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Nina

Irais. Monterrey, México

Nina, fuiste la representación de la aurora... Mi paso de las tinieblas a la luz.

El invierno de 1997 era el invierno mas cruento de mi vida y uno de los mas duros que hayamos sentido en la ciudad en muchos años... Mi vida conyugal y mi corazón finalmente se hicieron añicos después de muchas fracturas.

Una de esas noches, ademas del ulular del viento, alcance a oír muy tenuemente el lastimero maullido de un gato. Salí pero no vi nada, Las siguientes noches seguí escuchándolo pero igualmente nada veía. Deje comida y leche tibia en unos platos con la esperanza que el gato saliera de su escondite, hasta llegue a temer que estuviera por ahí lastimado o atorado en algún lugar del sucio patio común.

Aunque estuve espiando no logré ver cuándo el gato salía a comer. Así pasaron unas dos semanas, yo dejándole de comer al gato invisible, y él comiendo cuando no era visto.

Por fin, un día se dejó ver... Era una hermosa gatita siamesa, delgadísima, con unos bellísimos ojos azules, las patitas negras que daban la apariencia de zapatillas, con las tetas colgadas... ¡Estaba amamantando! Era mamá. La llamamos Nina.

Más de un mes estuve pacientemente tratando de que me tomara confianza, pero, ¿cómo confiar en los humanos? Seguramente la habían tirado cuando dejó de ser una cría. Cada intento por acercarme fue en vano; ella huía o bufaba bravamente, hasta que decidí dejarla en paz. Seguí poniéndole comida y leche y me quedaba a unos metros para evitar que vinieran los demás gatos a ganarle la comida.

Se veía un poquito más llenita, al menos ya no temblaba al caminar como lo hacía al principio que nos conocimos.

Llegó la primavera y por fin un día Nina me hizo favor de entrar en la casa. Dejé la puerta abierta para que no se sintiera encerrada y a partir de ese momento entraba, exploraba un poco más adentro y salía corriendo como alma que lleva el diablo.

Un día en que yo estaba más triste que de costumbre –en aquel tiempo era mi estado de ánimo habitual– Nina me dio un regalo maravilloso. Me trajo a sus dos gatitos, idénticos a ella, ya estaban grandecitos, y al haber estado lejos del contacto humano no dejaron que los tocara, pero anduvieron en la casa, comieron y hasta durmieron un rato. Ya por la tarde Nina se los llevó a su escondite... Desafortunadamente esta precaución no sirvió para evitar que sus gatitos desaparecieran semanas más tarde.

Después de eso Nina entraba más a menudo en la casa, y hasta se echaba sobre la cama o en el sofá. Tuvieron que pasar un par de meses más hasta que, por fin, ella misma, de buenas a primeras, se me subiera al regazo y me diera grandes muestras de cariño. Chocaba su cabeza con la mía, y ese fue después nuestro saludo. Se subía en la mesa y yo me agachaba un poco para chocar cabezas... Me había ganado su confianza y su cariño. Con mi hija Alejandra, entonces de 7 años, se mostraba muy reservada, dejaba que la acariciara y hasta que la cargara un poco, pero le tenía cierto recelo. Nina percibió lo que después fue evidente: a Alejandra no le gustan los animales, vaya herencia paterna.

Volví a trabajar después de algunos años de dedicarme exclusivamente al hogar. Nina y a veces algunos gatos más nos seguían cuando salíamos por la mañana. Parecía hacer miles de recomendaciones mientras caminaba a un lado mío: miau, miau, miau... decía con suaves maullidos.

Regresábamos por la noche y era muy cómico el ver salir gatos de todas partes cuando oían el sonido del deteriorado Renault o cuando se abría la puerta de la casa. Y empezaba el maulladero. Creo que algunos saludaban y otros reclamaban: "¿Dónde estaban? ¡Tengo hambre!" A Croque, por ser el más débil, a Nina y a la Malhecha los metíamos para darles de comer, porque había como veinte gatos fuera peleando la comida. El Líder, al que le decíamos el "esposo de la Nina", que parecía siamés, estaba bizco y tenía las patas traseras chuecas y caminaba como si fuera un león, era quien comía primero. Varias veces vi a Nina, como una diminuta leona, cederle la comida a su "esposo".

Pasado algún tiempo decidí darle no solo una, sino varias oportunidades a mi matrimonio. Tuvo que pasar otro par de años para finalmente dar por terminada esa nefasta relación. Durante este periodo hasta los gatos sufrieron, y por mi situación inestable no pude ofrecerles un hogar, especialmente a Nina, quien siguió teniendo gatitos, los mismos que desaparecían tan pronto salían de su escondite. Nunca se me ocurrió esterilizarla, tenía la cabeza en otro mundo.

Llegó el año 2000 y con él la enfermedad de mi padre, quien murió un año después. Tuve que dejar mi casa para regresar al hogar paterno, para ayudar con los gastos y la atención de papá y, posteriormente, durante el periodo de viudez de mi madre, quien no ha podido superarlo. Solo iba a mi casa una vez por semana y poco a poco los gatos fueron desertando... Había que buscar el diario sustento.

Me daba dolor ver a Nina, tan frágil y tan fuerte a la vez, sobreviviendo como fuera. Era tan fiel, dulce y linda que en cuanto oía ruido salía de donde estuviera, siempre con sus maullidos suavecitos; algunas veces no se aparecía y me preocupaba el que no hiciera en forma la que tal vez fuera la única comida de la semana.

Pasó el tiempo, que todo lo cura, y Amor volvió a tocar a mi puerta en la persona de un hombre inteligente, alegre, cariñoso, comprensivo, buen amigo y compañero, y a quien, además, ¡le gustan los gatos! Qué más se puede pedir.

El primer día en que mi novio fue conmigo a revisar la casa Nina se nos echó encima y no nos salvamos de un par de arañazos. Lo hizo un par de veces más, y unas semanas más tarde Nina entró corriendo, lo miró de arriba abajo y empezó a restregarle la pierna. Para mí fue un buen augurio; Nina le dio por fin el visto bueno.

Han pasado seis meses desde la última vez que vi a Nina, y la extraño muchísimo... Quiero pensar que encontró un buen hogar donde ahora es tan feliz como se merece, que no tiene que esperar el sábado o el domingo para comer bien o dormir un rato profundamente, donde es bien amada y protegida... Pero Nina no se fue del todo, dejó algo para mí: un gatito llamado Parches.

25-05-2002