Inicio » Histo-irais » Coqueta, un gato fiel

Coqueta, un gato fiel

Irais. Monterrey, México

Coqueta era originalmente el nombre del gato de mis vecinos, ya que pensaron que era una gatita. Después solo le decían Coque o Coquis. Yo le decía Croqueta y, finalmente, Croque. Esta es la triste historia de un gatito fiel.

Era un gato negro con manchas blancas, muy limpio, silencioso, demasiado silencioso... No sé si fue a raíz de un golpe que le dio uno de los niños de la familia con la que vivía, que lo agarró de la cola y lo azotó contra la pared. Yo quería quedarme con él, pero era fiel como perrito; otro gato habría huido por menos de eso. A veces lo metía en la casa para que descansara de las corretizas que le daban los niños, pero él, al oir a sus amos fuera, salía corriendo y maullaba muy quedito, pero se notaba desesperado hasta que le abría la puerta y corría con ellos.

Me tuve que conformar con darle de comer y acariciarlo suavemente cuando me lo permitía. Me daba tanta ternura aquel gatito tan silencioso, que comía tan elegantemente y solo le faltaban los cubiertos: masticaba cada bocado muchas veces, hacía pausas, se relamía los bigotes...

Cada embarazo de su dueña seguramente era un sufrimiento para él, ya que se olvidaban completamente de alimentarlo y lo dejaban fuera en el frío, en el calor sofocante, en la lluvia..., pero él, fiel. Me aceptaba la comida y una caja de cartón que le ponía para resguardarse de las inclemencias del clima, pero nada más.

Cuando fueron llegando los gatos callejeros, seguramente atraídos por la noticia ("ahí hay una señora que nos da de comer, ¡vamos!"), fue otra pesadilla para el pequeño Croque, que ya tendría 5 o 6 años y que nunca alcanzó a desarrollarse completamente. El líder, a quien le decíamos el Esposo de la Nina, lo hizo blanco de sus ataques. Yo tenía que meterlo a la casa casi a fuerzas para que comiera, y aun así solo comía y ya volvía a salir: tenía que cuidar a sus amos, de quienes siempre estaba pendiente.

En esa época una comisión de vecinos vinieron a mi casa a "sugerirme" que no diera más de comer a los gatos callejeros, ya que según ellos hacían muchos males. En eso estábamos cuando empezó el corredero y el maulladero de gatos. "Ya ve usted..." No, le dije yo, "vea usted": uno de los gatos traía triunfante en el hocico a una rata casi de su tamaño, y aproveché para decirles: "Si no fuera por ellos, una de esas ratas se metería en su casa". Nos dejaron en paz.

Pasó un par de años más y algunos acontecimientos hicieron que tuviera que dejar mi casa y regresar al hogar paterno. Cada semana iba a mi casa a verla y darles de comer a mis callejeros, y por supuesto a Croque. Pero cada vez lo veía más deteriorado, con el pelo negro encanecido y la mirada nublada; se estaba poniendo viejo pero seguía fiel. Uno de esos sábados les pregunté a sus amos por él y solo me dijeron: "Ya se murió, mi mamá lo echó a la basura"

Me dolió mucho no haber estado ahí, para cuando menos haberlo enterrado. Pero seguro que Croque por fin encontró la paz en su pequeña alma de gato fiel.

21-05-2002