Inicio » Los gatos de María Ra » Dumbo, el gato mimosete

Dumbo, el gato mimosete

María Ra

Era una tarde cualquiera al salir de trabajar. Los cachorros de Mimosa, mi gata callejera más cercana, ya llevaban unos días que salían a comer. Mi hermana y yo nos reíamos un montón pues salían de su escondite a la acera muy queditos, asomaban primero las cabecillas, miraban de un lado a otro y cuando no había "moros en la costa" echaban una carrerilla hacia la comida, cogían un bocado y volando se escabullían de nuevo a su escondite sin soltar el suculento manjar.

Algunos simplemente se quedaban a comer con su madre y hasta podíamos acercarnos y todo. No queríamos tocarlos para que no se familiarizasen con los humanos y después tuviesen encuentros no deseados en los que resultasen perjudicados.

Pero un buen día cogieron conjuntivitis, no todos los peques pero la gran mayoría. A los tres atigrados los pude coger, pero uno de los negritos me mordió, me arañó y gritaba como si lo estuviese matando. Habría podido soportar sus pequeñas agujitas clavándoseme en las manos si no fuera porque Mimosa acudió corriendo en busca de su pequeño y me miró con ojos compasivos mientras me maullaba, como suplicándome que soltara a su cachorro. Ante eso no pude seguir y lo dejé libre, así que solo pude medicar a los atigrados. Pero de ellos tres también hubo uno que no quiso acercarse más, de modo que solo pude tratar a dos de ellos y eso no siempre.

Un día observé que uno se había vuelto muy confiado: salía inmediatamente a buscarme, se dejó tocar por dos de mis compañeros de trabajo y lo vi demasiado vulnerable. Llamé a mi veterinaria y me dijo que lo llevase, que era peligroso que fuese tan inocente y confiado y allí se lo dejé un viernes. Aún tenía los ojos bastante mal pero parecía feliz. Arranqué el coche mientras él comía ronroneando una latita rica, rica. Cuando se cansó de comer empezó a lloriquear, me lo subí a las piernas y allí se quedó quietecito y ronroneando de nuevo hasta que llegamos a la clínica. Me dio mucha pena dejarlo en la clínica, lejos de su madre y de sus hermanitos, pero me autoconvencí de que aquello era lo mejor para él, sobre todo en una noche de lluvia y frío como la que estaba cayendo.

Pasó una semana y al sábado siguiente fui a ver a mi veterinaria. Yo estaba un tanto triste debido a la pérdida de un hermanito de ese gatito que le había llevado, así que ella me ofreció el llevarse al pequeñín de fin de semana, ya que aún no había encontrado casa e iba a estar solito. Ni que decir tiene que acepté encantada. Pensé: "Inocente..., orejotas..., guapetón..., ¡DUMBO!", y Dumbo le quedó. La veterinaria ya me había dicho que era un encanto, que no maullaba nunca y que era muy bueno.

En mi casa no fue muy bien recibido. Soc y Misha le bufaron y le tenían pavor. El pequeño parecía más dispuesto a husmear la casa que a hacerles caso a los dos nerviosos peludillos. Dumbo, con todo lo pequeñito y delgado que era, se recorrió toda la casa, de pies a cabeza, con un movimiento gracioso y divertido. Una vez hecho esto volvió a mi habitación, se puso en mi alfombra y ahí me dejó su húmeda huella. Lo había tomado por su cajón de arena particular. En fin, lo limpié no sin antes enseñarle la arena. Mientras, Soc y Misha no dejaban de estudiar al intruso y perseguirlo allá adonde iba, pero siempre guardando la debida distancia.

Me fui a trabajar y mi hermana se quedó a su cargo. A la media hora me llamó diciendo que quería quedarse con aquel gatito tan mimoso, tan cariñoso y tan simpático, que no había dejado de ronronear cada vez que se lo ponía en las piernas y le acariciaba. Durmieron la siesta juntos, y por la noche el pequeño durmió conmigo, pero antes... volvió a regarme la alfombra y, aunque lo cacé al vuelo y lo llevé corriendo a la arena, fue inevitable que mi alfombra acabase en la lavadora.

Por la noche durmió ronroneando y escogió el hueco entre mi cuerpo y mi brazo, acurrucadito y calentito. Se levantó tres veces para comer e ir a la arena (¡por fin!) y después siguió en su posición preferida. El domingo por la mañana jugamos un ratillo. Cualquier cosa le valía: un cordón, una pelotita, las manos, pero pronto se cansó de jugar. Lo que quería era ponerse en mis piernas y que lo acariciase. Cuando preparé la comida me siguió y se apoyó a dormitar en mi zapatilla mientras yo cocinaba. ¡Pero qué mimosillo era este pequeñín!

Por la tarde me lo llevé a la oficina y allí estuvo quietecito en mi regazo una vez más. Solo lo dejé en la mesa unos minutos para sacarle unas fotografías, pero no le hizo gracia. La mesa no era calentita y él quería mimos, muchos mimos, y un sitio calentito, como cuando estaba con su mamá.

Cuando llegamos a casa el gaznápiro entró disparado y se fue corriendo al plato de comida de Misha, que, como es alérgica, toma unas latitas húmedas especiales y que huelen muy bien. Tuve que sacárselo porque la dieta de Dumbo era a base de pienso seco humedecido en agua y la latita podía hacerle daño, pero el enanillo de Dumbo en cuanto me despistaba allá se volvía corriendo. Esa noche durmió con mi hermana.

El lunes por la mañana el Soc ya se animó a jugar con él y Misha lo intentaba aunque con un poco de recelo. La pena fue que ya tenía que devolverlo para que pudiese encontrar una casita, de modo que lo llevé y así fue: en tres días mi veterinaria me llamó y me dijo que Dumbo ya tenía un hogar con una joven pareja.

¡Que seas muy feliz, enanito!

11-09-2002