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Porque has formado parte de mí

Alicia Yanes. Sevilla, España

Ya no estaba cuando pregunté por él, y aunque sabía la respuesta cuando hice la pregunta, tenía que confirmarlo. Y llegó el día. Mi viejita bola de ahora menos pelo no estaba para dormir la siesta conmigo...

BaffiCasi quince años han pasado desde que fui a recogerlo a la tienda. Allí estaba, con el trasero empapado de habérselo limpiado, intentando alcanzar con su nerviosa patita lo que veía a través del cristal del mostrador.

Y me lo llevé a casa, ilusionada, buscando un nombre. Se llamaría Blossom (Flor), mi gatita se llamaría así. Y cuál fue mi sorpresa al descubrir mi hermana que de gatita tenía poco. Era un señor gatito, sí, mi gatita resultó ser nuestro querido Baffi (Bigotes, pues).

Dicen que la mente es selectiva y discrimina a la hora de recordar. Imagino que cada uno retiene o se queda con unos detalles concretos que para los demás, en ese preciso instante, no significaron lo mismo. Y eso sucederá ahora con mi memoria al traer recuerdos del pasado, serán solo mis recuerdos.

Baffi ha pasado la mayor parte de la vida acompañando a mis padres, o viceversa. Ellos sí que han sentido en sus vidas, y en sus sillones, como nadie, la presencia de este animalito tan especial. Si hay algo que destacar de él, es, por atípico, su increíble nobleza. Jamás sacó las uñas para hacer daño o emitió algún bufido intimidatorio. No tenía agresividad.

Desde que llegó a nuestras vidas supimos que era distinto. Recuerdo a mi madre dándole leche para beber, tan pequeñito, y él lanzándose a por comida sólida como un poseso.

De pequeño dormía conmigo, y me imitaba cada vez que me levantaba a media noche a beber agua cuando el calor apretaba. Él, entonces, hacía lo mismo; yo bebía, él también. Y no era casualidad, pues se repetía cada noche la misma escena. Y además, roncaba. Baffi roncaba desde su más tierna infancia, y más de una vez tuve que echarle de la habitación para poder dormir.

Y me fui de su lado a buscar mi propia vida, y los años pasaron. Cada vez que volvía al nido familiar por Navidad, el número tres en mi lista de arrumacos era él. Recuerdo en una de mis venidas a casa que por poco se nos va antes de tiempo por culpa de su manía de enredar con los elásticos y los hilos de coser. Se tragó uno, mal tragado, y tuvimos que salir para urgencias gatunas mi padre y yo con un Baffi tosiendo y con dificultad para tragar. Salió de esa, pero siguió con su manía de jugar y morder pequeños y finos cordones de todo tipo. Incorregible.

A veces nos quedábamos mirándonos el uno al otro, fijamente, a ver quién podía más, y siempre perdía él. Con un corto y protestón maullido cortaba el momento y se giraba sobre sí mismo o agitaba la cabecita como diciendo: "¿Y ahora qué? ¿Dejas de tomarme el pelo o empezamos a jugar?" Jugar, jamás tenía pereza para jugar, daba igual el momento; si le provocabas con esa posibilidad jamás la rechazaba. Tenía muy buen humor.

Y los años pasaron. Y llegó el matrimonio de mis hermanas, y nacieron los niños, mis sobrinos. El pobre Baffi pasó a un segundo plano, el pequeño de la casa dejó de ser él, y entre celos y reclamos la transición a su nuevo estatus fue tranquila, asimilándolo con nobleza.

Cuántas risas nos hemos echado con Baffi y mis sobrinos, qué divertido era verle retroceder ante la presencia de los niños que le tiraban de la cola, o de las orejitas, o del bigote, y luego cómo los buscaba cuando no le hacían caso. Jamás demostró rabia hacia ellos, admitiéndolos como parte de su vida, como lo fuimos primero los adultos, sin malicia y con respeto.

Y los años pasaron. Y volví a su lado. Seguía viviendo con mis padres pero mi presencia en su vida empezó a ser más continuada. Incluso pasó temporadas conmigo. Si algo nos gustaba mucho a los dos era dormir la siesta juntos. El estar más pegados o no dependía de su estado de ánimo, incluida la durabilidad del momento. Así era Baffi cuando era un gato de verdad.

Si me paro a pensar, me doy cuenta de la vida que ha tenido. ¿Cuántos gatos pueden presumir de haber vivido en varias ciudades y casas distintas? ¿Y de haberse ido en avión a Lanzarote? Ha formado claramente parte de nuestras vidas, era uno más de la familia, sin importar que caminara a cuatro patas o tuviera mucho pelo…

Y se hizo viejecito sin darme cuenta. Ya no jugaba igual, no tenía esa mirada brillante, no saltaba de la cama sin que le fallaran las patitas, no comía bien, vomitaba, y pasaba largas horas aletargado en el rincón más tranquilo de la casa. Eso sí, cada vez que entraba por la puerta a mediodía me buscaba para recibir su momento de atención y cariño correspondiente a una gran bienvenida.

Y se fue para siempre también casi sin darme cuenta. Un día de julio de 2009. Cuando estaba pensando en mis vacaciones de verano y me preguntaba quién cuidaría de Baffi ese año.

Tengo una pequeña espina clavada, y es no haber sido capaz de acompañarle hasta que se durmiera para siempre, que mi cara fuera lo último que viera; se llevó el mal trago mi padre. Y aunque sé que lo estoy humanizando, no puedo evitarlo: Baffi era igual o más humano que muchos, y todos lo sabíamos; era un ser especial.

Trataré de guardar en mi memoria la gran cantidad de buenos ratos que nos ha hecho pasar, también las trastadas que, aunque no eran del todo divertidas, nos hacían reír de algún modo.

Dicen que hay un cielo especialmente creado por Dios para gatos. Espero que él esté ya allí, porque ha sido un animal ejemplar y maravilloso.

Jamás te olvidaré, Baffi, jamás te olvidaremos, mi pequeño gran gatito...

25-07-2009