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Cat, sin palabras

Sara

El rubio Cat llegó a nuestras vidas sin querer y sin planear, se instaló en nuestro corazón y nunca se marchará de allí, porque se lo ganó a pulso con esfuerzo y devoción. No le fue fácil ganarse un lugar, ya que era arisco y engreído y no se dejaba querer, pero con los años se hizo blandito, aunque tan poco a poco y tanto que supimos cuándo era su fin.

Lo encontramos en el supermercado que había debajo de casa. No tendría ni dos meses y la gente le compraba jamón y le daba sobras. Nosotros no lo habíamos visto más que una vez y a la segunda decidimos llevarlo a casa. Lo subimos y le pusimos una cestita de mimbre con un cojín y se pasó casi todo un día durmiendo de un tirón, debía de estar agotado.

Yo contaba entonces 10 años. Fue el primer gato en nuestras vidas y
tuvimos que comprar un par de libros para aprender a cuidarlo, pero los libros no te enseñan muchas cosas. Por ejemplo, ¿por qué un gato no te deja dormir por las noches mordiéndote los pies?, ¿por qué se esconde para atacarte si tú no le has hecho nada?, ¿cómo conseguir ganarte su cariño?

Pasaron los años y se fue dulcificando. Pedía cariño pero con moderación, solo cuando el quería, y si estabas triste acudía a ti; sin duda alguna era maniático y las cosas tenían que hacerse a su modo.

Con el tiempo llegó Martín, un gato ya adulto con falta de amor al que le dimos cariño. Cat le dio también su amor y su experiencia y le enseñó las reglas de la calle, pero no fue suficiente. A Martín lo mató un perro del vecindario y el suceso supuso un retroceso para Cat, que le juró venganza y se dedicaba a ponerse al borde de la valla del perro hasta que quedaba exhausto de tanto ladrar. De día y de noche acudía a enfrentársele.

Dos años más tarde llegó Pink, de un mes y medio, y Cat lo acogió como a su bebé: lo lamía y lo limpiaba cuando venía de la calle, y le regañaba si se portaba mal. Pasaron los años y mi padre se mudó a un chalet situado a 5 minutos del antiguo, pero Pink no supo entenderlo y, aunque intentó adaptarse, siempre regresaba a la casa antigua. Por fin dejó de venir; ahora vive allí solo, alimentado por lo que caza y por lo que le dan los vecinos.

Cuando tenía doce años Cat tuvo FUS y estuvo ingresado dos semanas en una clínica. Cuando íbamos a verle lo único que quería era estar tumbado sobre nosotros; recuerdo que yo me sentaba en el suelo con las piernas estiradas y pasaba ratos y ratos con Cat encima. Creí que no lo superaría, pero sí lo hizo. Aunque todo cambió para él en adelante: había envejecido y ahora era tierno, cariñoso, blando y cada vez más maniático.

Cat tenía quince años. El sábado 16 de noviembre llegué a comer a casa de mi padre y Cat no se mantenía en pie, había vomitado y se había hecho pipí encima. Estábamos desesperados, porque ¿y si le llevábamos al veterinario y moría por el camino?, ¿y si cuando llegáramos se moría en manos desconocidas? Qué horror. Yo intentaba no llorar para que no me viera mal. Lo cogí en brazos y se le caía la babita, ¡que dolor! Pero no sufría, se nos iba y él lo sabía. Decidimos dejarle morir en casa, con los suyos, y aunque tardó en irse ya no estaba con nosotros. Quizás fue más doloroso, pero yo preferí estar allí en esos momentos. Él estaba con todos y se sentía querido.

Siempre tuve miedo de llegar un día a casa y no encontrar a mi gato. Es mucho el dolor que siento cuando llego a casa de mi padre y veo que no está, pero no quiero que se calme ese dolor; es el momento de llorar.

24-12-2002