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El amor de Mireya

Patricia Speciale. Argentina

Vino casi contra mi voluntad. La hermana de un amigo tuvo que rogarme que la adoptara, y una rata que entró en casa una noche fue la única razón. Y cuando la vi, pensé: qué fea... Era flaca, desgarbada y de un color demasiado común. Giba, mi perro adorado, odia a los gatos, así que solo gruñó cuando se la presenté.

Pero, al otro día de estar en casa, la rata apareció muerta y la gatita pasó, por merecerlo, a dormir en la cama conmigo. Ronroneaba como un motor de avión hasta un rato después de dormirse, y me recibía con la cola alta y maullidos de amor cada vez que regresaba a casa. No pude no enamorarme.

No dejo de sentir culpa cuando recuerdo la noche en que la traje del veterinario después de castrarla. Se encerró en el placard y gritaba de dolor cuando se le fue la anestesia, y me sentí el humano más mal humano del mundo. No dormí hasta que se calmó, en mis brazos, en la cama, por supuesto.

En su primer año de vida, estoy segura, fue una gata feliz. Por la mañana tomaba sol en el muro de entrada a casa, y antes de llegar yo visitaba a los vecinos, buscando mimos y, claro, algo de comida. Cuando llegaba, seguro alguien me decía: estuvo tu gata, jugó un rato con los chicos y comió un poco de pollo (pechuga cruda: su preferida). ¡Está cada día mas linda! Y realmente ya no era flacucha, ni desgarbada, y el pelo le brillaba al sol cuando patrullaba por los muros de casa, su territorio.

Mis amigos me decían: estás loca, un gato no quiere a nadie, y si te ronronea tanto, y te recibe, y duerme con vos cuando estás enferma, y no te deja sola cuando estás triste y te acompaña siempre, es solo porque le das comida y casa. Y va a estar con cualquiera que le dé eso. Yo no sabía si era verdad o no. Pero ahora lo sé.

Un sábado temprano, mientras yo dormía, mi gata salió a tomar el sol en el murito de casa. Cuando desperté salí a buscarla, la llamé, esperé, pero no vino. Pensé que estaría en lo de algún vecino y ya volvería. Pasó la tarde y empecé a preocuparme. La llamé hasta las 3 de la mañana. Algo había pasado.

Al otro día recorrí los vecinos uno por uno y nadie la había visto. Uno me dijo que había alguien que tenía un perro muy malo que mataba gatos y mi corazón se rompió en mil pedazos. Fui; le rogué que me dijera si había pasado algo, pero me juró que no y volví a respirar.

Fueron los peores días de mi vida. Pegué carteles, hablé con los cartoneros que pasan por casa, les ofrecí dinero; lloraba en mi trabajo y lloraba en casa. Giba, mi perro, se sentaba a mi lado y me miraba con desesperación, ya que también sabía que algo malo pasaba.

Alguna gente me dijo que tal vez la habían robado para sacarle el collar y después la mataron o la tiraron en algún lado. Yo lloraba y le rogaba a Dios que estuviera bien, solo eso, que no le hayan hecho nada malo. Todas las noches me quedaba llamándola hasta que me dormía, sin querer, en el patio de casa.

Rezaba todo el camino, cuando volvía del trabajo, rogando que al llegar viera su cabecita esperándome; y el pecho se me hacía un nudo de dolor cuando no la veía. Y lloraba.

En la madrugada del Jueves Santo (cinco días después de haber desaparecido) estábamos durmiendo y una sombra en la ventana nos despertó; maulló para que le abriéramos y saltó a la cama. No sé cuál de las dos estaba más contenta. Casi no quiso comer, y me saludaba de todas las maneras gatunas posibles. Sus ronroneos y mis risas se habrán escuchado en todo el barrio.

Se acostó a dormir y yo no podía dejar de mirarla. Hubiera dado cualquier cosa para que me dijera por qué se había ido, cuando me di cuenta de que tenía, en el collar, un pedazo de cuerda cortada. Mi gata había estado atada en algún lugar, le habían dado de comer, pero rompió la cuerda y de alguna manera volvió a casa. Cuando se despertó, casi un día después de volver, el veterinario la revisó y le encontró un colmillo roto.

Nunca más tomó sol en el muro de entrada, nunca más visitó a los vecinos, y solo acepta su comida cuando se la doy yo. ¿Qué otra muestra de amor puedo pedirle?

22-10-2008