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Pirriacas

Feli Rioja

Hace unos días marchó para siempre el animal denominado por las enciclopedias como "irracional", al que más hemos querido y mimado en casa. Y el que más alegrías nos ha proporcionado. Crecí con él y murió en mis brazos. Lo que quiero contaros es una simple anécdota, una noche cualquiera en lo que fue su vida, solo por rendirle un pequeño homenaje.

PirriacasAquella noche no era capaz de dormir. Una terrible tormenta se abatía sobre la ciudad, y desde mi habitación se veían los rayos que iluminaban los árboles del patio de mi casa y creaban unas formas fantasmagóricas parecidas a grandes brazos que se acercaban a mi ventana y trataban de entrar en la habitación.

Ya había conseguido que mi hermana se levantara de la cama y cerrara la ventana, entre abucheos hacia mi persona por ser tan miedosa. Pero era lógico que fuera miedosa, porque nuestra casa estaba en el camino del cementerio. Solo nos separaban dos casas de él. Yo había visto muchas películas de zombis que salían de sus tumbas por la noche y corrían a la caza de los vivos. ¡Cualquiera se acercaba allí por las noches!

Me tapé con la sábana hasta los ojos, para que nadie que entrase me viese. Y traté de dormirme entre los fuertes ruidos causados por los truenos y la luminosidad de los relámpagos, pero no lo conseguía y daba vueltas y vueltas en la cama.

Pasado un buen rato me quedé adormilada. Y cuando ya estaba casi dormida oí un ruido. Me había desarropado porque el calor era insoportable, pero no me atreví ni a mover un dedo, no fuese que el zombi estuviese bajo mi cama y se abalanzase sobre mí.

Pero no, no era un zombi. Era Pirriacas, mi gato, que siempre que atrapaba a algún animalillo –un gorrión, un saltamontes o un grillo– lo llevaba a mi habitación. Era su forma de decir: ¡chica, yo valgo mucho!, o eso decía una enciclopedia de animales domésticos que compramos cuando Pirriacas aterrizó en nuestras vidas.

Yo, pobre de mí, me ponía a chillar como una loca del susto que me metía en el cuerpo el gato dichoso. No es que estuviera loca. Deja volar la mente e imagina por un momento que estás acostada en la cama, en pleno verano, sin nada más que un camisón y sin arropar porque hace un calor de muerte, y notas, encima de tu barriga, el peso de un gato de siete kilos.

Abres los ojos y ves la cara de un gato pegada a la tuya, mirándote fijamente. Pasado un segundo, cuando eres capaz de enfocar la vista, observas que en su boca hay una cosa negra con patas que se mueven. De momento no sabes que es un grillo porque tienes aún los ojos turbios por el sueño. Sin que te dé tiempo a reaccionar, el gato suelta al grillo –que aún está vivo– y este comienza a saltar y saltar... Y ¿a dónde crees que va a parar el hermoso insecto? ¿Debajo de la cama? ¿Al suelo? ¿Sale por la ventana? Nooooo. Se te mete entre el camisón y las piernas, y notas con horror cómo un bicho negro y repugnante te las recorre. El asco y el miedo aparecen. ¿Tú qué harías? Salir de la cama lo antes posible, ¿no? Y chillar lo más fuerte que pudieras. Eso hacía yo. Aunque con esto despertaba a toda la familia que, asustada, corría hasta mi cama para ver qué sucedía. Luego todos reían a grandes carcajadas.

Pero otra noche, la presa no era un saltamontes, ni un grillo, ni siquiera una cucaracha. Esa noche había atrapado un polluelo de golondrina y lo había traído a mi cama. El polluelo estaba asustado y revoloteaba tratando de escapar. Ni siquiera sé cómo se atrevió Pirriacas a coger un polluelo de golondrina, porque les tenía mucho miedo. Las observaba siempre yendo y viniendo para construir sus nidos y veía dónde los colocaban. Normalmente utilizaban los huecos de las ventanas de mi casa o el farol de la entrada, fundiendo la bombilla y dejándonos sin luz por la noche. Mi padre se enfadaba mucho, pero mi madre le decía que los pobres animales no tenían un sitio mejor donde hacer sus nidos. Así que, año tras año, teníamos una o dos familias de golondrinas anidando en casa.

Pirriacas trepaba hasta los nidos siempre que podía. Si había huevos en el nido, se los comía, y si había polluelos también. Los atracones de huevos en más de una ocasión le provocaron una indigestión y tuvo hasta fiebre. Uno no se puede comer un huevo crudo. Eso siempre lo ha dicho mi madre.

El hecho es que, como las golondrinas eran siempre las mismas y volvían año tras año a mi casa, pronto aprendieron la lección y le dieron una más grande al gato comehuevos y comepolluelos. El primer año de su vida Pirriacas se llenó la panza con los huevos y con los polluelos de las golondrinas, pero el segundo año... Las golondrinas se unieron en grupos de cinco, y en cuanto veían acercarse a Pirriacas a menos de dos metros de sus nidos formaban un pelotón de ataque y comenzaban un vuelo rasante, mientras piaban de forma enloquecida con el mismo ruido de un equipo de bombarderos, bajaban luego hasta la altura de la cabeza de Pirriacas y le picaban.

Pirriacas, que nunca se había visto en una situación parecida, corría aterrorizado. ¡Casi volaba! Hasta que conseguía entrar en mi casa, lugar que consideraba seguro y al que las golondrinas nunca se habrían atrevido a pasar. Desde ese instante, Pirriacas sabía que tenía que ser más listo que las golondrinas si quería comer algo distinto a su pienso.

Esa noche atrapó un polluelo en un descuido de sus padres. Yo no quería que muriese, así que intenté calmarme, y cuando lo conseguí lo cogí, abrí la ventana y lo saqué a la calle. Luego cerré para que Pirriacas no pudiese perseguir nuevamente al polluelo. Y ¡por fin! pude dormir.

04-01-2009