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Coco

María_quillo

Donde quedó Romy... apareció Coco. Tras un tiempo sin gato, seguía echando de menos el tener uno, y un día mi padre me habló de una señora muy simpática que había conocido en la bolsa y que tenía una afición tremenda a los gatos. Nos pusimos en contacto, y así conocí a una amiga suya, que me invitó a su casa a conocer a sus compañeros de piso.

Esta mujer recogía gatitos de la calle, además de cuidar los que tenía, de muchas razas diferentes. Acababa de encontrarse a otro, era un persa blanco (una hembra) que deambulaba en el Retiro, con el rabito pelado, quizá por algún percance, y muy asustada.

Fue amor a primera vista e insistí hasta que me lo dio argumentando que adoraría a esta gatita y la cuidaría lo mejor que pudiese. Ella decía que ''como me iba a dar un gato ''bueno'''', pero yo pensaba que total, solo llevaban dos días juntas y no había dado tiempo a crear insalvables lazos sentimentales.

Bien, me vio tan entusiasmada, que me prestó algo para transportarla y al rato estaba en el autobús con ella camino de casa. Coco no dijo ni miau durante el camino, ronroneaba, con lo cual yo pensaba: es el comienzo de una bonita historia. Efectivamente, llegó a casa y se acomodó enseguida. A Coco le encantaba meterse en los cajones del armario de mis padres y en las cajas de zapatos.

Aunque muchas veces iba a su aire, buscando tranquilidad, tampoco le gustaba pasar desapercibida. yo ya estaba en la universidad y pasaba mucho tiempo sentada estudiando. Coco no se conformaba con ponerse a la vista, en mi mesa, sino que se tumbaba todo lo larga que era sobre las carpetas y folios que estaba leyendo, justo bajo mis ojos, y se ponía a dormir. Yo no tenía más que reír y... me sentía halagada que la gata valorase mi atención.

Coco, la pobre, sufría de la tripita y vomitaba a menudo. Quizá fuu por eso por lo que un día se encontró sola en el Retiro, alguien no lo quería. Yo procuraba peinarla, darle malta (por si el problema eran nudos en el estómago) y siempre limpiaba lo que echaba, siempre contenta.

Coco era preciosa, majestuosa, elegante, altiva y discreta a la vez, segura de sí misma; solo observarla me fascinaba. A mi hermana a veces le daba miedo, porque, estando tranquila, de repente levantaba las orejas y corría a toda velocidad por el pasillo, para allá y para acá. Mi hermana creía que detectaba espíritus. yo en cambio, creo que era una reacción normal de los gatos que viven en pisos, que han de desfogarse de vez en cuando.

Entonces tuve que ir una temporada larga al extranjero, de hecho, me mudé allí a vivir. Inicialmente, tuve que buscar piso y dejar a Coco provisionalmente con mis padres. Les escribía cada día diciendo: cuidádmela bien, la recogeré en cuanto tenga el piso.

Un día ellos me dijeron que la habían llevado con otro gato para que tuviese gatitos, y a mi me pareció bien. Luego me dijeron que la adaptación de ese tipo de gatos es larga, así que había de pasar más tiempo con el macho. Bueno, vale, lo comprendo... tenía tantas ganas de tener más gatitos como mi Coco...

Por fin encontré alojamiento definitivo y volví a Madrid a por mi Coco. Entonces me dijeron mis familiares que Coco no estaba exactamente en Madrid. Les pregunté, no importa, ¿Ávila, Salamanca, ¿dónde está? Me dijeron que la persona a la que se lo entregaron se había mudado. ¿No era un amigo de mi hermano? ¿No iba a saber nunca más de él? Qué raro.

En fin, ya sabía yo que mi padre no quería gato, que mi madre tampoco... Nunca sabré exactamente qué pasó, pero solo me quedó la duda: el amor a los animales no lo puedo pedir, pues es algo que ha de salir solo, pero que menos que un poco de paciencia, y de consideración no solo ya al animalito y a su bienestar, sino al menos, a los sentimientos de una hija. Porque estos animalitos generan grandes sentimientos.

Volví a Austria sola sin mi Coco y triste.

24-05-2002