos de Lluna, la Mixeta, Rita y las mías
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« Respuesta #9 en: 26-11-10, 15:49 »

En un ambiente urbano el problema es justo el contrario, que si le das libertad le condenas a una muerte segura a muy corto plazo.

Y en un ambiente rural, también. Incluso olvidándonos de los malnacidos que los maten por deporte, pueden morir atropellados, enganchados por un perro, metiéndose entre los componentes de una maquinaria agrícola porque está calentita y que el dueño la encienda sin darse cuenta, pueden caerse a un pozo o a una zanja... y si es una aldea lo suficientemente aislada, súmale zorros e incluso águilas.

En mi experiencia rural, los gatos de mi abuela solían vivir 3 o 4 años.  Alguno vivía más, por supuesto... pero solían precisamente ser gatos mimosones y apegados a los humanos, que no petardeaban mucho por lejos de la casa.

No voy a meterme en si está bien o mal considerar al gato como un animal más de la granja, que se tiene para que desempeñe una función de ratonero. Pero si de verdad se quiere como mascota, visto lo visto yo creo que mejor en casita.
 
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