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Mi querida Cuqui

Ester Soteras

Mi querida y añorada Cuqui, hoy he pensado en ti y en mis ojos han aparecido lágrimas contenidas. He respirado hondo para no dejarlas resbalar por el rostro. No quiero llorar, solo recordar.

Eras un espíritu libre y así debes seguir. Recuerdo cuando te llamaba y no me hacías caso, tú a la tuya, en tu mundo, en tus sueños. En las frías noches de invierno me sentaba en el sofá y te ponías en mi regazo, donde te quedabas dormida como un bebé. Entonces cuando aprovechaba para besarte y acariciarte. Nos queríamos mucho y sobre todo respetabas mi espacio y me dejabas vivir.

Siempre estabas allí mirándome, escudriñando mis sentimientos, pero a cierta distancia, sin molestar. Cada mañana, durante los trece años que compartimos nuestro hogar, al levantarme venías a recibirme y te frotabas en mi pierna para decirme, telepáticamente: "Te quiero y estoy cerca de ti". Luego, casi inmediatamente, dabas la vuelta y desaparecías. Al volver a casa, después de un duro día de trabajo, siempre estabas al otro lado de la puerta esperándome. Me mirabas de reojo. Discreta. Sin ruidos, pero a mi lado.

No dejo de recordar cuando me fui de viaje a Ávila y tuve que volver a los cuatro días porque mi vecina me avisó de que no comías ni bebías nada. Sé que me echabas de menos. Conocía tu forma instintiva de decírmelo. Nunca más me fui sin ti.

Nunca podré decir que tú, mi Cuqui, no fuiste fiel y adorable; aunque reconozco que eras un espíritu libre, pero yo también lo soy. Las dos lo fuimos, teníamos nuestro espacio, pero no podíamos vivir la una sin la otra.

Aprovecho estas letras para darte las gracias por vivir conmigo durante trece años. Te debo mucho más de lo que tú puedas imaginar. Muchas veces llegué a pensar que éramos almas gemelas, que estábamos conectadas de alguna forma, pues cuando te buscaba nuestras miradas siempre se encontraban. Al principio pensé que te había adoptado, pero la convivencia me enseñó que fuiste tú la que me adopto a mí.

Nadie está preparado para las despedidas, pero saqué toda la entereza que pude de mi interior y organicé tu entierro bajo aquel árbol en el camino de Loreto. Cada semana voy allí y hago un alto en el camino para hablar contigo. Han salido flores blancas donde estás tú.

Mi corazón es tuyo. Tú me lo robaste cuando te conocí y yo te lo entregué para siempre. Espero que de alguna forma te llegue esta carta al cielo.

Para Cuqui, mi estimada gata, con amor de Ester.

10-04-2009