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Kitty, el compañero de mi vida

Karla S. Reynosa, Tamaulipas, México

Cuando yo tenía 14 años y estaba en la escuela una amiga me dijo que tenía una gata embarazada pero que no podría atender a los gatitos, y que por su casa se morían siempre atropellados. Así que yo le dije: bueno, si quieres dame uno y yo lo cuido... Esa misma tarde me lo llevo a casa; mi mamá por supuesto que no quería animales, nunca le han gustado, pero yo lo metí a escondidas.

Me lo dio prácticamente recién nacido y casi ni abría los ojos; yo le daba leche en tetera y todo. Cuando mi mamá se enteró se enojó y me dijo: nada más consíguele otra casa. Pero no fue así y mi mamá se fue encariñando con él. Siempre lo cargaba yo, jugábamos... Cuando lo llevé a la veterinaria me dijeron que era hembra; luego, tiempo después, que era macho, pero así le quedó el nombre: Kitty.

Pasó el tiempo y mi mamá hasta le compraba ropita. Entonces vivía en mi casa, pero luego, como era demasiado bravo e iba a nacer mi sobrina, tuve que darle más libertad. Lo dejaba salir y regresaba bien golpeado y aporreado, porque era tremendo, bien bravo. Siempre vacunado y todo, era una odisea llevarlo al veterinario porque no se dejaba, tenían que ponerle bozal y camisa de fuerza de un tipo costalito; hasta me preguntaban si era gato montés.

Ya con la edad se fue calmando, y estuvo conmigo casi once largos años, hasta que el 28 de diciembre del 2008 amaneció sin vida. No tenía nada, ni un signo de lucha o maltrato. Me dijeron que probablemente murió de un paro cardíaco. Es lo que yo pienso, porque nunca le pasaba nada.

Me siento profundamente triste, lo quería y amaba tanto... Era un gato muy tierno, voluntarioso, lleno de amor; era bien canijo pero me dio la más grande felicidad que nunca había sentido, era mi bebé... Gracias a Dios que me dio la fortuna de tenerlo y quererlo, y espero volver a verlo un día en el cielo.

Te quiero, Kitty.

22-01-2009