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La Gran Duquesa

Evelyn

La historia verídica de una gata que aún me sigue robando el corazón: Duquesa.

Para empezar, debo decirles que mi gata tiene una apariencia absolutamente horrible, es una mezcla multirracial que ya no permite más aleaciones; los colores naranja, negro, café y amarillo se esparcen por su cuerpo como la más fiel expresión del arte moderno.
El nombre que posee se debe a sus finos y delicados movimientos, a la majestuosidad de su actitud. Ella solo podría pertenecer a alguien de fina estirpe.

Cuando llegó a mi vida quise deshacerme de ella y tras muchos intentos solo logré aferrarme más a su noble presencia. Debido a que mi gato Gatoveen la eligió como pareja no tuve más remedio que darle asilo diurno y comida en mi casa.

En la práctica DUQUESA pertenece a mi hermana, pero mi amistad con ella me hace apropiarme vilmente de su persona en este relato. Fuimos cómplices cuando ambas escondíamos nuestro embarazo, fuimos suegra y nuera, fuimos mujer y gata, en fin, nuestra amistad no conocía limites.

Aún recuerdo como si fuera ayer el día en que parió sus primeros cachorros; el primero era romano y nació muerto, el segundo no quiso salir, así que tuvimos que llevarla al veterinario. La experiencia fue atroz; junto con tener que soportar el nacimiento de su segundo hijo muerto tuvo que ver como el amor hacia los animales que profesan algunos veterinarios solo depende del dinero.

Aquel día tuve que volver con mi gata, a la cual aún le faltaba parir su último retoño, sin fuerzas para nada. Pensé que se entregaría a la muerte y rogué a Dios que no sufriera más, pero Él le tenía reservado otros caminos y milagrosamente nació con vida el último cachorro. Murió horas más tarde y ella cobijó hasta la mañana siguiente su pequeño cadáver.

Los días que siguieron fueron lagunas de tristeza; se echaba sobre mi barriga y en vano le ofrecí mi cachorro, que nacería en 5 meses más, para que se consolara.

Tal vez la tristeza la hizo más débil, menos intuitiva, y una noche cualquiera salió a dar su paseo nocturno como siempre acostumbraba a hacer. Nunca volvió. La buscamos en todas partes, pusimos anuncios y ofrecimos recompensa, pero nada.

Cierto día, aquel día aciago, me avisaron de un cadáver que estaba en un sitio eriazo y fui a ver de inmediato; era ella, pero el estado en que se encontraba me hizo odiar al mundo por siempre. Mi amada Duquesa tenía el estómago abierto de par en par y el cuerpo parcialmente quemado. ¿Por qué?, ¿qué hizo para merecer una muerte tan infame?, ¿cuánto sufrió?

Lloré hasta que las lágrimas ya no asomaron en mis ojos, luego recogí su cuerpo masacrado y lo metí en una bolsa negra para que mi hermana no la viera en aquel estado (ella lo hubiera querido así, no soportaba verla sufrir), y cuando llegó el momento solo le mostré la cabecita de la gata y le dije que el sol se había encargado de chamuscar el cuerpo que había sido victima de un atropello.

Prometí al cielo no contarle jamás los detalles de la muerte de Duquesa y arrojé su cuerpo al río para borrarlo todo. Años después, cuando falleció producto de la vejez, también arrojé al río a Gatoveen, pero esta vez con la única intención de juntarlos nuevamente en el paraíso que está reservado a los gatos.

Mi hermana ya es mayor, y pretende estudiar veterinaria para hacer de esta ciencia un canal de amor hacia los animales y no un negocio. Dios, la Duquesa y yo velaremos porque así suceda.

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Nota: Si en un principio menciono a mi gata como si estuviera viva es porque algo de ella se quedó viviendo en mí.

27-03-2002