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La Negra

Irais. Monterrey, México

Permítanme presentarme a mí misma y a mi familia. Soy la Negra. Vivo en Monterrey, México, con tres de mis cachorros, dos humanos y la cachorra de mi humana. Nada parecía indicar que mi vida fuera a ser diferente de la de mi madre, callejera.

Mi humana tuvo la fortuna de conocerme hace como unos ocho meses. Yo vivía en los patios de una bodega y ella venía a darnos de comer a mí y a mis dos hermanas. Yo era la más desconfiada, la veía de lejos y, cuando finalmente se iba, yo bajaba a ver si lo que había traído merecía mi atención... Pasó algún tiempo, me enamoré y claro, una es débil, cae en las garras del gato equivocado y después vienen las consecuencias. En mi caso fueron cinco pequeñas consecuencias.

Encontré un lugar muy escondido, lleno de cosas donde ocultarme para poder tener a mis cachorritos en paz. Pero al viejecito que venía a recoger cartón para vender no le gustó, dijo algo de que el contendor de basura no era un lugar seguro, sacó a mis bebés de ahí y nos puso en una cajita muy acogedora. Más tarde llegó mi humana, y aunque nunca me le había acercado tanto ya conocía su olor. Me metió en una jaula, agarró la cajita donde estaban mis niños y nos fue a meter en una casa, dijo ella, pero parecía bodega en chiquito, llena de cosas para explorar y cajas y muebles tapados, y tenía olor a encerrado... Llegamos ahí el 26 de marzo, no lo puedo olvidar porque es día de san Braulio y a la niña le llamaron así. ¡Qué ingrata mi humana! Imagínate, llamarle Braulio a una niña.

En fin, mi humana iba todos los días a darme de comer y cambiar el agua y la arena, y por primera vez en mi vida probé la leche, ¡qué rica! Se puso a aplaudir como loca y a decirme cositas, qué linda, qué bonita, qué limpia, que si no sabía usar la arena... ¡Ay! ¿Pues dónde creería que hacía yo mis necesidades antes? Cómo me fastidiaba. Yo le bufaba bien fuerte para que me oyera, y una que otra vez le tiré un zarpazo para que fuera aprendiendo quién manda.

Paso más tiempo y cada día me sentía mejor, más tranquila, confiada, no tenía que preocuparme por el alimento ni por traerles ratones a mis niños para que aprendieran a cazar. Esto es lo que yo me merecía. A veces mi humana lloraba porque se iba llegando el momento en que me tendría que regresar a mi bodega, y claro, soy tan linda que se había encariñado conmigo... No vayan a decirle, porque luego quién la aguanta.

Se fueron dos de mis niños y Lucero se quedó con una vecina de la casa-bodeguita... Espero que estén tan contentos como me encuentro yo ahora.

Un sábado, en vez de darme de comer como era su obligación, mi humana me llevó con un tipo que olía como el líquido con el que lava mi bandeja de la arena, a florecitas pero más fuerte; este humano feo y barrigón, veterinario, me operó para que no trajera más niños al mundo, porque dice mi humana que ya hay demasiados gatitos en la calle y yo sé, por experiencia propia, que no es nada agradable: tienes miedo, tienes sed, tienes hambre todo el tiempo y frío, ¡brrrrrr!

Unas semanas más tarde nos metió a todos juntos en el trasportín y nos llevo "a casa". Nos dimos cuenta de que algo era diferente: la veíamos mucho tiempo, nos sentábamos a ver TV y jugábamos en el sofá.

Un día el humano-jefe trajo muchos palos y lámina y empezó a hacernos un techo para que nos cubriéramos del sol y de la lluvia. Mi humana estaba dudando en sacarnos al patio, pero mis niños decidieron por ella que ya era bastante encerramiento, que era hora de ver el mundo y henos aquí, durmiendo junto a las ventanas, buscando el calorcito en el boiler o el fresco bajo la bugambilia. Estamos cómodos y seguros...

Soy feliz, tengo una familia que me quiere, que me cuida, ya no tengo hambre ni miedo ni frío, no he perdido a ninguno de mis hijos atropellado como lo fue mi hermana, nadie me patea más y todos, todos los días mi humana me pregunta cómo amanecí, y cuando llega de trabajar cómo pasé el día. Yo, como respuesta, le doy unos lametazos en la mano y le maúllo quedito un "gracias". Realmente la vida es bella.

09-07-2003