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¿Quién dijo que debíamos odiarnos?

Anabel

Esta historia que os cuento hoy tiene como protagonistas a dos seres muy diferentes, que a pesar de todo se convirtieron en amigos inseparables: Currito, el perro, y el gato Calcetines.

El primero de ellos se llamaba Currito, era un bonito perro, pequeño de tamaño pero grande de corazón, distinguido donde los haya, pues por sus venas corría sangre de mil razas diferentes (aunque los mal intencionados le llamaran chucho). Currito llego a mí por casualidad, era el perro de un vecino, que se quejaba continuamente al ver como este robaba la comida de los demás perros y la enterraba. Yo me ofrecí a quedármelo provisionalmente hasta que le encontrara un sitio, pero lo cierto es que nos encariñamos tanto que ya no salió de casa.

El segundo protagonista de esta historia se llamaba Calcetines, pues presentaba unas manchas en sus patitas que se asemejaba a esta prenda. Se me ha olvidado comentaros que Calcetines era un gato, y como tal tremendamente cabezota y obstinado.

Un día soleado de primavera me encontraba jugando con mi perro en el jardín cuando me pareció oír un maullido procedente del otro lado de la malla. No le presté demasiada importancia, por lo que seguimos jugando, pero cuál no fue mi sorpresa cuando, antes de que me diera cuenta, me encontré con un pequeñin que rozaba el cuerpo contra mí y contra Currito como si nos conociera de toda la vida. Me asombré bastante al ver que el perro no hizo en ningún momento intento de agredir al gato, pues la naturaleza quiso que estos hablaran lenguajes diferentes y no se comprendieran demasiado.

A pesar de todo decidí echarle, pues no quería tentar la suerte, y ademas tenía sospechas de que pertenecia a otra familia. Dicho y hecho, Calcetines volvió al sitio donde momentos antes se encontraba, pero fue aquí donde nos demostró su cabezonería, pues antes de que tuviera tiempo de cerrar la puerta ya estaba otra vez adentro. Repetí la operación no sé cuántas veces y siempre con el mismo resultado, todo ello observado por Currito, que parecía divertirse de lo lindo ante semejante situación. Aprendí una gran lección, y es que los gatos deciden por ellos mismos quiénes serán sus dueños, y sin duda este ya había decidido.

Pasaron los días y ambos animales se hacían inseparables; donde uno estaba el otro también. Una mañana apareció en la puerta de casa un niño reclamando a "mi gato", que según él era suyo. A pesar de todo el cariño que ya sentía por él se lo di, pero a los cinco minutos estaba otra vez en casa. Esta vez fue el crío el que aprendió la lección, aunque ello le costara bastantes viajes de su casa a la mía, hasta que finalmente decidió que Calcetines debía quedarse donde quería, junto a Currito.

Como dije antes ambos eran inseparables. Dormían en la misma canasta, uno junto al otro, y comían juntos a pesar de que yo me empeñara en poner pienso de gato y pienso de perro en cacharros diferentes. Ellos tenían que comer juntos, no importaba qué pienso fuera; dato curioso, pues si recordáis Currito fue rechazado por su dueño por egoísta, ya que no quería compartir la comida con nadie.

El juego no era una excepción, y pasaban horas y horas jugando. Calcetines se adaptó a la vida de un perro: dormía solo cuando su amigo dormía y jugaba a juegos de perros; supongo que ambos tenían el alma mitad perruna y mitad gatuna. Yo me conformaba con mirarles mientras se perseguían uno al otro. Calcetines se burlaba a veces de Currito, pues hacía que este le persiguiera alrededor de la casa para posteriormente esconderse entre unas plantas y limitarse a ver como el perro giraba y giraba en torno a la casa creyendo que su amigo iba delante, hasta que, cuando se cansaba de tomarle el pelo, salía de su escondite y le sorprendía saltando sobre él. Yo pasé a un segundo plano, pero nunca me importó demasiado.

Pensé que esa situación no tardaría demasiado en cambiar, que cuando llegara la época del celo Calcetines marcharía en busca de gatas siguiendo su instinto natural, pero esto nunca ocurrió. Calcetines jamás salía, al menos que yo lo viera, y eso que estuvo con nosotros dos preciosos años.

Pero desgraciadamente esta historia no tiene un final feliz. Un día Calcetines apareció en la piscina ahogado. Aún hoy no entiendo cómo pudo ocurrir, pues sabía esquivarla perfectamente. El pobre Currito se pasaba el día llorando buscando por todas partes a su amigo, y aunque pensé que en un par de días se le pasaría, perdió parte de su alegría y jamás la volvió a recuperar a pesar de mis esfuerzos. Opté incluso por adoptarle un gatito pero de nada sirvió; no le trataba mal, pero no había la misma relación que con el pobre Calcetines.

Currito acabó por marcharse con su amigo tan solo unos meses más tarde, sin motivo aparente, pues fisicamente parecía estar totalmente sano. No creo en el cielo ni en el infierno, pero sí que dos seres tan maravillosos como estos no pueden separarse, y que en algún lugar estarán juntos.

Hay un mensaje sin palabras que nuestros amigos nos hacen llegar y es que lo verdaderamente importante en la vida son los buenos sentimientos, la amistad y el amor, y nada absolutamente nada se puede interponer, ni diferencia de especies, raza, sexo o religión.

08-09-2002