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Pirri, un amigo estupendo

María Ra

Aunque no es difícil que un gato me conquiste, este fue un amor a primera vista, no solo por lo bonito (que lo son todos) sino también por su carácter cariñoso y zalamero.

PirriPirri vive en un pueblecito de la costa gallega en semilibertad. Se intuye que es un cruce de siamés con persa pero ya se sabe que en esto de la "selección natural" de los gatos libres es difícil saberlo con certeza aunque siempre se puede tener una ligera idea de quiénes son sus progenitores. En cualquier caso, poco importa, porque su belleza interior es infinitamente más grande.

Su historia no tendría la mayor importancia si no fuera porque este gato estuvo a punto de morirse y el cariño de sus cuidadores (no me gusta la palabra "dueños" y menos en un gato que vive en libertad) fue lo que lo salvó. Es un gato sin castrar y sin vacunar, como muchos otros que habitan en su aldea.

Un día, en uno de sus paseos diarios, quizás buscando una guapa moza, se le ocurrió cruzar la carretera y un coche lo atropelló. Corrieron a avisar a su cuidadora que rápidamente llamó al veterinario, el cual, al ver el estado lamentable del pobre animal, no apostó nada por su vida. Aun así su cuidadora decidió luchar por Pirri y todos los días le hacía la cura con Betadine y le daba agua con una jeringuilla.

Al tercer día el gatito parecía responder a los cuidados y atenciones y en breve se recuperó. Ahora es un gato increíblemente sociable y cariñoso, algo sumamente raro en estos gatos aldeanos que viven entre peleas territoriales y poco calor humano pero quizás el Pirri, después de los cariñitos que su señora le profesó mientras estuvo enfermo, es un gato cariñoso que siempre está en busca de una caricia y una atención.

Como siempre se junta el hambre con las ganas de comer, llegué yo a pasar mis vacaciones y lo primero que hacía al levantarme era salir a la calle y llamarlo: "Pirri, Pirri, yujuuuuuuuuu", y lo veía venir en medio del campo, a la carrera, hasta que llegaba al lugar donde yo estaba, se me metía entre las piernas ronroneando y se ponía panza arriba para que le acariciase la barriguilla mientras ronroneaba.

Ni que decir tiene que este gato me ha conquistado. No hay más que mirarlo para imaginar la dulzura de este bichito. Estoy deseando que llegue el próximo verano para disfrutar de nuevo de sus diabluras y su valiosa compañía. Su cuidadora siempre me decía "nos vas a robar el cariño del gato", y ¡qué más quisiera yo!, aunque lo que de verdad quisiera es haberle robado el gato y habérmelo traído conmigo.

19-08-2003