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Historia de la gata negra

En el patio de mi colegio una niña llevaba una gatita en brazos. Era horrible, negra, de ojos color dorado sucio. Su maullido parecía un ronquido y estaba hambrienta.

La directora del colegio le había prometido un perrito Beagle a la niña, pero prefirió acudir a una tienda descuidada al máximo para comprarse un gato y regalarlo al reemplazo del perro y así cumplir una promesa. La madre de la niña no aceptó la broma de buen grado y le ordenó que la diera a un niño, a cualquiera. Así fue pasando de niño a niña y de niña a niño, hasta que después de más o menos veinte amos llegó a mis brazos.

La chica me entregó la pulgosa bola de pelos y se fue sin dejarme hablar. No la podía tener porque tengo a una perra llamada Panda. Se llevaban bien, pero no podía tener más mascotas. Después de que me lo pidieran todas las personas, se lo regalé a uno de mis mejores amigos.

Whisky llegó a llamarse Lupi, y vive muy feliz actualmente. Ya no es esa rata maulladora, sino una preciosa gata de ojos brillantes y manto suave. No quiero pensar en el destino de esa minina si se la hubiese regalado a cualquier otra persona. Estaba en muy mal estado cuando la recibí: tenía costras y estaba delgada y deshidratada. Me asombré al descubrir que en su vida no había sabido qué era una caricia o un tazón de leche. Solo sabía qué era el sufrimiento y el sudor de las manos extrañas.

Ahora vive muy feliz, vacunas al día y salidas con correa. Muchos se fijan en lo bello de un Korat, o un persa, olvidando que la belleza está en el interior. ¿Por qué a la hora de adoptar un gato siempre nos decidimos por el perfecto? ¿Por qué apartamos al delgado, al tuerto o al cojo? Aseguro que los "defectuosos" son tanto o más cariñosos que los puros. Son muy tiernos y, probablemente, los más agradecidos.

17-01-2007