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Viaje alucinante

Inmasan

Os voy a contar la última ocurrencia que tuve este verano y que no sé si se repetirá alguna vez. Prometo por la biblia gatuna que lo hice con buena intención. El tema es que yo antes vivía con mis padres en un chalet precioso con un jardín enorme que tienen ellos.

Mi gatuna Mei (que ya va para siete años) nació y creció allí, salvo un lapso de tiempo de un año en que nos independizamos ambas. Así que, cuando me mudé a mi piso nuevo, no tenía inconveniente (ella, claro) en que la llevara de vez en cuando a casa de mis padres para que pudiera disfrutar un rato del jardín y de paso hiciera ejercicio. Porque la gordi se está poniendo como una bolita en el piso y es que se pasa todo el día pensando dónde se dormirá mejor, si en la cama, en el sofá, en el ordenador... Qué os voy a contar.

Mis padres tienen además otros "inquilinos" en casa. Un samoyedo adulto precioso y muy cariñoso, un caniche ya vejete que no ve tres en un burro y que además siempre se ha creído gato, y una gata negra que se llama Ágata. Cuando Mei convivía con Ágata, que llegó con mes y medio de la calle a los dominios de una Mei ya adulta, se toleraban. Eso sí, cuando se le regañaba a Mei por alguna de sus frecuentes fechorías (más frecuentes desde que llegó la negra) ella se las hacía pagar a Ágata, desquitándose con algún zarpazo y algunas palabras subidas de tono.

Pero por lo demás, era una fauna familiar bastante bien avenida.

El tema está en que yo recogí un gatuno abandonado con dos meses y mi madre a su vez ha recogido otro más o menos de la misma edad, ya sabéis, por aquello de que "dos mejor que uno". Y tuve la feliz idea de llevar a mi Mei y al intruso (Chicho) a casa de mis padres con una doble intención: que mi Mei conociera al Flipe de mi madre y que mi Chicho tomara contacto con la casa, el jardín y la fauna de mis padres.

Después de pegarme una caravana de tres cuartos de hora sin comerlo ni beberlo, un domingo a pleno sol, sin aire acondicionado en el coche y con una sinfonía en Mei Mayor y Chichostenido menor que a punto estuvo de hacerme perder el juicio para siempre, llego completamente bañada en sudor a las tres de la tarde, con un golpe de calor que ríete tú de una siesta en el desierto, y me planto en la verja de Villa Duman, la casa de mis padres. Pego al timbre y creo que todavía oigo las carcajadas de mi padre cuando me vio al abrirme. Empapada, despeinada, destrozada, con una gatera en una mano en la que algo se agitaba y chillaba desesperadamente y con la correa en la otra mano con Mei dentro del arnés con los ojos desencajados e hiperventilando (ya sabéis, con la lengua fuera como si fuera un perro que acaba de correr una maratón).

–Es la última vez que vengo a tu casa en verano, por lo menos hasta que yo me acuerde, que lo sepas –le espeto a mi padre nada más abrirme para ver si deja de reírse de una vez.

Entro lo más dignamente que puedo en tales circunstancias y decido dejar a los michines directamente en el jardín para que los pobres se refresquen y se recuperen. Abro la gatera, pero Chicho no sale. De pronto se ha quedado petrificado. ¿Habéis intentado sacar a un gato del trasportín cuando se niega a salir? Tenéis que estar vacunados hasta de la malaria porque es algo que "os marcará de por vida". Ni poniéndolo boca abajo salía el tío, y eso que tenía solo tres meses. En uno de los arrechuchos pierde pie y sale rodando al césped donde permanece en la misma postura en que ha caído algo así como 10 minutos.

–Jaaaaaaaaa ja jajajajaja –mi padre–. Conchiiiiii (a mi madre), sal a ver el gato de escayola que se ha traído tu hija.

–Que no, que está asustado, pobrecillo –cambio de tono de voz hacia un agudo imposible porque todo el mundo sabe (¿¿??) que a los gatos les gustan los sonidos agudos– y mi Chichoooo, qué le pasa a mi Chichooo, pero si se está muy bieeeen. Vamos tontillo, ven aquíiii... –(Ni se pasaba por su imaginación menearse del sitio, el pobre).

