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La carta de Jerry

María Angeles del Río García

Hola, amigos. Llevo ya muchos días metido en una nevera esperando que mi madre se decida a llevarme a mi última morada, junto a mi abuela, en la Costa Blanca. Será nuestro último viaje juntos, después de tantos y tantos “viajecitos” durante dieciséis años... ¡Demasiados para mí! Pero en éste seguro que no vomito, prometo que no vomitaré.

JerryMe llamo Jerry, no es por Tom y Jerry, sino diminutivo de Gerard Crampin. Mi madre conoció a este chico escocés años antes de mi nacimiento y como él odiaba tanto como ella esto de “La Vergüenza Nacional”, cuando yo nací me puso su nombre. Vine al mundo en una jaula rectangular sita en un ático en la Pza. de Canalejas, en el centro de Alicante.

Cuando mi madre fue a por mí acompañada por un amigo, David, (yo tenía creo mes y medio) mi dueño hasta entonces les dijo: “No le he tocado para que no tenga ningún olor antes del vuestro). David me subió arribota, muy alto, sobre su hombro, mi madre me acarició y dijo: “Tenemos mucha química, es precioso”. En el trayecto a Santa Pola mi madre conducía y David, que me llevaba sobre sus rodillas, decía: “Este es un bendito de Dios”.

Ya en casa me vi en un espacio tan inmenso con respecto a la jaula en la que hasta entonces había estado metido y como rápido tuve comida, mientras comía daba las gracias emitiendo unos maullidos tan agudos y profundos que mi madre se asustó, pues aunque yo era ya el cuarto de mi especie que ella había tenido, nunca había escuchado algo semejante, y es que al ser yo de “muchísima raza” siempre he tenido un vocabulario extensísimo...

Por la noche salimos a la terraza, como era de cemento hasta casi arriba del todo, donde había dos barandas de hierro, mi madre pensó: “Este tan pequeño no me preocupa, no puede saltar”. Y se asomó apoyada en la baranda. Cuál sería su sorpresa al verme desde fuera encaramado encima del cemento... Desde entonces tanto ella como mi abuela me ataban una cinta bajo mis enormes brazotes y la sujetaban a una mesa en las terrazas, hasta que ya de mayor se fiaron de mí y me dejaban que asomara la mitad del cuerpo fuera para ver qué se “cocía” bajo mis narices. Lo que siempre me decía mi madre, hasta este mismo agosto del 2012 era: “Jerry, a ti qué te importa lo que hay ahí abajo, ¡qué manía!”, y sacando la mano por el hueco de al lado me daba en la cabeza y yo me iba refunfuñando, y cuando veía que se despistaba yo volvía a asomarme.

Empezamos juntos a hacer el “triangulo de las Bermudas”. Al principio yo iba en un transportín pequeño, en el asiento del copiloto, entonces no vomitaba y mi madre estaba encantada, porque todos mis antepasados vomitaban en los viajes, pero cuando fui creciendo lo pasé fatal, siempre mareado, babeaba, sacaba la lengua... Hasta que decidió no darme nada de comer el día que viajábamos. Recuerdo trayectos espantosos, los que coincidían con alguna de las muertes de mis tías abuelas; yo no paraba de maullar durante las cinco horas, y es que yo lo sabía, lo presentía y sentía todo...

En Santa Pola, donde vivía mi abuela, tenían otro de mi especie, ya muy mayor, muy gordo y sin rabo, el pobre. Como era rubio le llamaban “Rubito”, “Cuqui”, o bien Isidoro, porque era idéntico al de la tele.

En esa casa yo solía escalar una cortina color naranja, correr tras el Rubito, él tan gordo se caía, yo le mordía jugando, y luego cuando él estaba sentado en su silla y yo pasaba por debajo me echaba cada zarpazo... Pero nos queríamos mucho, aunque creo que fue por celos que se le peló toda la tripa, o sería por zamparse tantos langostinos, que cuando mis tías y abuela iban a comer les quedaban muy pocos; a mí nunca me han gustado, yo siempre he comido productos de Royal Canin o Hills, y de joven solo me gustaba el pescado del Océano, del Gourmet. Una semana antes de irme para siempre mi madre me lo compró, comí un poco durante dos días, pero no podía, qué angustia querer y no poder, el dichoso liquido ya no me dejaba.

