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Joshi, mi fiel estrella

Darlina

Han pasado ocho años desde que vino a casa mi primer gato. Siempre quise tener una mascota, pero por aquellos tiempos mis padres no quisieron que nada entrara en casa.

JoshiUna tarde, como otras muchas, mi tía tenia una pena muy grande. Falleció su gato y estaba muy mal. Yo no entendía por qué lloraba por un simple animal. Claro, pensaréis... ¿Pero qué dice esta? Pues que no sabia lo que se sentía al tener una mascota y no sabía que ese sentimiento también existía.

Volvamos a lo de antes. Mi tía estaba bastante hundida, y mi tío, que la quiere mucho y más, nos trajo a nosotros antes el regalito que a ella le iba a regalar: un persa blanco, chiquitín. Mi madre se encariñó y dijo: "Si hoy me traéis un gatito igual que este me lo quedo".

Mi padre no dudó en ir a buscar uno. Pero no encontraban el persa que tenía que aparecer. En la última tienda que visitaron vieron gatitos siameses, así que mi padre llamó a mi madre y le contó la gran historia de que no encontraban persas, de que había siameses y que también son bonitos. A todo esto yo no quería un gato, yo quería un perro. "Los gatos ni me van ni me vienen", dije (¡qué idiota fui!).

Mi madre aceptó tener un siamés. Mi padre siempre comenta que en la tienda vio a ocho gatos y otro en medio de ellos. Sacó su instinto gatuno, e hizo el típico bisbiseo que utilizamos cuando queremos que vengan a nosotros. El que estaba en el medio se levantó, hizo su intento de maullido y mi padre dijo: "Quiero ese, el que está ahora mismo delante mío".

Yo aún andaba por casa y mi padre apareció con el siamés en la caja. Al verlo pensé: "¿Eso es un gato? Tiene pinta de todo menos de gato". Claro, yo ya me había acostumbrado a ver a un persa con pelo blanco largo y bonito, y me traen a un siamés con poco pelo, estropajao y canijo. Mi cara lo dijo todo en ese instante, y me fui a la calle a estar con las amigas.

A la noche volví a casa, y al entrar pensé: ¡Pero si tengo un gato! Y allí estábamos mis hermanos, mis padres y yo mirando al gatito, a ver lo que hacía o dejaba de hacer. Se puso encima de mi madre y empezó a ronronear. Como no teníamos ni idea de lo que era ronronear pensamos que tenía la gripe y rápidamente, sin pensarlo, llamamos a mi tía Bego, que es una fan incondicional de los gatos. Nos explicó lo que era, nos explicó más cosas y ya nos quedamos más tranquilos.

Antes de ir a dormir mi madre cerró todas las puertas de las habitaciones por miedo a que el gatito nos hiciera daño (ni que fuera Jack el destripador). Como tenía su casita mi madre lo puso dentro y a dormir. No duró ni dos horas ahí dentro. A la mañana me levanté y pensé de nuevo: "¡Que tengo un gato en casa!"

Salí a buscarlo al comedor. Allí estaba. En el sofá, todo chiquitín y mirándome. Me miraba extrañado y yo a él también. A partir de aquel sabado pasó a ser un gato vulgaris, a ser mi mascota, mi amigo, mi fiel amigo. El que siempre ha estado ahí, que si estaba enferma conmigo estaba; si estaba triste, a mi lado estaba; que regalaba caricias sin esperar nada a cambio; con el que jugaba horas y horas sin cansarme.

Gracias a él vinieron más mininos a casa: Cofy, Lluna, Nina y Niko.

El 20 de septiembre del año pasado fue su último día de vida. En los últimos dos meses apenas comía, y el pelo se le volvió blanco. Tenía anemia. Intentamos hacer todo lo posible por él. El veterinario nos dijo que estaba bastante mal, que el hígado no le funcionaba y desconocía los motivos. Su corazón no pudo soportar más todo lo que tenía. Un paro cardíaco se lo llevó.

Fui a verlo para despedirme de él. Vi que su cara ya era de felicidad, de que ya no sufría, ni tampoco nosotros. No hay día en que no me acuerde de él, que no le mencione, que no eche de menos sus caricias, esos cabezazos contra mi cara. Sus saltos, sus volteretas, su juego, su cariño... Y un sinfín de cosas que no puedo ni contar, ya que mientras escribo las lágrimas no paran de brotar. Toda mi vida pensaré en él, en lo que fue.

Sé que desde allá arriba me observa. Que la estrella que más brilla es él. Trabajo de noche y no hay noche que no salga a buscar la estrella que más brilla y fumar un cigarrillo mientras contemplo esa estrella. Me relaja, porque sé que me esperará.

Fueron ocho años en que aprendí yo más de ti que tú de mi, querido Joshi. Estés donde estés siempre te llevaré en mi pensamiento y en mi corazón. Gracias por dármelo todo y recibir poco. Nadie podrá reemplazarte. Te quiero.

PD: Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mis gatos.

10-07-2007