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Agapita cuenta cómo encontró a sus compañeras de piso

Blara

Mi nombre es Agapita, nombre que aún no sé a quién agradecer pero que cuando lo averigüe se va a enterar de quién es ahora "l’Agapi". Aunque en el momento que comienza esta historia, mi historia, aún no me llamaba así. Aún no era ni gata...

Más bien era como una rata: fea, sin pelo, y no como la "modelo" gatuna en que me he convertido. Y fea que era de verdad, porque al escribir esto me he puesto a mirar unas fotos y ese par de orejas tengo que reconocer que me asemejaban más a un murciélago.

Bueno, a lo que voy es a mi origen. Mi origen:

Nací en la onubense playa de Matalascañas un 10 de junio de 2002, en la leñera de un chalé. Las primeras sensaciones que recuerdo, teniendo en cuenta que no veía nada porque no abrí los ojitos hasta que tenía un mes aproximadamente, son por tanto sonidos y olores, son ese olor a humedad marítima... y esos gruñidos. Venían de fuera de la leñera, recuerdo que mi madre se estremeció y oí unas voces. Más tarde he sabido que era el perro de los tíos de mis ahora huéspedes, y que estos familiares, al ver que mi madre había parido allí, decidieron no hacer nada ya al caer la tarde que era, a ver si al día siguiente mi madre nos había trasladado.

Esa misma noche mi madre me abandonó. Sentí cómo trasladaba uno a uno a mis hermanos. Se iba con uno y al rato volvía, y yo me iba quedando la última. Hasta que de pronto se fue con uno que estaba a mi lado... y ya no volvió más.

No recuerdo pasar más frío que aquella noche. Nos quedamos solos yo y un hermanito. Nos acurrucamos para darnos calor mientras mamá-gata volvía, y así amanecimos. No nos veíamos pero nos sentíamos. Y sentimos hambre. Empezamos a llamar a mamá con esos grititos que no eran ni maullidos, hasta que de repente alguien nos cogió. No era mamá, no tenía pelo, pero nos puso calentitos y nos dio un líquido calentito también. Ese mismo día, más tarde, ya sentí la leche gatuna en mi tripita, comprada en el veterinario, claro. Y así pasaron algunos días en los que me encantaba subirme al lomo de mi hermanito, él era más grande.

De repente un día cambiaron los olores. Perdí el olor de mi hermanito y el de ese alguien que me daba de comer, y empecé a sentir el de mis actuales huéspedes. También noté, con ese sexto sentido que tenemos los gatos, sensaciones de alegría a mi alrededor. Y de miedo dentro de mí. Y me convertí en gata romana sevillana.

Siempre me preguntaba qué sería de mi hermanito. Más tarde, cuando ya era un poco más grande, oí que tenía no sé qué malformación por la que no podía hacer sus necesidades menores y lo habían tenido que llevar al veterinario a ponerle una inyección muy mala, y que la humana que nos recogió a los dos al principio había llorado mucho. Siempre me acuerdo de él cuando amaso mi manta de lana caliente con mis patitas extendidas y mi cabeza buscando su calor.

El día en que abrí los ojos hubo un gran jolgorio en mi recién estrenada casa. Pero en mi corazón sentí cierto recelo: aquellos humanos eran demasiado grandes para como yo los estaba imaginando. Aun así no le di mucha importancia, estaba segura de que con mis dulces artimañas pronto acabaría domesticándolos.

Así dejé de ser una gatita callejera para convertirme en la bien elegante gata de piso que soy ahora. Y que debe quedar demostrado con mi lazo rosa del cuello, porque cada vez que se me cae ya estoy oyendo a mis huéspedes: "Agapita, ¿qué haces por ahí sin lacito como si fueras una gata callejera? Ven que te ponga otro".

24-01-2004