Cuando el Rubito falleció mi abuela se quedó tan, tan triste que mi madre me dejó con ella meses, pero en cuanto mi madre volvía ya iba yo tras ella, y mi abuela decía: “Hala, ya va la soga detrás del caldero”. Nunca supe qué quería decir.

He pasado por cuatro casas, primero en Santa Pola, luego que si Benidorm, Peñíscola y Madrid; demasiados traslados para mi gusto. Como nunca dormía decían de mí que si estaba loco, que si era una ardilla... En Peñíscola, una noche mi madre cerró la puerta de su habitación porque no la dejaba leer ni dormir y yo sufrí... Nunca me han gustado las puertas cerradas, claro que es que me ponía encima de su novela... Descubrí un vaso lleno de agua encima de su mesilla de noche y me puse a beber mientras ella leía; desde entonces siempre he tenido mis vasos en las mesillas de noche de cada casa, el mío de cristal, el de mi madre de plástico...

Mi vitalidad la desbordaba. Por aquel entonces mi madre estaba muy desquiciada entre amores y desamores de hombres, y pasaron años hasta que descubrió que toda su necesidad afectiva ya la tenía: era yo, yo la salvé, fui su salvador.

Siempre la he abrazado poniéndole mis enormes bíceps y tríceps sobre los hombros, y como los tengo, ¡anda, que me equivoco!, los tenía tan, tan largos, me colgaban por detrás de su espalda.

En Benidorm solía arañar las sillas, mis tías abuelas decían a mi abuela: “Mira, Ángeles, mira lo que está haciendo el gato”, a lo que mi abuela respondía: “Déjale que disfrute”. En ese sentido nunca tuve problemas, los muebles solo son muebles. En Madrid hacía la “carretera”, que consiste en tumbarme boca arriba junto al sofá, en el suelo, y arañando me desplazaba de un extremo al otro... También solía meterme en la lavadora, hasta que un día mi madre me vio, me hizo rápido una foto y nunca más dejó la puerta del tambor abierta. También he cosido mucho a máquina, jugado con sus hilos, y me he subido tantas veces encima de las neveras y en la escalera de mano cada vez que mi madre colocaba los armarios... para ayudarla. Y si podía encaramarme a los estantes mas altos..., ¡qué placer! Por eso cuando hace apenas un mes me llevó a la cama mientras ella arreglaba un armario y me volví al sofá sin hacer ni caso lloró mucho, lo mismo que cuando me dio una aceituna y ni me inmuté, con lo que me encantaba lamerlas y luego restregarme por el suelo o sobre el sofá.

También me saltaba en Peñíscola a la terraza de al lado, era mi gran obsesión, y como era igual que la mía quería entrar y estaba cerrado. Entonces mi madre tenía que saltar a por mí, con mas miedo que vergüenza, es un cuarto piso... Menos mal que la vecina no estaba, me hubiese envenenado, la llaman la “mala, malísima” porque odia a los de mi especie. Hace dos años envenenaron a diecisiete y mi madre pensó que pudo ser ella, así es que nunca hemos ido cuando ella está allí, por si las moscas.

Un día de tantos en los que me metía en los armarios mi tía abuela cerró sin verme, como mi abuela lo pasó tan mal buscándome cuando me encontró se enfadó tanto con mi tía que, al fallecer esta, mi abuela en los tres años que siguió viva se lamentó siempre de ello. Me encantaba esconderme en los armarios, cajones, etc. Y debajo de los edredones o mantas; eso sí, siempre sin deshacer nada la cama, solo se notaba un bulto en medio.

En fin, he hecho lo normal de un gato casero, aunque me habría gustado ir al campo, revolcarme en la hierba, hacer el amor que nunca probé...

Lo que hice siempre fue ayudar a mi madre a hacer la cama, siempre me estiraba abajo, en la sabana bajera, luego según ella iba colocando las sábanas yo me movía arriba y abajo, hasta que terminaba y me quedaba debajo de la sábana en verano o del edredón en invierno... Por eso ahora llora todos los días al hacer la cama, porque ya no la ayudo, porque sabe que nunca más podré ayudarla.

