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El gato Maula

Irais. Monterrey, México

Me traje al pequeño gatito gris con rayas negras y ojos verdes en una caja de galletas mientras su mamá lo buscaba desesperadamente y le halaba la falda a mi tía Juanita como diciéndole: "Me falta un hijito, ¿dónde está mi hijito?"

Me arrepentí al ver la desesperación de aquella madre, pero mi tía me dijo que "si no te lo llevas, lo voy a echar a la basura". Mentira, aquella señora menuda con cara de diablo, pero con corazón de oro, nunca fue capaz de deshacerse así de sus gatos y siempre les procuró un buen hogar.

Bueno, llegué toda empulgada, así que primero me deshice de las mías y después de las del gatito. Mi papá le puso por nombre Maula por aquel tango que dice: "Cómo juega el gato Maula con el mísero ratón..." Aunque de nada le valió el nombrecito. Un par de veces algún ratón se metió a la casa, pero él lo veía con indiferencia y se volvía a dormir.

Este gatito creció tremendamente mimado por nosotros. Éramos cuatro hermanos y mi mamá, que aunque decía que no, lo quería mucho. Y mi papá era el favorito del Maula, lo seguía, se le subía a las piernas, se dormía la siesta con él.

Mi mamá compraba hígado para él y lo pesaba: 150 gramos exactamente, esa era su ración de comida, no más para cuidar la figura. Cuando regresaba en las mañanas después de merodear le daba su hígado, después él se bañaba y se iba a dormir, de preferencia en la cama donde hubiera alguien más dormido.

A veces se nos olvidaba sacar del refrigerador el dichoso hígado y llegaba exigiendo de comer, así que no había más remedio que dárselo casi congelado. Después de comérselo se sentaba temblando en algún rayito de sol, probablemente para que se le descongelara en la panza.

Era muy gracioso de pequeño, y siguió siéndolo ya adulto. Brincaba, saltaba, corría detrás de los pájaros o de las mariposas, se agazapaba detrás de alguna planta y nos brincaba cuando pasábamos; nosotros hacíamos como que nos asustábamos y se alejaba satisfecho. Otras veces le ganábamos en el susto: apenas se iba a abalanzar sobre nosotros hacíamos como que lo íbamos a atrapar. Ponía tremenda cara, echaba las orejitas para atrás y se iba a toda carrera... Duraba de mal humor un buen rato pero después se le pasaba.

Sorprendentemente, después de 18 años (yo era la más chiquita de la familia) llegó una bebé a la casa. Mi hermanita Verónica fue novedad y el gatito, que entonces tenía 6 años, pasó a segundo término. No nos dimos cuenta de nuestro error hasta que se enfermó y murió. Dejó de comer, solo estaba tiradito sobre el banco de trabajo de mi papá y ya ni siquiera queria entrar a la casa; quedó en el puro hueso. El veterinario dijo que fue el parvovirus, aunque tenía todas las vacunas; otras personas nos dijeron que se dejó morir al dejar de ser el bebé de la familia.

Sirva este testimonio para que tengamos presente que los animales sufren cuando uno deja de tratarlos con amor. No abandonemos a los animales porque han dejado de ser pequeños y graciosos, o porque llega otro, sea bebé o animalito más pequeño. Tengamos en cuenta sus sentimientos.

17-05-2002