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A mi adorado Zeus

Cristina Aguado

Fue un mes de agosto de 1998 cuando una bolita de pelo gris y blanco llegó a mí vida... Estaba en el pueblo de mi amiga, de vacaciones, y un día, a la hora de la comida, llegó la mamá de mi amiga con el pequeñín en brazos. Tenía poco más de diez días, apenas abría los ojos y estaba muy malo; tenía una fuerte diarrea y casi no quería tomar leche ni ningún otro tipo de alimento.

Le habían rescatado cuando unos desalmados intentaban tirarlo a un río para ahogarlo... En el momento en que le vi me enamoré de él, y ahí comenzó mi lucha por mantenerle con vida.

Después de una semana en el pueblo, intentando cuidarle lo mejor posible, llegué a Madrid, y lo primero que hice fue llevarle al veterinario, donde le desparasitaron, le despulgaron y me dijeron que no me hiciera muchas ilusiones, que el gatito estaba muy mal, y que no pensaban que fuera a durar mucho.

Yo hice oídos sordos y puse todo mi empeño en que saliera adelante, y vaya si lo hizo... Pasó de ser un saquito de pulgas y huesos a un magnífico y elegante gato de 7 kilos.

Durante cinco años fue mi niño, el rey de la casa. El que todas las mañanas, cuando me despertaba, me esperaba subido en la encimera de la cocina para desde ahí treparme al cuello y empezar a darme lametones y a ronronear mientras me pedía una caricia. El que todos los días me esperaba panza arriba en la puerta cuando venía del trabajo, simplemente para decirme "hola, qué bien que llegaste". El que todas las noches, cuando apagaba la tele, se iba corriendo a la cama a esperarme, y una vez que yo estaba dentro, venía y con una de las patitas me abrazaba y se quedaba dormido...

Hasta que un fatal día, en el mes de marzo del 2003, cambió, se volvió arisco, irritable. Ya no era mi niño cariñoso, solo sabía bufar y morder. Le llevé al veterinario, y después de multitud de pruebas me dijeron que tenía como esquizofrenia, sí, igual que las personas: se había vuelto loco.

Empezamos enseguida a tratarle con los antidepresivos y demás medicamentos que me dio el veterinario. Pasó el tiempo y no mejoraba, cuando se supone que en quince días tenía que ser otra vez mi dulce gatito...

Hasta que un día, por la noche, se subió a la nevera como tantas otras veces cuando yo estaba cocinando y se lanzó sobre mí para atacarme. Tardé casi una hora en conseguir quitarme del brazo su mandíbula. Cuando lo conseguí fui corriendo a curarme la herida, y al volver a la cocina Zeus estaba de nuevo sobre la nevera, pegándose cabezazos contra la pared; tan fuerte se daba que se rompió un poco un colmillo.

Esa noche opté por dejarlo encerrado en la cocina. Había sido un susto muy grande, y la mordedura que yo tenía en el brazo era considerable... A pesar de ser casi las 11 y media llamé a mi veterinario y le conté lo sucedido, y me volvió a comentar algo que yo había querido ignorar todo este tiempo desde que enfermó... Que tenía que plantearme el sacrificarlo, ya que el gato se había vuelto peligroso, no solo conmigo, si no con todo mi entorno; que yo había hecho todo lo que estaba en mi mano por él, pero que ya no le podíamos ayudar más, y que en el fondo Zeus estaba sufriendo.

Con todo el dolor de mi corazón, a la mañana siguiente vino mi padre a casa a buscarme, porque esa mañana del 3 de mayo del 2003 Zeus iba a sumirse en un sueño eterno... Y yo no tenía fuerzas para enfrentarme sola a ello.

Esa mañana me desperté muy temprano y con lágrimas en los ojos fui a la cocina, a despedirme de mi niño. Allí estaba él, esperándome como siempre, subido en la encimera, dándome mimos y pidiéndome caricias, y a mí se me estaba rompiendo el corazón de pensar que ya nunca más lo iba a volver a ver, ni me iba a volver a ronronear, ni vendría a tumbarse sobre mis libros cuando yo leía y quería que le diese mimos...

Cuando fui a buscar el transportín y volví con él a la cocina pensaba que iba a ser la misma odisea de siempre para que entrara, ya que nunca le gustó especialmente ir en él; pero, para mi sorpresa, no tuve que pelearme como tantas otras veces, sino que entró solito, y mientras lo cerraba me miraba como diciéndome: no te preocupes, ya sé lo que va a pasar y es lo mejor...

Esa mañana el camino al veterinario fue el peor de mi vida. Mi padre llevaba el transportín en una mano y con la otra iba llevándome a mí, ya que las lágrimas me impedían ver el camino. Cuando llegamos a la clínica era incapaz de despedirme y dejarle allí, solito, aunque el veterinario me dijo que era lo mejor, que no me preocupase, que estaba haciendo lo mejor y que Zeus no iba a sufrir...

Los cinco años que pasé con él fueron de los mejores de mi vida. Todavía hoy, cinco años después, mientras escribo estás lineas no puedo contener las lágrimas.

Sé que mi niño estará bien, mucho mejor que aquí, y además sé que no está solo. Mi mamá se fue unos meses después que él, y ahora estarán juntos, cuidándonos y esperándonos. El hueco que él dejó no lo podrá ocupar nunca nadie.

Aunque, curiosamente, un mes después llegó a mi vida Lunita, un precioso cachorro de perro que ahora tiene cinco años. Y hace unos veinte días me encontré en la calle a Merlín, un precioso gatito de poco más de dos meses, aunque eso es otra historia que contaré otro día.

P.D: Zeus, te sigo queriendo mucho. Cuida de mamá.

11-06-2008