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¡Me encontraste, Cascabel!

Nolan. Pilar, Buenos Aires, Argentina

Viví en varias partes de la Argentina, en la Isla Martín García, que está ubicada en el medio del Río de la Plata, y llegué a tener catorce gatos. Amo los gatos desde chica. Siempre me acompañaron; son seres especiales, independientes, misteriosos, cariñosos, dotados de cualidades que me apasionan.

Ahora por mi ocupación no tengo, pero mi sueño para cuando no trabaje más es tenerlos de compañía hasta que me vaya de este mundo. Tengo una comunicación especial y única con ellos, será por eso que temo a los perros. En definitiva, creo que en mi otra vida fui un gato.

Cuando era niña llegué a tener a una gata que dormía en mis pies y nacieron sus gatitos en mi cama. Mis padres me retaban mucho por eso, pero a mí no me importaba.

Me gustan todos, pero especialmente los de pelo largo tipo Angora o persa. No me importa la raza: he tenido negros enteros, blancos, de todo. Mi historia es bastante rara o no sé; como dije anteriormente, tengo una conexión especial con ellos.

En el año 86 vivía en Ibicuy, Entre Ríos (Mesopotamia Argentina) y me mudaba de casa. Tenía una gata hermosa, blanca y gris, de pelo largo y suave, que estaba preñada. Y lógico, al momento de mudarnos mi preocupación era ella. Cascabel se llamaba.

Yo tenía 19 años y también esperaba mi primera hija. Entonces le pido a mi marido y a mi hermano que se ocuparan de llevarme la gata a mi casa nueva ya que yo me iba a adelantar con mi madre a mudar las cosas de la cocina y demás. Se quedan ellos encargados de mi gata para llevarla caminando hasta la nueva casa, que sería a 2 km de la anterior, pero había que pasar por lugares de árboles y campos con mucha vegetación, como es Entre Rios.

La cuestión es que mi marido y mi hermano llegan a la casa nueva y mi pregunta, obvio: "¿Dónde está Cascabel? ¿La trajieron?" "¡No!", me contestan a coro, "la traíamos pero en la mitad de camino se enojó con nosotros, se enfureció y se fue". "¿Adónde?", pregunté. "No sabemos, se fue corriendo, agarró por el campo y no la vimos más, parece que se asustó", respondieron los encargados del traslado del animal.

Me largué a llorar en forma desconsolada por Cascabel y además estaba muy sensible por mi embarazo. La fui a buscar al lugar donde decían que se había perdido, y nada, ni un rastro. Me volví a mi casa nueva, triste y amargada, pensando que era lejísimos el lugar donde había quedado y que ni siquiera estaba cerca de la casa anterior para ubicarse y regresar. Seguí llorando por días, hasta fui a la casa vieja por las dudas si hubiese vuelto al antiguo lugar, pero nada.

Hasta que una mañana soleada, como a los siete días de la mudanza, cuando empezábamos a acostumbrarnos al nuevo hogar y reinaba la paz que nos había sacado el cambio de casa, la veo a mi gata, a mi Cascabel, en una ventana de la casa nueva. Tomando el sol como si nada, como que hubiese estado siempre viviendo ahí, sin inmutarse.

Cuando me vio, con mi euforia por haberla encontrado, se levantó, arqueó el cuerpo espumoso, levantó la cola para que la acariciara como siempre y siguió al sol. Sé que, aunque su misterio no le dejaba mostrar la alegría, también estaba feliz de volver a encontrarnos.

Nunca supe cómo me encontró, cómo se ubicó en la distancia y en la vegetación para encontrar un lugar al cual nunca había ido. ¿Dónde estuvo todos esos días en que yo la había dado por muerta? Nunca lo supe...

26-09-2009