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Mi gato hablaba

Ketynporta

Salem era un gato birmano color chocolate, que fue el primero de una camada de Pimienta (la gata de mi abuela) y Shirgo (mi primer gato). Nacieron cinco gatitos, pero decidimos conservar solo a uno... Y ese fue Salem, por ser la bolita de pelos más tierna, simpática y cariñosa. Todos lo eran, pero Salem les ganaba en méritos, sobre todo porque fue el único al que no agredió su papá.

Salem creció solo unos cuantos meses junto a su padre Shirgo, que por ser tan callejero cierto día no regresó más... Nos entristeció perder a Shirgo, pero el que más lo sintió fue Salem.

Con el tiempo Salem se fue haciendo cada vez más y más grande, al grado que a todos mis vecinos les gustaba verlo.

Cierto día, a Salem se le ocurrió que era buena idea tomar agua directo de la toma y no en su plato, así que, con toda la arrogancia digna de un gato, se sentaba junto al grifo esperando que alguien le abriera. No pasaba mucho tiempo para que alguien pasara y le dijera: "¿Quieres agua?", y le abriera. Después Salem no solo se sentaba, sino que comenzaba a decir: "Agua"... La primera vez nos asustamos mucho, después nos acostumbramos a su nueva forma de pedir agua. Un día que estuvimos muy ocupadas no le hicimos caso... Entonces Salem se puso a gritar por toda la casa: "¡Agua!, ¡agua!", hasta que alguien bajó y le abrió a la llave.

Después de esas muestras ya no se nos hacía raro escuchar que Salem dijera "mamá", que respondiera "no" si no estaba de acuerdo con lo que se le pedía.

Por desgracia, una noche le pedimos a Salem que entrara a la casa, y claramente nos respondió que NO. Entonces le dejamos la ventana abierta para que entrara cuando terminara de dar su acostumbrada vuelta nocturna de una hora. A la mañana siguiente fue horrible encontrar a Salem muerto brutalmente a golpes. Simplemente me desmoroné..., grité..., lloré... y jamás supe quien fue el responsable de tal infamia. Me arrebataron un trozo de mi vida y aún no logro reponerme de ese golpe.

Muchas personas trataron de darme ánimos y me dijeron algo muy bonito: "Los gatos dan la vida por uno mismo". En ese momento no quería entender nada. Al otro día yo salía de viaje al otro extremo del país, eran muchas horas de carretera, así que las dediqué a la memoria de mi Salem. Lloraba a ratos, sonreía a ratos... Durante la madrugada el chófer del camión iba demasiado rápido y estuvimos a poco de estrellarnos contra un trailer estacionado a media carretera. Sentí que ese sería mi último momento, pero Salem me salvó. Fue cuando entendí que si Salem no quiso que entrara a la casa fue porque sabía que algo malo me pasaría en ese viaje.

¡Gracias, Salem! Te debo la vida.

Ahora han pasado dos años desde que Salem no está conmigo y aún sigo extrañando a ese gato maravilloso al que le debo todo lo que soy ahora.

19-10-2006