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Mi Pokemon que está en el cielo

Avalon

Esto va por ti, mi Kemon, porque fuiste bueno conmigo y te lo mereces...

Cuando mi novio y yo por fin encontramos piso propio, lo primero que decidimos fue tener (antes de la TV incluso) por lo menos un gato. Él quería un gatín negro, negro carbón. A mí, como soy un poco bruja, me pareció bien la idea, y un un soleado día de febrero un amigo me entregó un pequeño bultito que hacía mucho ruido para ser tan chiquitín.

Cuando llegaste a casa, Kemon, estabas muy asustado, pero como el piso era pequeño enseguida encontraste tu comida, tu bandeja, y nuestros corazones.

Que trasto eras en aquel tiempo... Yo no podía andar por la casa sin que me atacases las piernas, y aquello parecía un mapa de carreteras. Un día te subiste a las cortinas y diste un susto de muerte a tu padre adoptivo, porque en la dichosa cortina te dejaste una uña. Otro día regresamos de la compra y te encontramos maullando, colgado de la pared (eran acolchadas y forradas de tela), demasiado asustado para bajar.

Cuando por el verano veíamos juntos los dibujos que te pusieron nombre, levantabas las orejas para ver quien te llamaba tanto. Cuando apagaba la tele intentabas morder la electricidad estática. Luego te trajimos a Pooka, para que dejases las piernas de mami en paz, y te convertiste en una madraza. Solo tenía que llorar y tú ibas corriendo a ver qué le pasaba... Cómo te engañaba.

Luego vino la mudanza. Tú, que te habías criado en aquel zulo de piso, no sabías qué hacer con tanto espacio. Te pusiste muy malito, y no te recuperaste del todo nunca más. Se te veía más delgado, más tristón. Llorabas con las gaviotas y te tumbabas al sol, pero no se te veía con la energía de antes. Luego llego Aisea y volviste a hacer de madraza... Parecía que él era lo que necesitabas para ser feliz; le cuidabas, le mimabas, le lavabas trescientas veces al día, le reñías y dormías con él... Era tu juguetito.

Cuando papá y yo reñíamos tú me cuidabas si lloraba... Si me hacia daño o tenía una pesadilla llamabas a papa para que viniese a verme. Me cuidabas cuando estaba triste, y jugabas conmigo a la queda aunque nunca aprendiste a guardar las uñas y yo te reñía.

Después te dio por tirarte de la ventana. Y vaya susto que nos dabas a los vecinos y a tus padres. Un día te rompiste la pata. La médico te lo puso bien, y te puso un collarín. Eso no te gustó, y yo te lo quité porque eras muy listo y no te andabas en la venda. Pero algo más se debió de romper con esa caída. Te pusiste muy malo a vomitar, y cuando parecía que ya estabas bien y yo me fui, por la noche vino papá y me dijo que ya no estabas con nosotros, que me habías dejado sola sin nadie para cuidarme, que estabas frío y tieso.

Aita, que te crió, te echa muchísimo de menos, Kemon, y Aisea, al que tú criaste, todavía te llora por las noches. Pero ni la mitad de lo que te echo yo de menos, mi cielo. No es lo mismo asomarse a la ventana sin que tú estés ahí para restregarte contra mi barbilla, no es lo mismo llegar a casa por la noche y que no estés ahí para reñirme, no es lo mismo llamar a Aita y que no estes tú ahí para avisarle...

En fin, que no es lo mismo sin ti, mi maloso. Sé feliz, estés donde estés, y cuida de mí como hacías siempre, ¿quieres?

Te quiere, mami.

06-08-2002