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Félix y su gato

Juan Félix Salvador

Una tarde, sentado en un sillón, leía confortablemente. Mi pequeño hijo Federico jugaba a mi lado con su mascota: un gato al que llama Cooper. Aparté los ojos de la lectura y al registrar la escena los pensamientos me llevaron en un vertiginoso retroceso a desandar treinta años de mi vida.

Recordé otro living comedor..., una casa inmensa..., un pueblito de pocas viviendas... Allí estaba, junto a mi hermano Félix. Podía verlo acariciar a su gato Flopy.

Teniamos entonces él once y yo diez años. El inicio del verano para nuestra familia era un verdadero placer. Pasábamos mucho tiempo en ese lugar, podiamos desarrollar alli las aventuras mas extraordinarias.

Un arroyo cercano era nuestra preferencia, y la vera del mismo un sauce llorón nos servía de refugio para nuestros juegos. Sus ramas: verde trampolín para lanzarnos al agua. Félix y Flopy nadaban juntos, ya que extrañamente a este animalito no le disgustaba el agua, sino que, muy por el contrario, disfrutaba todos los instantes al lado de mi hermano.

Contábamos ademas con la compañía de Daniel (un lugareño) y sus dos perros, uno mezcla de ovejero y mestizo el otro. Un silbido le era suficiente para dominarlos. Solía cazar alguna liebre con ellos. ¡Qué festín si la mamá la preparaba...! El mejor regalo era poder acampar en nuestro paraíso, el permiso nos colmaba de una inmensa felicidad.

Poníamos ropa para usar después de los baños en el arroyo, cantimploras, anzuelos, cañas para pescar... Uno de nuestros concursos favoritos: "pescar la mojarrita". El tiempo era todo nuestro, a veces villanos y otras justicieros... Disfrazábamos nuestra personalidad utilizando personajes fabulosos; no existían las máquinas para pasar el tiempo, no se tomaba alcohol, teníamos la costumbre de crear nuestros juguetes... No padecíamos la publicidad escrita o televisiva que mata la fantasia de los niños.

Así fue transcurriendo parte de nuestra infancia. Supimos compartir amigos y pudieron convivir armónicamente los perros con el gato de Félix.

Un fatídico dia, nunca supimos por qué, los canes acorralaron al felino y a pesar de la desesperación de todos y los múltiples esfuerzos de mi hermano, lograron su objetivo: malherirlo gravemente. Esa misma noche Flopy murió. Muchos fueron los días que pasó Félix llorando. La angustia que le provocara la pérdida de su mascota lo acompañó por muchísimo tiempo.

A la distancia puedo decir sin temor a equivocarme que los veranos no fueron más los mismos. Hoy la casa de campo no existe, no es necesario cruzar alambrados para llegar hasta el arroyo, no hay revuelos de teros, no se buscan sus nidos ni hay travesías para buscar choclos entre los maizales. Todo ha cambiado. El progreso borró nuestra niñez... Las pelotitas para jugar al golf y los caballos para practicar polo usurparon nuestro paisaje.

Félix ya no vive en el país, se ha convertido en un brillante ingeniero industrial. Viaja por el mundo. Sabe llamarme de lugares diferentes: Japón, Alemania, China, Egipto, Estados Unidos; Rusia, Italia, Bélgica, por nombrar algunos. Gracias a la compañía de su familia –tiene esposa y tres hijos de catorce, diez y siete años– no peregrina solo. Tiene un buen pasar económico. Una empresa internacional es la gestora de su trabajo.

A pesar de todo la fortuna material que posee, daría parte de ella para recuperar los días de aquellos veranos y el poder dormir con su gato Flopy. Hoy es muy estricto con mis sobrinos y con él mismo, no permite errores. Nunca nadie de su entorno puede permitirse el deseo de contar con una mascota, la explicación que da es que el continuo traslado de un lugar a otro lo hace imposible.

Sé que lo que dice no es verdad. Su corazón no tiene capacidad para albergar a otro ser, el espacio está ocupado por el recuerdo de su gato Flopy.

Esta historia real de mi infancia ganó un premio, diploma de honor y medalla de plata en el concurso nacional de literatura infantil y adolescente en CATHEDRA (Centro de Promoción de las Artes y las Ciencias).

13-06-2004