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Las historias de Lua

Meritxell. Terrassa

Digo las historias de Lua porque desde bien chiquitín fue toda una aventura. Nació en una torre entre unos matorrales, próxima a la ciudad de Tarragona, totalmente salvaje. El pelaje atigrado y el abundante pelo lo hacían destacar entre otros gatos. Estaba allí junto con su hermana y su madre. Los dueños de la finca hicieron acto de presencia y le tapaban la entrada a la madre para que no los pudiera alimentar y murieran. Habían muchos gatos salvajes y callejeros por la zona y no querían más.

LuaMi amiga le abría una y otra vez la entrada a la gata para que entrara a amamantar a los pequeños, pero el padre no los quería y se la continuaba cerrando. Mi amiga me lo comunicó y le dije que sin más cogiera a uno de ellos y que me lo trajera a casa, ya que, como mi padre va cada fin de semana a un camping, cuando tuviera 3 o 4 meses lo dejaría suelto y podría tener una oportunidad, porque ya hay otros muchos gatos y los campistas los alimentan porque les gustan.

Era el puente del 15 de agosto de hace dos años aproximadamente, y mi amiga, tan pronto como regresó de las vacaciones, vino hasta nuestra ciudad con dos gatitos de apenas seis días en una caja de zapatos. Por ese entonces yo estaba sola en casa, puesto que mi hermana y mi padre se habían ido de vacaciones.

Me rendí a sus pies nada más verlos. ¡Qué cosa más bonita! Me cabían en la mano perfectamente, tenían los ojos cerrados y todo el rato dormían. Uno de ellos era más espabilado que el otro e intentaba levantar la cabecita como podía, en cambio el otro apenas se movía y no paraba de dormir. Le dije a mi amiga que me diera a la hembra. Efectivamente era la que todo el rato dormía. Qué animal más tierno, completamente indefenso, dependía de mí.

Se me caía la baba con solo mirarlo. Fui a comprar leche especial y con la ayuda de una jeringuilla le iba dando cada ciertas horas un jeringazo de leche. Todos los que lo veían me decían que se iba a morir, que tan pequeños necesitan la leche de la madre porque lleva muchas más proteínas y vitaminas que la que yo le pudiera comprar.

Los días iban pasando y empezó a andar a trancas y barrancas. ¡Qué gracioso que era! Era curioso ver como sus extremidades posteriores aún no estaban totalmente desarrolladas y perdía el equilibrio. En un principio llegué a pensar que no estaba bien, que le había faltado alimento.

Una vez regresaron de las vacaciones mi padre y mi hermana, al cabo de dos semanas, se quedaron asombrados al ver al gatito. Ya empezaba a andar más o menos bien. A menudo se nos ponía entre los pies y era inevitable el darle algún que otro puntapié sin querer.

Mi padre no se creía que pasado un tiempo fuera a deshacerme de él y a dejarlo libre en el camping, pero yo estaba convencida, ya que pensar que le había salvado la vida de morir de hambre era suficiente para mí, y creía que merecía tener una oportunidad.

Fueron pasando las semanas y Lua iba creciendo. Mi hermana estaba encantada de tener a un animal en casa, pero mi padre seguía un tanto reacio y me continuaba diciendo que nunca me iba a desprender del animal. No le hacía mucha gracia tener a un gato en casa.

Mi amiga se trajo también al otro gato, el hermano, y le estuvo buscando un hogar, pero sin éxito. Ya tenía dos gatos en casa, así que se quedó también a este, casi sin querer.

Con el tiempo descubrimos que Lua no era una hembra, sino un macho. ¡Vaya sorpresa! Y el de mi amiga, que pensábamos que era un macho, resultó hembra. ¡Fue una sorpresa por partida doble! Parece que no somos muy buenos detectando el sexo de los animales.

Ya han pasado casi dos años y Lua sigue conmigo. Se ha anudado entre nosotros un lazo muy fuerte y nunca se va a separar de mí, es mi vida. Digo que es mi vida, porque justo un mes antes de que me lo trajeran murió mi madre y me volqué en él, y aunque imaginaba que lo tendría que dejar tarde o temprano, no fue así. No me quería creer que algún día lo tendría que hacer, pero vivía día a día mi relación con él y nunca llegó la despedida.

Es un encanto, aunque algo travieso y juguetón. Lo llevé a castrar al cumplir el año y medio y estoy muy orgullosa. Ya no marca las esquinas y es un estupendo gato de compañía. Le encanta jugar con todos los juguetes que le compro y también el agua. Es muy independiente, pero a la vez está añorado cuando no hay nadie en casa. Cuando alguien llega va enseguida a restregarse entre las piernas para que le den mimos, y en cuanto ve que no te vas, se aleja y empieza a jugar. Es muy activo.

De vez en cuando voy a casa de mi amiga o viene ella y unimos a los hermanos. Es muy bonito ver cómo disfrutan correteando por toda la casa y juegan panza arriba. Saben que son hermanos y que les salvamos de morir, y mi amiga y yo nos sentimos orgullosas de haber podido salvar a dos gatitos indefensos y darles la vida que se merecen. ¡Han tenido su oportunidad!

01-08-2008