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Mi adorable Kiba

Zaida Muñoz. Tampico, México

Llegó a mí de la forma más inesperada, como llega todo lo que es bueno, lo que va a cambiar tu vida para siempre. Fue en el mes de diciembre; ya en semanas anteriores yo había estado insistiendo con que quería un gato y, muy contenta, ya estaba preparada para adoptar a una linda gatita de Angora. Pero para mi sorpresa llegó mi novio a mi casa con una cajita con agujeros y un moño rojo.

KibaEn días pasados había estado diciendo que me regalaría un conejo, pero yo no quería un conejo, sino un gato; y entonces, casi decepcionada, abrí mi regalo y oh sorpresa, era un hermoso felino blanco con café, tan adorable y cariñoso. Era la primera vez que Kiba y yo nos veíamos y ya me ronroneaba y se restregaba en mis manos; fue amor a primera vista.

Desde el primer día a él le gustó dormir en mi cabeza; disfrutaba mordiéndome el cabello y amasándolo. Conforme transcurrieron las semanas nos fuimos conociendo más. En ese entonces yo hacía un curso para entrar a la maestría y cada vez que llegaba a mi casa comenzaba a maullarme y yo le maullaba y él me respondía. Pero la sorpresa más hermosa que me dio fue cuando comenzó a decir "mamá". Sé que suena extraño, y la mayoría de mis amigos no me creen cuando se los platico hasta que lo ven, pero mi Kiba me dice "mamá".

Mi gato se fue convirtiendo en más que un gato para mí: lo veo como un hijo, como un compañero, y de esa misma manera lo quiero. Nunca deja de sorprenderme lo inteligente que es, cómo empuja la puerta cuando quiere entrar a mi cuarto, o cómo la va jalando con la patita cuando quiere ir al baño. Si quiere entrar a mi habitación y la puerta está con cerrojo dice "mamá" o la rasca hasta que le abro, y cuando va a tomar agua jala su traste de tal manera que le sea más cómodo. Siempre está echado al lado mío y cuando quiere mi atención me mira fijamente y maúlla. En las mañanas, cuando tiene hambre, me pone la patita en el ojo para que despierte, y si ve que lo cierro vuelve a ponerme la pata. Todas estas y muchas más cualidades tiene mi Kiba; él es especial, único.

Pero un mal día que llegué de la escuela lo vi tirado en el piso. Casi no se movía, y el estómago se le veía mucho más grande de lo normal. Tuve miedo y lo cargué para llevarlo a mi cama, lo acosté boca arriba y vi que no se movía en lo absoluto y que temblaba. Llamé al veterinario, quien me dijo que quizá lo habían envenenado y que se lo llevara lo más pronto posible para examinarlo. Yo dudé de que mi gato estuviera envenenado, ya que casi no sale de la casa y no come nada que no sean croquetas.

Ya en la veterinaria me dijo que su vejiga estaba inflamada, y que posiblemente tenía piedritas en los riñones o que algo le estaba obstruyendo las vías urinarias. Entonces el doctor tomó una jeringa y la atravesó en la vejiga de Kiba y le sacó 5 ml de orina. Eso era lo que tenía: mi gato no podía orinar desde hacía días y yo no lo había notado. El doctor dijo que no podía operarlo, que le iba a recetar algo para desinflamarle la vejiga, y que lo llamara si seguía mal.

KibaY mi pobre Kiba empeoró. No quería comer, aunque adora comer; solo estaba tirado y poco a poco se iba arrastrando debajo de mi cama o dormía en el cuarto de lavado. Fue ahí donde tuve más miedo, ya que es muy sociable y jamás se aleja de mi lado. No quería verlo así tirado, sufriendo, y le pedí mucho a Dios por él, para que lo sanara; le decía una oración de metafísica que me enseñó mi mamá, pero lo veía cada vez más cerca de la muerte.

Al otro día lo volví a llevar con el doctor y dijo que ya no podía hacer nada, que mi gato estaba muy débil y rechazaba el suero, que ya no había más nada que hacer. Así que mi novio y yo decidimos llevarlo a casa. Era horrible verlo tirado en el piso, con los ojos redondos y brillantes cada vez más apagados, sin maullar, sin mirarme, sin moverse. Y yo lloraba porque ese gatito que veía no era en absoluto mi pequeño de ojos redondos y brillantes que me decía "mamá". Solo estaba sufriendo, y mi esperanza por salvarlo se iba apagando poco a poco.

Pero aun así, y sabiendo que ya nada se podía hacer más que inyectarlo para que dejara de sufrir, seguí orando por él, pidiéndole a Dios que me ayudara a seguir a su lado pero sin verle sufrir. Y Dios me escuchó. Aun cuando mi cabeza sabía qué tenía que hacer, mi corazón siguió luchando junto con el de Kiba.

Y conocimos al Dr. Chao, quien rápido observó minuciosamente a mi gatito y me dijo lo mismo que el otro doctor, pero la diferencia fue que él se esforzó en salvarle la vida, porque es un amante de los gatos. En tan solo un día mi gato ya estaba mejor: sus ojos ya no estaban tan apagados, comenzaba a caminar de nuevo y después de cuatro días por fin recuperó el apetito.

Desde que mi Kiba volvió a nacer no dejo de disfrutar cada minuto a su lado, y tampoco dejo de agradecerles a Dios y al Dr. Chao por haberlo salvado. Y espero que mi relato les sirva para no perder la esperanza ni en el último momento, ni siquiera cuando te han dicho que ya todo está perdido, porque uno nunca sabe, milagro es el pseudónimo con que Dios firma algo.

KibaKiba

21-06-2010