En fin, decido dejarlo a su bola... Ya se moverá cuando le apetezca, pobrecito. Mientras, entro en casa para prepararles un cuenco con agua y otro con pienso y dejárselos en el jardín a la sombrita del pino limón, para cuando tengan ganas.

Viendo que también al chico le asoma una lengua kilométrica de puro mal rato y calor, estimo conveniente mojarlos levemente con el agua fresquita. Chicho ni se inmuta, sigue en la misma postura en la que cayó en la hierba hace ya un rato, eso sí, con la lengua fuera.

Mei dice que el agua "pa los peces", que ya se busca ella la vida y que la deje en paz, que está muy a gusto hiperventilándose debajo del níspero. De hecho pienso que menos mal que al menos uno de los dos está empezando a disfrutar del día que tan mal había comenzado.

Me vuelvo para mirar al pequeño Chicho, que, no sé si para que le vuelva a circular la sangre o qué, ha comenzado a girar sobre sí mismo y a encaminarse al arriate de plantas que hay junto al pino a una velocidad camaleónica (aquel que haya observado alguna vez a un camaleón moverse sabrá de qué estoy hablando: a una velocidad de aproximadamente medio minuto por paso y haciendo un "palante-patrás" parecido al de Chiquito de la Calzá). Y pienso mientras lo veo, supongo que para consolarme, que es un buen comienzo y que dentro de un par de horas estará correteando por ahí, investigando los rincones del jardín y cazando mariposas. Suspiro para echar fuera la angustia que me atenaza la garganta cuando oigo a mis espaldas un miaaaaauuuuu amenazador y petrificante que no oía desde que el gato samurai que teníamos hace años se enfrentó con otro macho callejero.

Me doy la vuelta rápidamente para comprobar que Mei ya ha conocido al Flipe de mis padres y que, como me temía, le importaba un pimiento que ella tuviera 7 años, pesara 6 kilos y fuera 5 veces más grande que él. El Flipe (un Snowshoe preciosísimo y muy dulce) automáticamente se pone de costado, con las orejas pegadas al lomo, el pelo como escarpias y sosteniéndose en las 18 uñas con cara de
"por dios qué es eso que tengo delanteeee".

–Madre mía, la que se va a armar –dice mi padre, al que por otro lado le fascina ver a los animales en su salsa. Vamos, no va a por palomitas por no perderse ni un segundo del espectáculo.

–Papá, coge al Flipe para que no le pegue la Mei; mamá, coge al Nico para que no se enfrasque con ellos –ordeno rápidamente, mientras salgo disparada hacia mi gata para convencerla de que ella es ahora una invitada y no debe hacer esas cosas.

Demasiado tarde. Nico, el caniche viejecito, aficionado a mediar entre peleas gatunas, ya ha llegado ladrando y moviendo el rabo, aumentando la tensión de Flipe que todavía no se había acostumbrado a la presencia de los perros a menos de un kilómetro de distancia. De hecho, pienso que Nico rejuvenece en ese momento por lo menos diez años de golpe y vuelve a su infancia. Primero le ladra a Flipe que ya empieza a escupir y a bufar, después le ladra a Mei que con solo echarle una mirada le recuerda que aunque él es perro, ella pesa 6 kilos y es tan grande como él, y acto seguido empieza a correr por todo el jardín como si fuera un galgo, haciendo un circuito entre el pino, los dos nísperos, el albaricoque, el porche, Flipe, rodeo para evitar a Mei, pino y vuelta a empezar.

A todo esto, a mi padre casi le da un síncope de la risa. Se sienta porque ya no puede más. Y no sabía que aún quedaba lo mejor. Ágata, la gata negra a la que Mei solía martirizar cuando vivían juntas, al oír el jaleo baja de la valla donde se había encaramado para verme entrar tan pronto escuchó mi coche. Ya sé, ya sé, no debería haber bajado pero los gatos tienen estas cosas: no se lo piensan dos veces antes de meterse en algún lío.

