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Un gato "de verdad"

Rita Ramos, Gran Canaria

Hace ya cuatro años que mi gato Ari está conmigo. Llegó dos semanas antes de mi cumpleaños en el regazo de una niña (Laura) que era mi vecina en aquella época, y lloré al abrir la puerta de mi casa y verla con él envuelto en una mantita de bebé. Pero llegados a este punto debo poner un inicio a mi relato para que los lectores puedan entender lo que me une a este amigo.

AridamánHace ya varios años trabajé en una casa de acogida donde conocí a mujeres con niños en situación de abandono y maltrato. Una de ellas fue especial para mí por el cariño que me brindó y por su historia, ya que era africana y tenía una vida digna de película. La ONG que la recogió le había regalado a su hijo pequeño algunos juguetes y entre ellos había un gato blanco de peluche. Me gustaba pasar las tardes jugando con el niño, y un día, al recoger los juguetes, se empeñó en que me quedara con el peluche. Lo acepté y me lo llevé. Es muy bonito y durante todos estos años ha estado encima de mi cama o en el sofá como decoración y como cojín. Al irme de ese lugar quise devolverlo, pero esta mujer me pidió que me lo llevara para que siempre me acordara de ella y de sus hijos, aunque no me ha hecho falta para que siga viva en mi corazón.

Hace unos cinco años fui a vivir a otro lugar. Una de mis vecinas era la madre de Laura, no conocía a nadie y ellas vinieron a sumarse a esa lista de personas que han hecho que yo sea mejor. A Laura le gustaba visitarme y mientras yo pintaba ella me imitaba y merendábamos juntas. Un día me preguntó, mirando al peluche, que si me gustaban los gatos; yo le dije que sí y le conté que cuando era pequeña había gatos en mi casa pero que eran casi salvajes, andaban por el jardín pero nunca en la casa, y mi madre no nos dejaba acercarnos a ellos porque vivíamos cerca de un pinar donde había gatos muy grandes y temía que nos hicieran daño.

Se acercaba mi cumpleaños y recibí la noticia de que mi madre estaba hospitalizada y no le quedaba mucho tiempo de vida. Se acabaron las tardes tranquilas en compañía de la niña, ya que visitaba a mi madre en el hospital. Laura me veía llegar por la noche cansada y triste, hasta que un día tocó en la puerta. Me traía a Ari como regalo y me dijo: "Sé que todavía no es tu cumpleaños, pero este es mi regalo para que tengas un gato de verdad". Luego su madre me contó que la niña hacia semanas que buscaba un gato para mí, para que tuviera uno de verdad que me hiciera compañía, y ¡cuánta razón tenía! Una semana después de mi cumpleaños mi madre murió, poco después enfermé de un cáncer de tiroides y Ari fue mi única compañía en ese tiempo de tristeza y enfermedad.

Ahora vivo en otro sitio, tengo salud, soy feliz y mi gato sigue siendo de verdad un compañero que me une a la vida, a la alegría y a todas esas maravillosas personas que me han enseñado a amar de verdad a los niños, a los gatos y a todos los que apuestan por la vida.

24-06-2010