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Una de fantasmas

Isa. Málaga

Esta es una historia real, pero extraña e incluso divertida. El protagonista es un gato, negro para más señas. Negro como la noche, y con ojos brillantes y fantasmagóricos.

Mis padres viven muy lejos de mi casa, pero todavía siguen apareciendo gatos por allí, como hace años. La última colonia está formada por una familia de gatos negros, preciosos, muy finos, y con unas costumbres un tanto extrañas. En concreto, hay uno de ellos que ha cogido la manía de meterse en el portal de mi familia para dormir. Sube al primer piso, y se queda detrás de la puerta de las escaleras. Teniendo en cuenta que en la urbanización no hay menos de veinte bloques, creo que es todo un honor el que les hace ese gatito con sus visitas nocturnas.

Una mañana mi hermana pequeña salió de casa para ir a trabajar. Como tiene fobia a los ascensores, sube y baja los seis pisos todos los días. Pero esa mañana se iba a llevar un susto de muerte. Era casi de noche, y al llegar a la primera planta vio un par de bolas brillantes flotando en el aire. Primer susto. Cuando se repuso un poco pensó que se trataba de uno de esos gatos que visitan la barriada a diario, así que fue acercándose poco a poco. Pero no por curiosidad, sino porque no tenía más remedio que pasar junto a él para poder salir del bloque.

Entonces se dio cuenta de que el pobre gato la miraba, pero no se movía, ni pestañeaba. Segundo susto. Lo primero que se le vino a la mente es que el gato estaba muerto. Claro, pensó ella, el pobrecillo se encontraría mal y entró al bloque para resguardarse, y allí encontró su final.

Saltó los pocos escalones que le faltaban y llegó a la planta baja. Allí estaba la señora de la limpieza, y mi hermanita, para desahogar la tensión, avisó a la buena señora. "Oiga, creo que en la planta primera hay un gato muerto. No se mueve, ni respira siquiera, y tiene los ojos brillantes. Está detrás de la puerta". La señora se asustó de veras, y le dijo que no se atrevía a ir. Pero mi hermana, con la excusa del trabajo, salió pitando de allí. He de decir en su descarga que no le gustan mucho los gatos. Le dan miedo (excepto los míos, claro).

Bueno, para no alargar mucho el misterio, os contaré que el gato no estaba muerto, ni mucho menos. Solo se quedó quietecito, a su estilo gatuno, pensando que si no se mueve nadie lo verá. Si yo hubiera estado allí hubiera pasado de largo para que siguiera pensando que nadie lo había visto, jeje. Pero el pobrecillo se tropezó con dos gatofóbicas, que se montaron una peliculita de fantasmas.

Me reí muchísimo cuando mi hermana me lo contó, y el gatito debió reírse lo suyo también con esas dos locuelas, pero sigue subiendo a dormir cuando le apetece. Lo bueno de la historia es que a pesar de que a esas personas no les gustan los gatos, permiten que ellos duerman allí y hagan su vida como les plazca, porque al fin y al cabo no hacen ningún daño a nadie. Eso sí que es respeto.

19-08-2003