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Para Cacharro

Avalon

Aunque solo estuviste nueves días conmigo, me conquistaste el corazón. Este es mi homenaje para ti.

Lo malo de ser una fan total de los gatos en una ciudad pequeña es que todo el mundo te empaqueta gatitos abandonados. A mí no me importa, por mí los tendría todos, pero mi novio tiende a protestar.

Un buen día me llamó la madre de un amigo de mi hermano. Que habían recogido una cosita pequeñísima de la calle y no sabían qué hacer con él. Le daban biberón, pero también habían recogido un cachorro de pastor alemán y claro, la diferencia de tamaños era abismal y temían por la seguridad del gatín. Que lo habían encontrado llorando al lado de su madre atropellada. Me ofrecí para verlo.

Según llegué me lo pusieron en los brazos. Craso error. Una vez han puesto un gatín en mis brazos suelo acabar llevándomelo para casa. Era una especie de cruce de siamés, con el rabo y las orejas oscuros, el resto crema y pintitas en las patucas.

No quería ponerle nombre porque sabía que si se lo ponía me lo quedaba y ya tenía adoptante. Pero poco a poco fueron pasando los días, y era tan cariñoso, y tan simpático, y tan adorable, que cada vez me quedaban menos ganas de darlo.

Dormía a mi lado, hacía sus necesidades encima mío, comía conmigo de su biberón, se quedaba sentado en mi pie mientras yo comía (porque si no se metía de lleno en el plato a investigar), y aunque no veía todavía, reconocía mi voz y me seguía por toda la casa con el rabo en alto muy tieso.

Recuerdo la mirada tan dulce que había en sus ojos azul cielo.

Empecé a acostumbrarlo a dormir solo. Le dejaba en su caja por la noche y él maullaba por la mañana para que le fuese a ver.

Una mañana solo maulló una vez. Cuando me levanté estaba muy malito. Intentaba levantar la cabeza y no podía. No podía mover bien las patas. Daba algo verlo tan indefenso. No sabía qué hacer, era muy temprano y la veterinaria no abría hasta más tarde. Lo metí en la cama conmigo y me dormí pegadito a él. Cuando me despertaron estaba muy frío y no tenía fuerzas. Lo llevé corriendo a la veterinaria, envuelto en una camiseta mía y con su inseparable biberón.

Estaba muy mal, tenía llagas en la lengua que supuraban pus. La veterinaria no me dio muchas esperanzas, pero dijo que haría todo lo posible. Esto fue a las 11,30 de la mañana. A las 2,30 de la tarde me llamó para decirme que había muerto. Que alguien posiblemente había envenenado a su madre con comida podrida y ella lo pasó por la leche. Que estaba con las entrañas destrozadas y podridas. Que no había nada que hacer.

Esto a mí no me consuela. Hay noches en que me quedo despierta recordando la confianza ciega que había en esos ojos azules y siento que le he defraudado. ¿Qué podía haber hecho más? Pienso entonces que merecía estar vivo y feliz, y que si hubiera hecho más o mejor aún estaría aquí conmigo.

Te echo de menos, Cacharro. Es raro que esos nueve días que pasaste conmigo me diera tiempo a amarte tan profundamente. Espero que estés bien donde estés; que Kemon está cuidando de ti, eso lo sé. Dirige hacia mí esos ojazos azules de vez en cuando, tesoro.

Te quiere, Mami.

14-08-2004