No sé si era por mi “muchísima raza”, modestia aparte, siempre necesité mas cariño, atenciones y respuestas que mis antecesores, porque siempre hacía preguntas con la mirada. También era más generoso y sensible que ellos. Por ejemplo, cuando mi madre se “tragó” el cristal de la terraza porque creyó que estaba abierto se sentó en el sofá con las manos en la frente y yo rápido fui a ver qué le había ocurrido. Así siempre, nada más sentir que algo se caía allá iba yo, y cuando venía un fontanero, un albañil, quienquiera que venía a arreglar algo yo el primero a ver si podía ayudar en algo...

También de los cuatro de mi especie yo he sido el único que he llorado, sí, solía llorar por el ojo derecho y a veces por los dos, lloraba en agradecimiento cuando me daban algo que me gustaba mucho o me han curado. Y el 9 de septiembre, cuando mi madre estaba durmiendo la siesta, a eso de las seis de la tarde vomité mucho líquido por el pasillo. Como me sentí tan mal y ella al no oírme no se levantó, cuando lo hizo me encontró sentado en el sofá llorando mucho por ambos ojos, y más me limpiaba más lloraba yo. Mi madre me decía: “Jerry, no llores, no te preocupes de nada”. En situaciones así ella luego me cogía y yo escondía la cara bajo su brazo izquierdo emitiendo unos quejidos tan lastimeros que se le partía el alma, y eso con mis antepasados no lo vivió.

Tuve problemas cuando empezaron las muertes, primero mis dos tías abuelas, luego mi amigo Rubito, el que no tenía rabito, también mi abuelo que aunque no me conoció, sí tenía en su mesilla una foto de mi madre conmigo en brazos, y en una carta a mi abuela refiriéndose a dicha foto escribió: “Te doy besos en la foto que me mandaste con el gato, pero es que algunos días me araña el gato”; lo que me hace pensar que tenía sentido del humor. Esto lo escribió como a los cincuenta años de que mi abuela se fuese de su lado y a los pocos meses de divorciarse, octogenarios los dos... Se llamaba Ezequiel del Río Jiménez y falleció el 13 de febrero del 2006, un día 13, como yo...

Mi abuela se fue un año después. Yo estaba solo en casa ese día y como sentí el momento de su adiós en la Clínica Asesina vomité toda la casa. Así se la encontró mi madre cuando vino, no entendía el motivo porque yo entonces no vomitaba... Pero es que supe que nunca podría volver a subirme a su cuello, bueno, ya chepa, y restregarme con el olor de su laca. Ella me quiso siempre tanto que incluso cuando mi madre la llevaba al hospital de Levante, en el Rincón de Loix, medio muerta, quiso que me dejara antes a mí en casa.

A la vuelta de Benidorm, de dejarla en su última morada (donde me tiene que llevar ahora a mí) me pasé como dos meses echado en su cama, junto al gato blanco de peluche que es su espíritu. Mi madre se asombró porque yo nunca me acostaba en esa cama.

Cuando la primera muerte, la de mi tía la mayor, la que me llamaba “el Negrito”, empezó el desquiciamiento de mi madre y yo, que seguía sin estar operado y marcaba mi territorio por toda la casa. Empecé a tener ataques porque no me sentía lo suficientemente querido, me aterraba que mi madre ya no me quisiera... Pero este pasaje mi madre prefiere no recordarlo.

JerryDespués de operarme no volvimos a sentirnos extraños el uno del otro, pero cuando se fue mi abuela, hace cinco años, empecé con el megacolon, que casi tienen que abrirme para sacarme las bolas de heces. He tenido tantos dolores físicos hasta que mi amiga y doctora Alicia Cózar descubrió para mí el Fibre Response de Royal Canin... Fue un alivio, un milagro para mis males. Y ahora que todo iba bien...

Este verano en la terraza hemos sido tan felices mi madre y yo... Lo mejor cuando había buenas “pelis” en la tele, mi madre daba palmas y me decía: “Jerry, qué penícula tan buena”, Gregory Peck, o bien Bette Davis, o Clint Eastwood, etc... Yo la miraba, me arrellanaba en la mecedora del lado derecho, todo aplastado con mis enormes bíceps colgando y mi cabeza apoyada, atento al paseo, que no se me escapara nada del continuo deambular de paseantes y niños gritones aunque fueran las dos de la madrugada... ¡Qué cruz!, así es donde me llevan en verano, Benidorm, una tortura.

