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Trapella y Bugui

CarlaFont

Trapella, el mayor de mis dos gatos, llegó a casa en agosto. Yo volvía de la piscina cuando vi a una camada de cuatro gatitas blancas y un gatito anaranjado. La madre parecía saber el destino que les esperaba a sus pequeños si seguían en la calle... y dejaba que todo el mundo los cogiese en brazos y los acariciase.

Solo con ver al que pocos días después sería mi gatito, me enternecí. Aún no habían abierto los ojos, y tenían poco pelo.

Iba cada día a llevar comida a su madre, para que pudiera alimentar a los pequeños. Un día, cuando llegué a su guarida, vi a una señora de mi vecindario que estaba quejándose de los pequeños porque, según ella, ensuciaban mucho. El día siguiente, cuando fui a verles, me encontré con el veterinario del pueblo. Venía a llevarse a la camada "para buscarles amo". No me gustaba nada la idea, más bien porque no me fiaba de ese hombre. Por eso cogí a uno de los gatitos, y otra chica se llevó otros dos. A su madre y a una de las pequeñas gatitas se las llevó el veterinario, prometiéndome que les buscaría un buen hogar.

Llegué a casa llorando porque temía que mis papás no me dejarían quedarme a Trapella (ya le había puesto nombre). Pero en cuanto vieron a esa bolita anaranjada me lo dejaron quedar... ¡Estaba muy contenta! Estuve dándole leche cada dos horas con una jeringuilla porque no quería comer por sí solo, le tratamos todos como a un hijo.

Pocos días después, cuando nuestro peque estaba mejor de salud, fui a ver al veterinario para interesarme por la madre y la hermanita de Trapella... El hombre me dijo que llevaban varios días muertos. Las mató sin buscarles amo, sin darles la oportunidad de crecer y vivir. Me enojé un montón con ese individuo, pero no pude hacer nada, era pequeña y no me hacían mucho caso. Tuve que dejar el tema así. Me centré en pensar que por lo menos había podido salvar la vida de uno de los gatos, que estaba felizmente jugando por mi casa. ¡Ahora lleva cuatro años con nosotros y le queremos un montón! Es como un hijito, otro de la familia.

Pero desde hace unos meses está aún más feliz, porque tiene un "hermanito". Todo empezó cuando mi padre llegó a casa con un gato pequeñísimo e inmóvil; al parecer se lo había encontrado en el suelo, en medio de la calle. El pobre daba mucha lástima. No podía moverse, tenía los ojitos cerrados y llenos de legañas, respiraba mal, tenía la nariz llena de mocos...

Llamamos al veterinario (al del pueblo de al lado) y le recetó unas gotas para los ojos y antibiótico. Lo pusimos en una caja con peluches y una cómoda manta. Cada tres horas le dábamos leche, le limpiamos los ojos... No paraba de gritar, y tardó varias semanas en moverse. Pero sobrevivió, nos lo quedamos y le puse Bugui. Aún es pequeño, es negro y muuuuy activo. No para ni un segundo quieto y se lo pasa en grande molestando a Trapella, que es más calmado.

Creo que los dos tuvieron mucha suerte de llegar a nuestra casa, porque estaban al borde de la muerte y les dimos una casa y mucho amor. Ahora nos devuelven el favor dándonos cariño y divirtiéndonos con sus monadas.

22-11-2004