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Para Sam, el rey de la casa

Susana. Valladolid

Sam nos adoptó. O mejor dicho, adoptó a mi marido. Un día, mientras trabajaba, Sam se subió a su moto, se metió en la cartera del correo y se quedó dormido. Cuando llegó mi marido lo sacó y lo bajó al suelo, pero Sam fue detrás de él y en cuanto paró de nuevo, volvió a subirse a dormir.

Me llamó para contármelo y le pedí que lo trajera a casa. Volvió a buscarlo por la tarde y lo llevó a casa. Cuando lo vi, tan pequeño y tan tranquilito envuelto en su toalla, sentí una ternura tan grande...

Ese mismo día lo llevamos al veterinario para que lo desparasitara y le hicieron las pruebas de leucemia y de inmuno. Desgraciadamente dio positivo en las dos. Nos advirtieron de que un animalito con las dos enfermedades no duraría mucho tiempo, a lo sumo seis meses, pero aun así decidimos quedarnos con él. Tenía tres meses.

Sam ha sido el gatito más cariñoso, agradecido y especial que jamás hubiéramos podido imaginar. Siempre tenía tiempo para un mimo. Le encantaba dormir encima de nosotros y darnos besitos y cabezazos a cada momento. Nos quería tanto que cuando nos marchábamos más de dos días se ponía enfermo pensando que lo habíamos dejado. Pero en cuanto volvíamos a casa y veía que estábamos de nuevo allí, se le pasaban todos los males.

Y sus juegos... Le encantaba meterse en las bolsas. A veces veníamos de comprar y en cuanto vaciábamos una, allí estaba Sam, metiéndose dentro para que le cogiéramos. Y jugar con sus tapones. Se volvía loco corriendo por el pasillo detrás de ellos, dándoles manotazos. A veces, si quería que se los lanzaras, los cogía en la boca y te los traía. Y correr detrás de su hermana como dos locos por toda la casa. Pero lo mejor era cuando jugábamos a "culo-culo". Le tocábamos suavecito justo encima del rabo y se tiraba al suelo panza arriba y nos hacía el canguro, y se revolcaba a un lado y a otro para que se lo volviéramos a hacer. A veces venía a buscarte y cuando le preguntabas que quería, se tiraba panza arriba esperando para jugar a su juego favorito.

Cuando cogimos a Salima tenía 15 días. Era como una bolita de algodón. Al principio teníamos miedo de que Sam no la aceptara, pero no solo la aceptó, sino que la cuidó y la enseñó como si fuera su madre. Le enseñó a utilizar la caja de arena, la limpiaba cuando salía de ella, le lamía la tripita si no podía hacer pipí y la regañaba cuando se portaba mal. Era para verlo. Se querían con locura.

Al final, después de cuatro años y medio, la leucemia pudo contigo. Hace 19 días que te fuiste, Sam, y te echo muchísimo de menos. Extraño tus mimos, tus juegos, tus maullidos zalameros, tus besitos y tus ojitos mimosones. Siempre dispuesto a una caricia.

Cuando echo de comer a tu hermanita espero verte venir corriendo como hacías siempre, y por las mañanas casi te oigo maullar para que te abramos la puerta y darnos los buenos días.

Es difícil aceptar que ya no estás, pero sé que en el cielo hay un angelito más. Algún día volveremos a vernos, Sam, y tú ronronearás de nuevo al verme porque mami ha vuelto a casa.

Te quiero mucho, Sam. Siempre estarás en mi corazón.

15-09-2007