Los sábados, con “El Debate”, mi madre se enfadaba mucho. Una noche me asusté, decía: “¡Nieto del dictador, deberían estar toda la familia fuera de España y no en la tele ganando dinero, dueños de media Galicia, de media Andalucía, Madrid... Ahí tienes al enano con voz de pito, con un solo huevo, toda su vida matando a humanos y animales, durante cuarenta años...” Como me vio con la cabeza levantada, asustado, dijo: “No te preocupes de nada Jerry, no es por ti, es por Franco”.

Amigos, me voy de este mundo cruel un martes 13 (mi abuela era supersticiosa). Mi madre hoy viene a verme antes que ayer, a eso de las cinco y cuarto. Menos mal, porque la estoy esperando hace rato para despedirme, para sentir sus besos y caricias en mi cabeza, cara y mano izquierda. Lo demás, todo mi cuerpo y mi brazote derecho están cubiertos por algo azul; soy una gran, enorme salchicha azul, oprimido, agujereado, mi cuello con “la guillotina”, como ella llama a la sonda por donde hace mes y medio me alimenta. Hoy estoy mojado atrás, yo, que hasta mi último aliento, ya tan, tan malito ni siquiera quise que mi madre me pusiera mi water cerca del sofá; fui siempre a hacer mis necesidades a mi sitio, aunque estuviera lejos, y ni una sola gota me hice fuera, aunque al salir ya me tumbara en el suelo sin fuerzas... Pero como me ponen suero hoy me he hecho pis...

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Jerry, tesoro, nada más verme maúllas con tanta, tantísima tristeza que sé que hoy no es como ayer, no es de dolor físico, hubieras gruñido, es una súplica, es tu adiós. Conociéndote, siempre superándome en sensibilidad e inteligencia, adelantándote a todo, sé que me dices: “Gracias por venir, sácame de aquí que ya no puedo más, me estoy muriendo...”

Te ponen en mis rodillas, te abro los ojos que siguen cerrados, hundidos y ya no son azules, me miras con tanta pena... Te quito de la nariz unas pelusitas blancas que tienes pegadas, te beso, te beso, te digo: “No te preocupes de nada, Jerryto, mañana nos vamos a casa”, y pienso: “Si luego pudiéramos ir juntos a las costas... ¿A qué costa quieres que te lleve, a la Costa Blanca o a la Costa del Azahar?”

Entra J., dice que te ha sacado más liquido. En total, pienso, ya van mas de 500 ml. Dice que se reproduce, que sí es maligno, que aún no sabe si es operable, etc., etc. Mientras, siento que te inquietas y cuando J. sale te vuelvo a tu “cárcel” por si quieres hacer pis, digo a M. que algo te pasa, dice: “Eso es bueno, que esté inquieto, que se mueva”. Pero yo veo que no es que te estés moviendo dentro, en el cajón, es que te estás cayendo, veo tu cabeza caer dos o tres veces lateral y golpea el suelo ¡craf, craf! Llamo a M., viene, te coge y entonces abres tantísimo la boca que digo: “Llama a J., se está ahogando”. J. viene, te coge y cuando te llevan rápido al quirófano veo tu cabecita color visón que se cae hacia delante, hacia abajo... Y sé que todo ha terminado. Tan pronto, tan pronto, tan cruel...

Hoy no pude rezarte tu padrenuestro, el único en el que creo; ayer sí, ayer te tuve cogido casi dos horas y cuando nos dejaban solos aprovechaba para besarte y te recé: “La panterita rosa, el míster Universo, el gato de terciopelo, el gato de seda salvaje, el osito de Alicante, el puma del Mediterráneo, mi gato amadísimo, el rey de reyes, el emperador de emperadores, el Principito Azul, el Salvador, el Mesías, el León de Invierno, el Tigre de Arizona, el lince ibérico, el gato de bíceps y tríceps, el divino tesoro...”