Mei, que estaba intentando seguir con la mirada desafiante la carrera de Nico a riesgo de un esguince cervical, cual niña del exorcista, ve por el rabillo del ojo que allá en la lejanía se acerca Ágata y en menos de una décima de segundo recorre la distancia que la separa de ella a una velocidad de vértigo y aún le da tiempo a bufarle a Flipe para que no se olvide de que "volverá y seguirá donde lo habían dejado", a pegarle un zarpazo a Nico que en ese desdichado momento se cruzaba en su trayectoria y a tirarle el cacharro del agua encima al pobre Chicho que estaba escondido entre las plantas.

Ágata duda un instante –"¿Qué hago, qué hago?"–, pero tranquilos, que no llega la sangre al río. Todo el mundo sabe que los gatos hablan mucho pero hacen poco. Y más cuando ando yo por allí.

Harta ya del calor que había pasado y de la que se estaba montando, llegué justo a tiempo de atrincar a cada una de las gatas por el cogote y decir "¡¡¡YAS-TA-BIÉN!!!" en un tono que hizo que Chiro, el samoyedo que tiene sus dominios en el patio trasero, empezara a ladrar como un loco. Yo creo que no se quería perder la fiesta, de hecho. A cabezazos echó abajo la puertezuela que separa el jardín del patio trasero e hizo su aparición estelar en medio de la jarana que había montada allí.

En semejante momento crítico, con una gata cogida del cogote en cada mano a la altura de los hombros, y un samoyedo corriendo como un loco hacia ti, te pasa toda la vida por delante en un segundo. Vamos, ni el pequeño saltamontes hubiera sabido cómo salir de aquello indemne. Por mi parte, hice una maniobra para soltar las gatas lo más lejos posible y que cayeran en el césped blandito a la vez que atrincaba a Chiro por el collar como pude.

En fin, pillar lo pillé, pero el destrozo moral que causó en el resto de la concurrencia ya no tenía arreglo: las gatas cayeron al césped ilesas pero con el doble del tamaño que tenían antes de soltarlas y escupiendo improperios que no repito por no ser apto para menores ni para mayores. Flipe se teletransportó a alguna zona interior de la casa. Nico paró en seco y se puso a cantarle las cuarenta a Chiro (es que le tiene un poco de manía) y el pobre Chicho casi cambió de color para camuflarse con el tronco del pino al que se había encaramado de un salto. Y lo hipócritas que son los gatos, oye. Cualquiera que los viera tres horas después, no se podría imaginar lo que había pasado un rato antes.

Mei probando todos los sitios del jardín que recordaba como sus favoritos. Ágata en lo alto del pino enroscada en su rama predilecta. Chiro de nuevo en sus dominios destrozando la pelota del niño del vecino que desgraciadamente para el peque había caído a este lado de la valla. Nico siguiendo a Mei a una distancia prudente pero con un férreo marcaje. Y Flipe y Chicho, los dos de la misma edad, aunque al principio les costó un poco, ya dormían juntos en una de las tumbonas. Suspiro de nuevo. Qué satisfacción... la mitad no se habla con la otra mitad pero al menos se soportan...

Y claro, como suele pasar en estos casos, cuando por fin empieza a normalizarse el tema, es hora de recoger y volver a casa, con todo lo que eso conlleva, claro (música gatuna de fondo en el coche, caravana de vuelta a casa, aparcar en el quinto pino porque precisamente ese día no hay sitio libre cerca...). Cuando por fin los dos angelitos ya están libres en el piso, comidos, bebidos y relajados después de inspeccionar toda la casa y comprobar que el sofá, la bañera, las plantas, el estropajo y todo aquello que les importa está donde lo habían dejado, me doy una ducha y me dejo caer suavemente cual saco de papas de 500 kilos boca abajo en mi cama...

"Qué alegría de domingo", pienso mientras me quedo frita justo después de notar que los michines ya están encima de mi espalda acomodándose y amasándome con las uñas sacadas, lo justo para no desollarme, pero para que recuerde que se las tengo que cortar... mañana... zzzzzzzzz.

08-11-2005