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Pukis, Colocolo y Pitufina

Daniela Correa. Chile

Todo comenzó un 21 de septiembre, cuando les pedí a mi papá y a mi novio un gatito. Ese fue el día en que llegó Pukis, de un mes y medio aproximadamente. Era gris con manchitas café (antes creía que era polvo, pero cuando creció me di cuenta de que era su pelaje de ese color).

Era tan pequeñita, y la bauticé con el nombre de Pukis. Es como una hija para mí. Con mi novio la cuidamos, la protegemos, la llevamos al veterinario y cuando la llamamos o le decimos algo es como si nos entendiera, porque nos hace caso en todo.

Un día, específicamente el 7 de marzo de 2008, llegué a mi casa y tenía uno de los ojitos sangrando. Mis vecinas me contaron que los perros de mi otra vecina la habían atacado, y que un señor, al cual siempre voy a estar agradecida, la rescató y la metió a mi casa de nuevo.

A todo esto la llevé al veterinario para saber si el ojito podía ser salvado, pero me dijo que no, porque ya le habían dañado no sé qué parte y tenía que operarla y sacarle el ojito y cerrárselo. Estaba muy triste por eso; además no tenia dinero suficiente para operarla, así que decidí no operarla en ese momento.

La cuidé mucho, le di antiinflamatorios, todos los días le limpiaba el ojo con suero fisiológico y agüita de matico y se fue sanando poco a poco, hasta que ahora es una gatita muy autosuficiente, y estéticamente parece que tuviera los dos ojos bien.

Desde que llegó pasaron como seis meses, ¡y quedó preñada por primera vez! Fueron seis hermosos gatitos, de los que regalé cuatro, falleció uno y me quedé con Colocolo, ahora llamado más comunmente Gordo. Es un gatito hermoso, blanco con negro, juguetón y sobre todo regalón y enorme.

¡A Pukis, a mi novio y a mí nos costó mucho que sobrevivieran la mayoría de los gatitos porque ella no tenia leche! Así que llamé nuevamente al veterinario y me recomendó una leche especial y alimentarlos con gotero cada tres o cuatro horas con 4 ml de leche. Y así lo hicimos. Nos turnamos, rezamos mucho y ¡de un día para otro Pukis volvió a tener leche!

El Gordo y Pukis hacían todo juntos. A Pukis la iba a operar para que no tuviera más hijos, ¡pero me salió con la sorpresa de que estaba preñada de nuevo! No lo podía creer, pero fue así. Al igual que la otra vez, fueron seis hermosos gatitos. Todos ellos sobrevivieron. Esta vez habíamos decidido regalarlos a todos porque tres gatos eran demasiado, así que nos quedaríamos solo con Pukis y el Gordo.

Pero ocurrió que nos quedaba una gatita (igual a su mamá) por regalar y mi mamá se encariño tanto con ella que decidimos dejarla con nosotros. Esto me alegró muchísimo, porque en el fondo igual quería que se quedara conmigo.

La llamamos Pitufina, porque era muy pequeña. Cuando empezó a crecer se empezó a llevar de maravillas con el Gordo, hacían todo juntos, incluso no dormían nunca solos, siempre juntos, y ella lo perseguía todo el rato.

Era ver, no sé, pero me encantaba esa hermandad que se había formado entre ellos. Él la protegía de todo y siempre estaba pendiente de ella, se lavaban entre ellos y, lo mas divertido de todo, ella quería jugar todo el día, y él le seguia el juego aunque no tuviese ganas de nada.

Pero un día de mayo todo cambió. Cuando llegué del trabajo, en la puerta de la casa había una nota de una vecinita que decía que Pitufina se había caído a la casa del lado, donde hay dos perros que odian a morir a los gatos, y que la tenía en su casa. La fui a buscar de inmediato y no estaba bien; mi mamá me acompañó al veterinario de inmediato y llegamos allá. En el camino rezaba para que se salvara igual que su mamá, tenía esperanzas de salvarla, estaba dispuesta a gastar lo que fuera para que eso sucediera. Pero el doctor me dijo lo contrario, porque a pesar de que no tenía heridas externas su cuerpecito de tres meses no había resistido: los perros la mataron internamente. E incluso me dijo que cuando las pulgas se iban a la nariz del gato no había nada más por hacer, solo que dejarla ir.

Estas palabras me destrozaron el corazón. Llamé a mi mamá para que supiera la triste noticia, y me dijo que había que hacerla dormir, porque si no iba a sufrir toda la noche e íbamos a alargar su agonía por nada. Que ella había tenido todo de nosotros, había sido feliz con nosotros, que le entregamos todo nuestro amor y cariño, que ahora había que dejarla descansar. Pese a todo mi dolor no me quedó nada más por hacer que dejarla que durmiera.

Tengo mucha pena, una tristeza tan grande... Más encima Pukis lloró toda la noche y el Gordo la buscó toda la noche: la llamaba y la buscaba por todas partes donde encontraba su olorcito.

Espero que esté feliz allá donde esté, jugando con otros gatitos pequeños como ella.

20-07-2009