Jerry, tengo miedo, ¿qué será de mí sin tus abrazos, cuando toque el hueco que hay al final de mis almohadas de 70 cms hasta el final del colchón de 135 cms y no estés? Pensaré: “Habrá bajado a comer”, pero no escucharé el crujir que haces al comer el pienso, ni me despertará ya nunca el ruido al tapar tu pis, que aunque fuese de madrugada me levantaba a quitarlo rápido porque si no ya no ibas de nuevo, tenía que estar todo tan superlimpio...

Y cuando me tumbe para descansar la espalda dolorida y cierre los ojos no sentiré tus lamidos en mis párpados, en mi frente, ya no me echarás la bronca cuando falte mucho tiempo de casa. Ni correrás como un caballo desbocado para esconderte tras las cortinas o bajo los cojines, yo finjo que no te veo: “¿Dónde estás, Jerry, que no te veo? Ah, ya sé, ahí, ahí estás ¿te crees que no te he visto? Pues te he visto....” Y entonces tú sales otra vez cual caballo de pura sangre. ¡Qué alegría verte correr! Si este verano seguías subiéndote a tu ventana en la Costa Blanca...

Y cuando suba de comer ya nunca mas podré cantarte las coplas, y tú venir a restregarte la cara por el sofá preguntándome, tal vez creías que te estaba regañando... Entre ellas te cantaba: “Tienes planta de maceta, y hay en ti tal señorío, que te voy a comer a besos, ¡ay!, Jerry, Jerry, Jerryto”.

Mi único alivio es ya no temer morirme porque nadie cuidaría de ti. Alguien me dice: “Yo tiraría todo lo suyo, su cama, todo”, y pienso: “Entonces, donde duermo yo, donde me siento, la casa se quedaría vacía de muebles, porque vacía ya está sin ti”.

Gracias Jerry, gracias por perdonar siempre mis desquicios, por aguantar mis besos, no sé como soportaré no poder ya abrazar tu cuerpecito, aunque estuviera enfermo y mitad rapado. Para mí era un gozo apoyar la frente y los párpados en tu carita... Y cuando venga el sol, ese fugaz rato a primera hora de la tarde que ya no buscarás... Si al menos diluviara. Ya sabes Jerry, tus antepasados querían mas a tu abuela, pero tu siempre me quisiste a mí...

Cuando tenía dieciséis años escribí una novela en francés, Le Grand Vide. Este es ahora mi gran vacío. Si fuese poetisa, un martes 13 del fatídico mes de noviembre de 2012 diría: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”...

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Desde mi nevera quiero dar las gracias, por orden cronológico desde mi nacimiento, a Pedro Pomeda, por salvarme la vida si mal no recuerdo tres veces, una de ellas acudiendo a mi casa a las doce de la noche y cuidarme durante catorce años; aunque como he sido heterosexual prefería a Almudena, gracias Almudena por tu cariño, mimo y dulzura. Gracias a Pilar Sagredo y a William. Pilar un día dijo a mi madre: “Yo tuve una señora de Madrid que me contaba que su gato conocía las marcas del jamón de york del Corte Inglés y que comía langostinos”. Resultó que había sido mi abuela cuando llevó al Rubito a que le tratara la tripa pelada...

Por supuesto, gracias a mi entrañable amiga y cuidadora Alicia Cózar, que también me salvó la vida un par de veces, que me trataba con dulzura, que me tuvo en su casa como en un hotel de cuatro estrellas y que se desplazaba sesenta km para verme; gracias a M. Asunción y a Sonia, gracias a Juanjo que me alivió sacándome tanto líquido, a Valentina, que cuando mi madre la dijo que yo era para ella su hijo, marido, padre, abuelo, novio, primo, etc., admitió que era demasiada responsabilidad para mí, solo un gato..., así como a la otra chica, la de verde que no llegué a saber su nombre. Ellos hicieron lo posible para que yo siguiera con todos vosotros.

Finalmente gracias de todo corazón a María, quien me cuidó mientras estuve ingresado y sobre todo me limpió, me envolvió con amor en el echarpe de mi abuela y me metió aquí donde estoy, evitando así la visión más desgarradora, dolorosa y triste que mi madre pudiera tener en su vida. Gracias a todos. Esto es como si me entregaran el Oscar Honorífico en Hollywood. Como diría Antonio Banderas, nos vemos en el cine...

19-01-2013