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Garritas

Ari

Garritas es mi gato. De color gris con blanco y nariz achatada. Para nada de raza, sino que recogido una vez por mí, en la calle. Unos gatitos de una semana tirados en la calle y yo recogí al de ojos conmovedores. Fue cuando tenía 12 años y regresaba de la escuela.

Mi padre lo detestaba. No lo podía ver. Decía que con un gato recogido dejaríamos de lado al perro que ya teníamos. El gato solo miraba a mi papá. No se acercaba a él, le tenía miedo.

Un día Garritas se sentó delante de papá para que lo mirara. Acto seguido mi padre miró al gato. Estuvieron mirándose un buen rato, el gato con expresión como de falta de cariño. Eso conmovió a mi padre y desde allí es su regalón.

A mí me adora. Solo me escucha hablar y viene maullando y ronroneando. A mi madre solo la mira como juguetón y la muerde o le pega manotazos. Mi hermana juega con él, y le pone cara de loca y corre por toda la casa persiguiéndola.

Para mostrar actitud de gato arisco le grita a mi perro y le muerde las patas (el perro ya aceptó la situación). Con cada integrante de la familia tiene actitudes distintas, y conmigo es el mejor de los gatos. Grita si no me ve. Ronronea si lo tengo en brazos. Si entro a alguna habitación, trata de abrir la puerta con sus patas y ronronea.

No es una historia interesante, lo sé. Pero quería que vieran que un gato puede ser algo muy importante en la vida de una persona. Ya van dos años con él. Y lo contamos como alguien más de la familia.

30-09-2006