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II. El 'retonno'

Eva Zubieta

Cuando empecé a hacer mi blog ya os dije que todo era muy raro, tanto que yo vivía con dos marcianas y todo eso... Ha pasado tiempo desde entonces, y quedé en que os contaría cómo es la dura jornada laboral de un mascoto consciente y responsable, que no se termina nunca, como la de una madre o la de un buen médico, que lo son siempre y en cada momento... Os daréis cuenta de lo que tenéis, y los que no, echaréis de menos tener un ser tan dedicado y amoroso en vuestras vidas. (¿A que vendo bien?)

Pero es que me quedé corto con lo de las rarezas, porque me acaba de pasar una cosa que mejor os la cuento primero. Resulta que de repente me metieron en una pequeña caja oscura, el mundo empezó a moverse y aparecí en un campamento de como-yos. Sí, no me preguntes la manera, pero nunca había visto tantas orejitas, ojos y patitas como allí desde que era pequeño y estaba con mis hermanos.

Las marcianas se esfumaron y el mundo cambió para mí. No estaba mal, era como un parque de atracciones con tiendas de campaña, arbolitos para arañar las uñas, juguetes, casitas y muchos colegas.

Al principio no salí casi de mi pequeña caja. Los muy cotillas metían la cabeza por el agujero y tuve que pararles los pies a más de uno, pero luego ya me enteré de en dónde estaba el agua y la comida y conocí a Vicente, con el que se me quitó el complejo de gato gordito porque él todavía lo es más que yo. A Lucas, que se pasa el día tumbado y a Rita, sí, otro Rita, fíjate, nunca lo hubiera creído.

Empecé a salir por la noche y a hacer rondas por el territorio. Qué emoción. Qué salvaje te sientes, ¿sabes?

Terminé compartiendo tienda con Marcelo, que resultó ser un tío la mar de simpático que nos contaba chistes a todos cuando no estábamos de ronda o de siesta. Algunas veces organizábamos serenatas a la luz de la luna.

Yo ya me había olvidado de las marcianas, estaba preparado para ser un animal fiero despojado de la comodidad de un hogar y hecho a las durezas de la vida del campo y del grupo cuando... ¡Vienen! Otra vez a la cajita, otra vez el mundo vibra y traquetea y de repente ¡zas! La casa otra vez. Dios, ¿y dónde están mis colegas? ¿Cómo se han podido ir? ¿Por qué no están aquí en la casa también? Mira que me encantó volver, que se me ponía el motorcito ese que se nos pone a nosotros en la garganta y la tripa cuando estamos muy contentos y no paró de sonar en toda la tarde y todo el día siguiente, mira que no dejé de pedirle caricias a la marciana. Me dio hasta por vigilarla y me pasé todo el día detrás de ella, no fuera que desapareciera otra vez y me gustaba tanto verla que mi motorcito se activaba solo con su presencia.

Qué placer. Mis sillones. Mi cama. Mi cacharrito del agua... Pero, ¿y mis colegas? Me pasé la tarde llamándoles y mirando por todos los rincones; no era posible que no estuvieran, tenían que salir... pero nada, que no estaban, no me oían. ¿Tú lo entiendes? Pues ya me lo explicarás. Solo me encontré con el gato que no huele y que no se puede tocar, uno que salta cuando salto yo, que se para conmigo y que se sienta al mismo tiempo que yo; pero ese está siempre en el salón, es un poco soso.

A la próxima espero ponerte al corriente de mi noble, minucioso y polifacético quehacer como animal de compañía de este mi hogar. Te mando, como siempre, un cariñoso topecito de cabeza en las piernas.

24-01-2009