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La aventura parisina de Fígaro

Valjean

Para que veáis que, pese a la muerte de Sasha, no todo son tristezas, os contaré una historia que nos sucedió hace años a Fígaro y a mi familia.

Un año después de llegar Fígaro a casa de mis padres no parecía que estos le tuvieran demasiado cariño. Mi hermana era pequeña (seis años), y cuando iba a la cocina atravesando el pasillo lo hacía corriendo, y eso a Fígaro le encantaba: se escondía en alguna habitación, al acecho, y cuando ella pasaba, se le tiraba encima. Y claro, mi hermana se asustaba y acababa llena de arañazos, aunque Fígaro lo hacía sólo por jugar (es cruel, pero yo me lo pasaba bomba cada noche cuando ocurría). En cambio, Fígaro y yo nos habíamos hecho muy amigos y estudiábamos juntos la Selectividad -bueno, él se solía poner sobre los apuntes y ronroneaba... ¿cómo podía moverlo, con lo comodete que estaba?

En fin, que por problemas de alergia de mi madre, mis padres empezaron a plantearse dar el gatito. Y mientras no hubo un pretendiente serio, yo tampoco le daba demasiada importancia. Pero en estas que llegó un matrimonio a casa, un par de leridanos que se trasladaban a París, y querían un minino para acompañar a su hija y hacerle el cambio de ciudad más fácil (como si París no fuera fácil). Y claro, cuando vieron a Fígaro, tan guapo y manso, se enamoraron de él. Así que quedaron que el día antes de irse a la ciudad de la luz pasarían a buscar al gato.

Yo me quedé de piedra. Si se lo hubieran dado al vecino del quinto, podría haberle ido a ver cuando quisiera... ¡Pero es que se iba a París! Mis padres hacían broma y decían que conocería a los Aristogatos, que pasearía por los tejados y vería la Torre Eiffel. Y a mi hermana y a mí, que teníamos la peli de Disney, seguía sin hacernos gracia. Incluso Renata se miraba sus cicatrices con cariño.

Llegó el último día. Recuerdo que estaba en el despacho de mi padre, en el ordenador. Cerré la puerta, no quería ni ver cómo se llevaban a Fígaro.

Estaba allí, sin hacer nada, cuando de repente la puerta se abrió suavemente, y sí, Fígaro se deslizó y llegó hasta mis pies. Yo tenía los ojos empañados de la pena, pero cuando me hizo un murmullo casi imperceptible y subió a mi regazo para acomodarse allí ya no pude contenerme y empecé a llorar sin poderlo evitar. Entonces llegaron mis padres y me vieron allí, con Fígaro, llorando. Mi padre me miró con una cara medio resignada medio interrogante, y yo le dije: "Es que... es uno más de la familia", y rompí a llorar de nuevo, sin poder decir nada. Mi madre entró en el despacho, soltó un "No..." algo afectado, y se encerraron en el comedor.

Hoy, siete años después de aquel día, Fígaro sigue en casa de mis padres. Cuando salieron del comedor, los dos tenían los ojos húmedos. Mi padre cogió el teléfono y les dijo a los futuros parisinos que lo sentía mucho, pero que Fígaro se quedaba con nosotros. Mi hermana y yo nos abrazamos, mientras Fígaro nos miraba con curiosidad: él no lo sabía, pero no iba a conocer a los Aristogatos.

Con el tiempo mi madre superó la alergia, mi hermana consiguió superar a Fígaro en tamaño corporal y este dejó de atacarla como a una ratita cuando corría por el pasillo. Mi padre cuida tanto a Fígaro que a veces a mi madre le entran ataques de celos, y yo siempre que voy a Lleida paso mucho tiempo con él. ¡Y cuando fui a París por primera vez le compré una Torre Eiffel pequeña!

04-06-2004