Inicio » General » Garfield

Garfield

Sara

Tenías poco más de un año cuando rocambolescamente me vi con un tremendo gato naranja en brazos. Entonces me diste los primeros arañazos –siempre fuiste algo brutote jugando– y mi perrita puso una tremenda y pícara sonrisa porque le encantaba perseguir gatos. Imagínense que cuadro: un gato asustadísimo y una perrita pequeña ladrando y saltando para alcanzarlo.

Esa noche dormiste en mis brazos, estabas muy asustado.

Los primeros días pensé que era provisional, puse unos carteles, pensé que tu dueño vendría corriendo y llegue a localizarlo, pero pasaba de ti. Me alegré mucho y me quedé contigo para siempre.
Un hermoso gato de siete quilos, independiente y rebelde.

Tu carácter se fue suavizando y cada vez eras más cariñoso. Creo que nadie te había acariciado antes. Te costaba un poco la parte social que implicaba una mano cerca de ti, pero aprendiste poco a poco y fue fantástico.

Por la mañana me acompañabas hasta la cocina, te estirabas, un pequeño miau de buenos días, te ponías tieso y caminabas delante de mí con el paso estilizado de un pequeño tigre. Por algún motivo que desconozco te encantaba que saliéramos al patio y que te siguiera. Caminabas superorgulloso y de vez en cuando parabas y mirabas hacia atrás.

Te echabas al suelo y te ponías a balancearte boca arriba, con una cara de tremenda felicidad. Aprendimos juntos el idioma del otro. Los miaus de enfado, de hola, de sálvame del veterinario, de ¿qué te pasa?, de dame una lata. A la vuelta de las vacaciones estabas algo picajoso y me gruñías un poco.

Siempre estuve muy orgullosa de ti. Eras guapísimo, un auténtico Garfied, un sinvergüenza algo chulito pero de noble corazón. Eras irresistible: posabas en la ventana, te frotabas en el cristal y maullabas cariñosamente a tus fans, que llegaron a ser muchos, ya que vivíamos enfrente de una guardería. Incluso te hacían fotos. A mí no me hacía mucha gracia el escaparate que montabas, pero por otro lado me sentía muy orgullosa de ti.

Eras algo pesadillas con tu manía de querer escaparte, menuda guerra, y menudos sustos que me dabas.

Al fin me dieron mi piso y solucionamos el problema, ya que hasta entonces vivía de alquiler. Nos instalamos. Estabas genial en el patio y ya no te escapabas; las paredes eran más altas y ya no eras un adolescente.

Solo te quedaban ocho meses. No lo sabía, pero en la calle te contagiaste de leucemia (aunque te tenía vacunado). Un día te vi enfermo, parecía que podías tener FUS, pero tenía remedio... Unas radiografías, un derrame pleural, una analítica positiva en leucemia, una citología con linfoma linfocítico.

Hice lo que pude por salvarte y procuré que no sufrieras. Es curioso cómo un animal se convierte en un pariente cercano.

Nuestra veterinaria se porto fantásticamente, incluso se pasó algún domingo: le encantan los animales y suele enrollarse un montón cuando tienen enfermedades graves.

Pensamos en darte quimio, un tratamiento que da buenos resultados en gatos, pero la citología nos salió rana porque tu tumor era de los peores.

No se podía hacer nada mejor que evitar que sufrieras, y eso hice por ti. Me alegro de que pasaras por mi vida, aunque solo fueran cuatro años, y siento profundamente que tuvieras que morir tan joven. Estabas espléndido, te quedaban muchos años. Te echo de menos y me acuerdo de ti, has dejado una tremenda ausencia en la ventana. Siempre fuiste un mirón.

Tus amigos Altair y Sinuhe te echan de menos. Así es la vida. Ojalá no abandonen más animales, no puedo imaginar qué hubiera sido de ti en la calle.

24-02-2007