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Canelita y Gordo

Canegora

Canelita y Gordo entraron en mi vida hace ocho años. Me los encontré en Cádiz, en la casa en el campo de mis padres, cuando estaba soltera. Luego conocí a mi marido, que vivía en Málaga, y más tarde nos fuimos a vivir a Almería, así que Gordo y Canelita tuvieron que mudarse a quinientos kilómetros de donde vivían.

Tengo que decir de antemano que todo lo que voy a poner aquí es cierto. Hace unos ocho años yo me encontraba en Cádiz viviendo con mis padres. Ya había vuelto de mis estudios en Granada y no atravesaba la mejor época de mi vida; me sentía sola y tenía necesidad de afecto y cariño. En verano íbamos a vivir al campo, teníamos un pequeño huerto donde mi padre sembraba sus patatas y donde aparecieron algunos gatos a los que, por el cariño que les tenía mi padre, les echábamos la comida que sobraba en casa. Como os imaginaréis algunos gatos se quedaron y formaron una familia que hubo momentos en que contaba con veinte miembros.

Un verano pasó algo que me dejó pasmada. Había una gata negra que había tenido amoríos con un gato siamés, y cuando parió uno de los gatos tenía aspecto de siamés y me enamoré de él. Era la Canelita; el nombre se lo puso mi padre porque decía que era de color canela.

En los primeros meses tuve que curarle los ojitos porque los tenía casi cerrados de infección; actualmente, cuando cambia el tiempo le lagrimean y le echo colirio. Me la llevé al piso a vivir y ya no pude separarme de ella. No sé si hacía lo correcto pero me apoyaba afectivamente en ella, tanto que a la pobre le he creado una dependencia conmigo que a mi marido le alucina; no tengo que decir que está muy mimada.

El siguiente verano apareció el Gordo. No había que ser un lince para saber que era un gato abandonado. Era un gato muy hermoso, imponente, nunca habíamos visto un gato así, acostumbrados como estábamos a los gatos comunes del huerto. Era joven y pesaba más o menos cinco kilos. Apareció en lo alto de un pino, asustado, aunque la cercanía de las personas le gustaba. Lo metimos en la casa y unas horas más tarde estaba encima de un sillón durmiendo con las cuatro patas para arriba. Es un gato siamés de pelo largo, no sabemos muy bien de qué raza, pero es bastante parecido al sagrado de Birmania.

Los días siguientes estuvo merodeando por el huerto. Un macho le atacó y el pobre lo único que acertó a hacer fue subirse a un árbol y hacerse pipí del miedo que tenía. También lo llevamos al piso. El nombre de Gordo se lo puso también mi padre, por el peso que tenía.

Luego conocí al que hoy es mi marido y no sé cómo le convencí de que nos lleváramos a los dos gatos a vivir con nosotros a Almería (se ve que tenía que estar muy enamorado porque él nunca había convivido con animales y menos con gatos). Pronto se encariñó de ellos; de hecho, ahora que estoy embarazada (de un mes), él limpia los deshechos de los gatos.

Tuvimos un hijo hace dos años y medio y tuve que estar soportando durante todo el embarazo los comentarios de todo el mundo acerca de lo peligroso que es tener gatos durante este periodo (ya he leído el artículo del veterinario sobre la toxoplasmosis). Mi hijo está empezando a jugar con ellos porque antes se ponía un poco celoso, sin embargo los gatos no se han puesto así.

Bueno, otro día os contaré algo sobre el carácter de mis gatos, que eso es para escribir un libro. Hasta pronto.

28-10-2002