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Amor de madre (gata)

Doke

Vivo con mi esposa en un cuarto sobre una azotea en el centro de la ciudad (Minatitlán, Veracruz, México) y después de conocer a los vecinos humanos, por la noche veíamos a otro tipo de vecino: un gato que llegaba por las noches buscando comida por el lugar.

Al principio lo corríamos, porque destrozaba las bolsas de basura, pero después de un tiempo aprovechábamos para dejarle un plato con sobras. El animalito nunca se nos acercaba y –recordando que lo habíamos corrido en ocasiones anteriores– salía huyendo cuando lo llamábamos.

Varias semanas después comenzó a tomar confianza e incluso nos maullaba por la ventana por las tardes para recordarnos de llenar su plato. Comenzó a tomarnos confianza y permitió que lo acariciáramos. Fue entonces cuando descubrimos que era una hembrita.

Nunca quiso quedarse, siempre se iba, pero volvía al otro día. Sabíamos de su agradecimiento porque ronroneaba cuando le pasábamos la mano por el cuerpecito, un poco sucio y flaco. Al ser una gata que vagaba por las noches ocurrió lo inevitable: empezamos a ver que su vientre se agrandaba y nos empezamos a preocupar por los gatitos que venían en camino.

Un día ya no llegó a comer y llegamos a pensar incluso que habría muerto, pero aproximadamente un mes después regresó. Esta vez no llegó sola, sino que la acompañaban dos pequeños mininos, que al principio se negaron a acercarse, pero al ver que alimentábamos a su madre rápidamente tomaron confianza y dejaron incluso que los tomáramos en brazos.

La mamá gata se veía muy flaca y demacrada, sin embargo nos ronroneó y se restregó contra nosotros, pensábamos que porque agradecía otra vez el alimento. La gata se echó al lado de la puerta y comenzó a amamantar a sus gatitos y a lamerlos con mucho cariño. Sacamos una vieja cobija, la pusimos con sus hijitos y nos fuimos a dormir, sin saber qué pasaría al otro día, pero contentos porque la gatita había regresado.

Al otro día la gata no estaba, pero sus hijitos seguían afuera. Los dos eran bonitos y tiernos, por lo que decidimos adaptarles un lugar para que se establecieran afuera. Al dar la vuelta a la casa vimos algo muy triste: la gata estaba muerta. Estaba atrás, enroscadita. Al principio pensamos que dormía, pero nos dimos cuenta de que había fallecido.

Aquella gata tuvo el instinto para dejar a sus crías en un buen lugar para poder morir en paz. Sus dos hijitos (ahora ya gatos grandes, Gris y Luky) no tuvieron que sufrir aunque su madre tuviera que dejarlos. Gracias, Gata.

22-11-2004