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Mi gatita Luna

Elena Fernández

Mi gata Luna vino un día a mi vida sin esperarla. La cogimos de la huerta donde vivía con su mamá, pero llegaba el invierno y la mamá no la cuidaba y la encontramos medio ahogada en el césped, desnutrida. Tenía un carácter superbueno, yo fui la primera persona que la tocó y se durmió dulcemente en mis manos. Ese día supe que me acompañaría por el camino de la vida hasta que Dios quisiera.

La tuvimos con nosotros dos años y medio. Me seguía a todas partes, era mi amiga, mi compañera, mi confidente. Cuando tenía algún problema en el trabajo la única que era capaz de calmarme era mi Luni, como la llamaba. Cuando tardaba en levantarme ella me daba con la patita para que me levantase, para que jugase con ella. Si me iba a estudiar –con ella me saqué la oposición– se ponía en mis papeles, justo debajo de la lámpara, pues era muy friolera, como yo.

Era pinta y con unos ojos tan grandes que te dejaban impresionada con solo mirarla. Cuando me levantaba daba un saltito de alegría al pasar a su lado, y si cocinaba o estudiaba o veía la tele o estaba en el ordenador, estaba siempre junto a mí.

Nunca me sentí sola con ella; me dio su amor y compañía sin esperar nada a cambio. Se tumbaba conmigo y veía la tele, me almohadillaba y me extendía la patita y me abrazaba. Acto seguido suspiraba, como diciendo "qué a gusto estoy contigo", y se ponía a ronronear.

Cuando alguna vez he llorado, el animal, asustado, venía y me tocaba y me miraba como preguntando qué me pasaba; se asustaba, ya sabéis qué carita ponen, y solamente tocándola me podía calmar. Me ha dado tanto, mucho más que yo a ella.

De repente, el 2 de abril de este año 2009, tuvimos que sacrificarla. Dos días antes empezó el cambio, un cambio horrible. Estabamos mi marido y yo en el sofá y ella durmiendo tranquilamente, soñando como otra veces, pero ahora intuí que era diferente. La moví porque pensé que le pasaba algo, y cuando despertó era otra gata. Echó las orejas atrás y emitió unos maullidos de amenaza y de horror que espero que nunca tengáis que oír, porque nos hemos quedado traumatizados. Se lanzó a atacarme y luego fue hacia mi marido. Logramos salir del comedor, apagamos las luces y la dejamos encerrada. LLamamos al veterinario de urgencias y nos dijo que la dejásemos encerrada para que se tranquilizase y miráramos a ver al día siguiente, pero que si nos había atacado podía volver a hacerlo.

A la mañana siguiente oí su maullido normal, asustada pero normal. Abrimos la puerta y allí estaba mi Luni de siempre, restregándose contra mis pies y pidiéndome cariño. Intenté olvidarme del ataque, aunque sabía que le pasaba ya algo irremediable. Pero no lo quería ver. Estuvo tranquila todo el día, pero cuando llegó la noche volvió a pasar sobre la misma hora. Nos pilló de pie y pudimos salir del comedor, esta vez haciéndole un poco de frente, porque, si no, se nos tiraba encima. Era otro animal. No era ella. Pero era ella.

¿Qué haríamos? No había solución. A la mañana siguiente volvió a suceder, y decidimos llevarla al veterinario con todas las consecuencias, pues al animal le pasaba algo muy fuerte, tan fuerte como para atacarnos cada vez que nos veía. En el vete la chica nos dijo que no había nada que hacer, que no nos podía garantizar que el animal no volviera a tirársenos o que le hiciera daño a alguien que fuera a la casa; que lo más seguro, por lo que le habíamos contado, era que se tratase de un tumor cerebral, y que los gatos, al sentirse malos, descargan agresividad frente al que tienen delante.

Lo peor de mi vida hasta ahora, la decisión que ha cambiado mi vida, la mejor para mi gata y para nosotros, porque ella iba a morir de todas formas y parece ser que de una manera horrible, fue dejarla allí, mientras me miraba con sus ojazos. Esa última mirada.

Ahora me siento triste y culpable y pienso: "Si hubiera estado más pendiente, si hubiera jugado más con ella, si no la hubiera despertado aquella noche..."

Y allí se quedó. Me dijo el vete que no iba a sufrir, pero me encuentro mal, nos encontramos mal. Cómo un animal tan dulce pudo ser así... Pero es por la enfermedad. Ahora intento pensar en ella como era, con esa dulzura, y ver esos ojazos y esas pedazo de orejas y su boca con un lunarcito y esas patillas con tantos colores.

Te quiero, Luni, mi Luni, espero que algún día nos volvamos a encontrar y no me guardes rencor. No teníamos más remedio, lo sabes, ¿verdad? Te quiero, Luni, te querremos siempre Jesús y yo.

16-04-2009