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Maya

María_quillo

Maya, gatito/a mordedor/a.- Por fin vuelvo a España tras una larga temporada y tengo que reconstruir mi vida que aquí no había mantenido. Un nuevo alojamiento, buscar trabajo, una nueva relación sentimental y... falta algo. ¡Aquí no hay gato!

Mi novio, que es el que aún tengo, quiso hacerme más feliz y, puesto que le había contado lo tanto que me alegraban los gatillos y lo que me entristeció la desaparición de Coco, un día al llegar a casa encontré una pequeña cosita intentando manejarse entre las toallas dentro de una cesta de mimbre.

Javi me dijo que era una gatita persa, que había intentado conseguir una como Coco (blanca y persa, hembra), pero esta era negra y europea. Me daba igual, me gustaba lo mismo; tampoco me afectaba un ápice el que fuese negra. De hecho, si tengo que decir algo, creo que me trajo un montón de suerte que antes no tenía.

A Javi le gustó llamarle Maya y yo decía que era nombre de abeja, ya sabéis a quién me refiero, pero bueno, démosle el gusto.

Maya vino mordiendo y siguió siempre mordiendo. Era sorprendente cuánto le gustaba morder. Yo decía que si era un gato perruno.

Al volver del trabajo Maya siempre salía en nuestra busca, corría a la puerta y nos saludaba, restregándose en nuestra pierna y maullando con el maullido correspondiente a "hola, que tal tu día, me alegro de que hayas vuelto. Por cierto, ¿algo de comer?"

Le gustaba ver le tele con nosotros, acurrucarse en medio de los dos, entre nuestros brazos y piernas, el almohadón, el cojín o lo que hubiera.

El espectáculo preferido de Maya era el agua. ¡Tirar de la cadena, oh, qué experiencia! Siempre le encantaba asomarse a ver como corría el torrente de agua y no se perdía una. El correr del agua la fascinaba. Cuando me iba a bañar venía corriendo y se sentaba en el retrete, a mirar qué hacía yo. Yo absorbía agua con la esponja y la levantaba alto, para que el agua corriera e hiciese ruido al caer. Le encantaba. Pienso que de verme bañarme comprendió que eso no era malo y, de hecho, cuando ella iba a la bañera y la bañábamos, asociaba siempre el ritual.

Maya, de su pelo brillante, negra como una pantera... El gatito perruno, también porque ¡creedlo! nos seguía de paseo, sin correas, como un perrito. Vivíamos junto a la Casa de Campo de Madrid y en nuestros paseos la traíamos con nosotros. Ella nos seguía. Como mucho se separaba a 20 metros, no más. La gente siempre miraba extrañada y maravillada. Estaban aprendiendo algo que no sabían de las capacidades de los gatos. Bien, todo parece perfecto, lo más difícil era que, a veces, dos o tres de esos 20 metros eran... ¡verticales! Quiero decir, que a veces Maya se subía a los árboles, concretamente pinos. Y ahí teníamos a Javi, subiéndose a los pinos cada vez que Maya quería tener mejores vistas.

Un día se pasó a casa de la vecina a través de la terraza y les dio un gran susto: por la noche, mientras estaban durmiendo, apareció en la cabecera de su cama. Me explicó que tenían un bebé y eso podía ser peligroso. Prometimos cuidado, pusimos redes..., pero Maya volvió a pasar.

Hasta que un día volvimos a casa y Maya no estaba. El vecino la había tirado por la terraza. Vivíamos en un segundo piso. Imaginaos el susto y el disgusto que teníamos. El portero nos ayudó a encontrarla y al fin apareció con el morrito sangrante, pero sana y salva. No quiero hacer más comentarios sobre ciertos "métodos" y dejo al lector la opción de juzgarlos por sí mismo.

Maya..., qué gato más vital. Es increíble. Un día, estando yo tumbada leyendo, me mordió el tobillo (como siempre que podía me mordía), pero esta vez noté ciertos movimientos extraños, más acusados. ¿Qué pasa aquí? ¡Oh lo que vi! Maya tenía aquello que distingue a un gato de una gata y... con ganas de marcha. Así que Maya no era Maya sino Mayo y estaba enamorado de mi pierna. ¡Había engañado hasta al veterinario!

La cosa estaba clara: era todo un señor gato y había llegado a la adolescencia con todo su fuego y pasión.

En fin, que el acoso sexual a mis piernas y brazos continuaba, así que pensé que seguro que habría una pareja más ideal para este gato que mi propia pierna y le deberíamos dejar vivir su vida con la plenitud que con su lozanía podría gozar.

Tomamos una difícil decisión, pues adorábamos su compañía y de verdad gozábamos los ratos con él, pero este era un gato de acción, fuerte, decidido, de buena planta (de hecho, le llamaba a veces "panterita"), y decidimos llevarlo al pueblo donde podría correr, conocer gatas y ser más feliz.

Así lo hicimos. Fue bienvenido por los familiares, que le prepararon en la caseta de la calefacción un hogar calentito donde acceder a cualquier hora, y poco a poco fue familiarizándose con el entorno.

Ahora Maya (o Mayo) está en el lugar al que corresponde por naturaleza, donde es feliz, donde hace excursiones por el campo, donde tiene compañeros de juegos (sus asuntos con las féminas es algo privado) y donde se mantiene en perfecta forma.

Cuando vamos a visitar a la abuela, Maya reconoce el sonido del coche (es un pueblo pequeño, donde todo se oye y se sabe) y siempre viene a saludar, a jugar un rato, a dormir en el tibio regazo de su preferido. Pero eso sí, cuando la luna sale...

Cuando la luna sale algo espera a la pequeña panterita, algo ineludible que es incapaz de esperar, algo que solo ella sabe, algo que le reclama, que le seduce y que... ¡le hace vivir!

Maya es muy feliz :-)

PD: Oter es un pequeño pueblo de Guadalajara en medio de un precioso parque natural.

24-05-2002