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Su almita subía

Solnubla

Cada vez que los veo, allí el el asfalto, se me parte el alma y un trozo de la misma intenta cubrir los pequeños restos que algún despistado o desalmado dejaron en la carretera.

Me voy quedando casi sin alma.

Se me hace imposible comprender cómo un ser tan lleno de vigor, la esencia pura del nervio y la vida pueda acabar así, con su cuerpecito destrozado bajo las ruedas de una parca cuya guadaña es, en este caso, de acero; guadaña que siempre, indefectiblemente, les llega antes de tiempo.

Habitualmente son pequeños.

Es tan duro verles que a veces intento convencerme, ¡tonta de mí!, de que solo son trapos, papeles en el suelo, pero algo en mi interior me dice cuándo es basura y cuándo la basurilla se me pone en el corazón, como una mancha de tristeza que me dura todo el día y que se reproduce cada vez que paso por el lugar.

Y siempre acabo pasando.

Dirán que me lo invento, comentarán que son "cosas de amantes de los gatos", pero podría jurar, y lo juro, que en ocasiones, al mirar lo que queda de su cuerpecito material, veo una nube, veo perfectamente, os lo aseguro, subir sus almitas hacia el cielo de los gatos.

Y es que Dios se aburre sin ellos.

17-11-2004